Capítulo 10 #3
Su mano en mi cintura se relaja un poco. La mía sigue en su hombro. Estamos demasiado cerca para seguir fingiendo que esta conversación es solo una discusión.
—Veinticuatro horas —dice.
—Eso era ayer.
—Entonces doce.
—¿Doce qué?
—Doce horas más. Y le cuento lo que pueda confirmar.
—¿Sin baterías?
—Sin baterías.
—¿Sin recados falsos?
—Sin recados falsos.
—¿Y si no me gusta lo que me cuenta?
—Lo más probable es que no le guste.
—Qué optimismo.
—Estoy intentando no mentir.
La risa me sale más suave esta vez. Menos rabiosa.
Más rendida. Levanto la vista justo cuando él baja la suya.
No sé quién deja de moverse primero. Quizá los dos.
La música sigue alrededor, pero nuestros pies se quedan quietos.
Su mano continúa en mi cintura. La mía en su hombro. Ninguno de los dos dice nada.
Durante un segundo larguísimo, entiendo que si doy un paso atrás todavía puedo fingir que esto no está pasando.
Que solo hay tensión, enfado, adrenalina y una isla demasiado pequeña.
Que no quiero saber cómo besa un hombre que calcula todos los riesgos menos este.
No doy el paso. Singh tampoco. Sus ojos bajan a mi boca.
Eso sí lo veo. Lo veo y dejo de respirar como una idiota.
—Vera —dice, tan bajo que casi lo tapa la música.
No es una pregunta. No es una advertencia. Es lo único que parece quedarle entre el autocontrol y el desastre.
—¿Sí?
No sé qué pretendía responder. Da igual. Porque Singh me besa. No lo hace como imaginaba. No hay brusquedad. Ni dominio. Ni esa seguridad aplastante que tiene cuando trabaja.
El beso empieza casi con cautela, como si él mismo se sorprendiera de haber cruzado la distancia.
Sus labios rozan los míos apenas un instante, cálidos, firmes, con sabor a lluvia y a una decisión tomada tarde.
Podría apartarme. Debería, quizá. Aún estoy enfadada.
Aún tengo mil preguntas. Aún hay una red criminal escondida entre listados, puertos y helicópteros falsos.
Pero mi mano se cierra sobre su chaqueta. Solo eso.
Un gesto mínimo. Suficiente para que él lo entienda. El segundo beso ya no es una pregunta. Tampoco es una respuesta. Es un error precioso. Una forma de dejar de discutir durante cinco segundos y descubrir que el silencio también puede tener pulso.
Singh no me atrae contra él. No me encierra. Me deja espacio incluso mientras me besa, y eso me desarma más que cualquier arrebato. Porque podría apartarme. No quiero. La radio de su hombro crepita.
—Singh.
Él no se separa al instante. Tarda medio segundo. Uno. Después apoya la frente cerca de la mía, sin llegar a tocarla, y cierra los ojos como si acabara de cometer una imprudencia mucho más grave que bajar por un acantilado. La radio insiste.
—Singh, aquí Bruno. ¿Has terminado de besar a la periodista o seguimos fingiendo que no hay media isla mirando?
Me quedo helada. Luego oigo una carcajada lejana. Después otra. La cara de Singh cambia de una forma que no había visto nunca. Horror silencioso. Puro. Absoluto. Me tapo la boca con la mano, pero la risa se me escapa igual.
—Voy a matarlo —murmura.
—Está de servicio —consigo decir.
—Puedo matarlo de servicio.
—¿Página cuatro del manual?
Me mira. Y entonces se ríe. No mucho. No alto. Pero se ríe. Una risa real, baja, limpia, que le cambia la cara y me termina de hacer un estropicio por dentro. La radio vuelve a sonar.
—Singh, Nora quiere recordarte que asesinar a Bruno genera papeleo.
Él aprieta el botón del comunicador sin apartar del todo los ojos de mí.
—Recibido. Bruno vivirá hasta mañana.
—Qué detalle —responde Bruno.
Singh suelta el botón. La música sigue. La fiesta también. Pero algo ya no encaja igual. O quizá, por una vez, algo ha encajado demasiado bien. Me aparto un paso porque necesito aire y porque mi dignidad acaba de ser retransmitida por radio a una parte indeterminada de la isla.
—Sigo enfadada —digo.
Su boca conserva una sombra de sonrisa.
—Lo sé.
—Mucho.
—Sí.
—Y esto no arregla nada.
—No.
—Ni cambia que me mintiera.
—No.
—Ni significa que vaya a perdonarle.
—Lo imaginaba.
Lo odio un poco por no intentar usar el beso para ganar la discusión. Lo odio más por gustarme precisamente por eso.
—Entonces bien —digo.
—Muy bien.
Nos quedamos mirándonos como dos personas que acaban de añadir un problema nuevo a una lista ya bastante larga. La radio suena otra vez. Esta vez es Nora.
—Singh. Cuando termine su crisis sentimental, le necesito en el puesto médico.
El humor desaparece. No de golpe. De forma inevitable. Singh se endereza. Yo también.
—¿Pasa algo? —pregunto.
Él ya ha recuperado el rostro de trabajo, pero hay algo distinto ahora. Una tensión nueva. Un vínculo incómodo que no existía antes de que me besara y que no desaparece por mucho que la radio llame. Aprieta el comunicador.
—Voy.
Luego me mira.
—Vera...
—Ni se le ocurra decirme que me quede aquí.
Su boca se curva apenas. Casi una sonrisa. Casi un desastre.
—No iba a hacerlo.
—¿No?
—No.
Me ofrece la mano. No como antes. No para bailar. Para caminar a su lado.
—Esta vez viene conmigo.