Capítulo 10 #2
Singh tarda un segundo en responder. No porque no tenga respuesta. Porque está midiendo si debería darla. Al final no lo hace.
—Que sigue enfadada.
—Eso sí lo veo.
—Y que aun así no se ha ido.
—Mara me trajo casi a rastras.
—Mara puede traerla a una fiesta. No puede hacer que se quede hablando conmigo.
El vaso pesa en mi mano. De pronto soy demasiado consciente de todo: de la música, del roce del vestido en mis piernas, de la chaqueta vaquera sobre mis hombros, de la forma en que Singh ocupa el espacio sin invadirlo y de lo cerca que está su mano de la mía.
No me toca. Ese es el problema. Que no me toca y, aun así, mi cuerpo parece estar esperando que lo haga.
—Quizá me quedo porque todavía tengo preguntas —digo.
—Eso sí me lo creo.
—Y porque usted sigue debiéndome respuestas.
—También.
—Y una disculpa decente.
—Estoy reuniendo valor.
—¿Usted?
—Soy más prudente de lo que parece.
—Eso no es verdad.
Se inclina un poco hacia mí. Apenas. Lo justo para que su voz llegue más baja sin que tenga que alzarla por encima de la música.
—Con usted, sí.
No sé qué contestar. Y yo siempre sé qué contestar. Mara aparece al otro lado del puesto como un espíritu vengador con delantal.
—Bailad.
—No —decimos los dos a la vez.
Mara nos mira.
—Qué bonito. Ya os coordináis para ser idiotas.
—Estoy de servicio —dice Singh.
—Y yo estoy enfadada —añado.
—Perfecto. Bailad despacio. Así nadie se cansa y podéis seguir mirándoos como si fuerais a prender fuego a las redes.
Me atraganto con el vino. Singh baja la cabeza, pero no lo bastante para ocultar del todo que se le ha escapado una sonrisa.
—Mara —advierte.
—A mí no me hagas esa voz, niño. Te he visto vomitar en el muelle con diecisiete años después de beber de más pensando que eras invencible.
Me giro hacia él.
—¿Diecisiete?
—Una historia muy exagerada.
—Vomitar en el muelle suele ser bastante específico.
—La memoria de Mara no es fiable.
—La mía sí —responde ella—. Bailad.
Y se va. La miro alejarse.
—Me cae bien.
—A mí me da miedo desde hace años.
—Eso explica por qué es usted tan disciplinado.
—No tanto —repite.
Esta vez la frase suena más cerca. La música cambia. No es lenta del todo, pero sí lo suficiente para que varias parejas se acerquen a la zona despejada frente a los músicos. Gente de todas las edades. Nadie parece bailar bien. Eso me tranquiliza. Singh me ofrece la mano. Me quedo mirándola.
—Creía que estaba de servicio.
—Puedo bailar de servicio.
—¿Está en el manual?
—Página tres.
—¿La página dos no era lo de negar heridas?
—Tiene buen archivo.
—Soy excelente.
—Lo estoy descubriendo.
Podría negarme. Debería. Sigo enfadada. No se me ha olvidado la batería.
Ni el puerto. Ni el miedo que me dio llegar y ver a Luca con sangre en el brazo.
Ni esa sensación horrible de haber sido enviada lejos como una niña a la que distraen con un recado.
Pero su mano está ahí. Abierta. Sin exigencia.
Y hay una parte de mí, una parte que no está pensando en listados ni en helicópteros ni en verdades a medias, que quiere saber cómo se siente estar más cerca.
Solo por información. Evidentemente. Dejo el vaso sobre el puesto y acepto.
Su mano se cierra alrededor de la mía. Cálida.
Firme. No me arrastra a la pista. Me guía, que es distinto. Y yo odio notar la diferencia.
Nos mezclamos entre las parejas. Singh coloca la otra mano en mi cintura con una prudencia tan evidente que casi me hace gracia. Como si fuera capaz de colgar de una cuerda sobre un barranco, pero poner la mano en el cuerpo de una mujer enfadada requiriera un plan de evacuación.
—Puede acercarse un poco —digo.
Sus dedos se tensan apenas en mi mano.
—¿Está segura?
—No tengo intención de morderle delante de todo el pueblo.
—Agradezco el matiz.
—Fuera de aquí no prometo nada.
Ahora sí sonríe. Y esa sonrisa, tan cerca, es un golpe bajo.
Se acerca un poco. Lo justo. Nada exagerado.
Pero el mundo cambia de temperatura. Su mano se ajusta mejor a mi cintura, sin apretar.
Yo apoyo la mía en su hombro y noto la firmeza del músculo bajo la tela de la chaqueta.
La música marca un ritmo sencillo. Él se mueve bien, aunque de una forma contenida, como si incluso bailando midiera el terreno.
—Baila mejor de lo que esperaba —murmuro.
—Tenía expectativas muy bajas.
—Después de lo de la batería, sí.
—Justo.
—Sigue sin estar perdonado.
—Lo sé.
—Aunque baile bien.
—También.
Damos una vuelta lenta. El puerto se mezcla en luces borrosas a mi alrededor.
Farolillos, agua negra, rostros conocidos a medias.
La mano de Singh sigue en mi cintura y cada punto de contacto parece haber decidido enviar información directamente a una parte de mi cerebro que no ha leído el código deontológico.
—No quería sacarla del tablero —dice de pronto.
Elijo no bromear.
—Pero lo hizo.
—Sí.
—Y lo volvería a hacer.
—Si creyera que es la única forma de mantenerla viva, sí.
Mi mano se queda quieta sobre su hombro.
—Eso no ayuda.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo dice?
—Porque no quiero arreglar una mentira con otra.
Esa sí me alcanza. Más de lo que debería. La música continúa, pero nuestros pasos se vuelven más lentos.
—No necesito que me salve, Singh.
—No intento salvarla de todo.
—Solo de lo que usted decida.
—De lo que pueda matarla antes de que tenga tiempo de demostrar que tenía razón.
No debería ablandarme. No con eso. Pero hay una diferencia entre alguien que quiere encerrarte y alguien que teme llegar tarde. Y Singh no me mira como si yo fuera débil. Me mira como si yo fuera importante. Eso es muchísimo más peligroso.
—No puedo trabajar si no sé qué está pasando —digo.
—Lo sé.
—Y no puedo confiar en usted si me mueve como una pieza.
—Lo sé.
—Pues deje de saberlo todo y haga algo mejor.
La comisura de su boca se mueve.
—Qué fácil lo plantea.
—Soy muy pedagógica.
—Implacable.
—También.