Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Sal y miel

Vera

M ara decide que voy a ir a la fiesta aproximadamente cinco minutos antes de que yo decida que no pienso salir de mi habitación.

Lo hace sin consultar. Sin llamar. Sin pedir permiso.

Abre la puerta después de dos golpes testimoniales y entra con un vestido azul oscuro colgado del brazo, una chaqueta corta en la otra mano y la expresión de una mujer que no acepta derrotas antes de cenar.

—No.

Es lo primero que digo. Ni siquiera sé qué me va a proponer, pero me parece la respuesta más segura. Mara deja el vestido sobre la cama.

—Sí.

—Estoy trabajando.

—Estás mirando una batería como si te hubiera engañado en el altar.

Bajo la vista hacia la mesa. La batería original sigue allí, con sus cuatro luces verdes, junto a la nueva que compré como una imbécil obediente con botas de periodista rebelde.

Llevo una hora intentando escribir una nota sobre el incidente del puerto y solo he conseguido redactar tres líneas, borrar dos y mirar la puerta cada vez que oigo pasos en el pasillo.

No porque espere a Singh. Eso sería absurdo.

Estoy enfadada con Singh. Mucho. Lo suficiente para haber imaginado al menos cinco formas de tirarle la batería a la cabeza sin dañar material de rescate caro.

Lo bastante para releer mentalmente cada frase de la discusión y encontrar respuestas mejores que, por supuesto, no se me ocurrieron en el momento adecuado.

También lo bastante para no poder quitarme de encima la última.

Si me quedo pensando en dónde está usted en vez de en lo que tengo delante, voy a cometer un error. Maldita sea.

—No voy a una fiesta —digo.

—Claro que vas.

—No estoy de humor.

—Nadie está de humor antes de una fiesta. El humor se encuentra allí. A veces en un vaso, a veces en un baile y a veces en la cara de alguien que no esperabas ver.

—Qué poético.

—Soy isleña. Tenemos viento de sobra para mover tonterías.

Me cruzo de brazos.

—Mara, de verdad. Tengo trabajo.

—Y yo tengo una pensión, una cocina, una rodilla que anuncia tormentas y cuarenta años más que tú. Ponte el vestido.

—No me conoce tanto como para darme órdenes.

—Ni falta que hace. Las mujeres con cara de querer partirle algo a un hombre son universales.

Abro la boca. La cierro. Fatal.

—No quiero hablar de Singh.

—Mejor. Bailarás más.

—Tampoco quiero bailar.

Mara me mira como si acabara de confesar un crimen menor.

—Eso ya es preocupante.

El vestido es sencillo. Azul oscuro, de tirantes anchos, con una falda que cae justo por debajo de la rodilla.

No es mi estilo habitual porque mi estilo habitual consiste en ropa con bolsillos, botas y prendas capaces de sobrevivir a una evacuación, pero tengo que admitir que es bonito.

Demasiado bonito para una fiesta de pueblo y justo lo bastante discreto para que no parezca que me he esforzado.

—No pienso ponérmelo.

Media hora después, bajo las escaleras con el vestido puesto, una chaqueta vaquera encima y mis botas negras porque hay límites que ni Mara ni la presión social pueden cruzar. Ella me espera en recepción. Me mira de arriba abajo.

—Bien.

—No diga nada.

—No he dicho casi nada.

—Eso ya ha sido demasiado.

—Singh va a sufrir.

Me detengo a mitad de escalón.

—No voy por Singh.

—Claro.

—No.

—Por supuesto.

—Estoy enfadada con él.

—Eso suele ayudar.

—¿A qué?

Mara abre la puerta y el ruido de la fiesta entra en la pensión como una ola de música, voces y olor a comida.

—A dejar de estarlo de la peor manera posible.

No le contesto porque no se puede discutir con una mujer que ha decidido saber más de ti que tú misma. La fiesta ocupa todo el paseo del puerto.

No se parece a las verbenas turísticas que he visto en demasiadas ciudades costeras, esas donde todo está calculado para que alguien compre una pulsera, una foto y un recuerdo de algo que nunca fue real.

Esto es otra cosa. Hay farolillos colgados entre los mástiles, mesas largas de madera, puestos de comida, niños corriendo con las manos pegajosas, ancianos jugando a las cartas con copas diminutas y un grupo de músicos en una tarima improvisada junto a las redes.

Huele a pescado a la brasa, pan caliente, hierbas, lluvia reciente y azúcar tostado. San Elías parece menos amenazante de noche. O quizá solo se ha puesto guapa para que baje la guardia.

—Come —ordena Mara, plantándome un plato en la mano.

—Acabo de llegar.

—Por eso.

No sé qué es exactamente lo que hay en el plato, pero está bueno.

Picante, salado, con limón y algo crujiente.

Como sin protestar mientras Mara saluda a media isla, me presenta a personas cuyos nombres olvido al segundo y me deja sola junto a un puesto de bebidas con la misma sutileza con la que una empuja una barca al agua.

—Prueba esto —me dice una mujer joven, tendiéndome un vaso pequeño.

El líquido es de un rojo oscuro, casi negro, con un brillo mineral que no había visto en ningún vino.

—¿Qué es?

—Vino volcánico. Aquí lo llaman sal y miel.

Miro el vaso.

—Suena a castigo bíblico.

—Sabe mejor que suena.

Bebo un sorbo. Y entiendo el nombre. Sabe a sal y a fruta oscura al mismo tiempo, áspero y dulce, con ese fondo mineral que tiene todo en esta isla.

No es fuerte. No se me sube a la cabeza ni me nubla nada.

Solo me deja un calor tranquilo en el pecho y la boca ocupada mientras decido qué hago con las manos. La mujer se ríe.

—Primera vez.

—¿Se nota?

—Todos ponen la misma cara.

—¿Y aun así se lo dais a la gente?

—Claro. Es tradición.

La tradición, por lo que llevo visto en esta isla, consiste en darte algo áspero y esperar a que le encuentres el gusto. Estoy dando un segundo sorbo, más pequeño, cuando lo veo. Singh no aparece. Singh ocurre.

No entra en la fiesta como alguien que busca participar, sino como un hombre que está de servicio y ha aceptado que el mundo puede arder incluso entre farolillos.

Lleva pantalón oscuro, camiseta negra y la chaqueta de la unidad abierta.

No va vestido para celebrar nada. Aun así, la gente lo saluda a su paso.

Un pescador le da una palmada en el hombro.

Una niña con dos trenzas corre hacia él y se cuelga un segundo de su brazo hasta que él se inclina para escuchar lo que le dice.

Una anciana le mete algo envuelto en papel en la mano.

Él intenta negarse. Ella le da un manotazo. Él obedece.

Me molesta que eso me guste. Me molesta muchísimo. Porque todavía estoy enfadada. Porque me mintió. Porque decidió por mí. Porque me sacó del puerto como si yo fuera una pieza más del operativo.

Y porque, al verlo aceptar comida de una anciana con la misma seriedad con la que aceptaría coordenadas de rescate, recuerdo que quizá también es el tipo de hombre que no sabe hacer las cosas a medias.

Ni proteger. Ni callar. Ni preocuparse. Singh gira la cabeza.

Me encuentra. No sonríe. Yo tampoco. Entre nosotros hay demasiada gente, demasiada música y una batería cargada que sigue insultándome desde mi habitación.

Aun así, algo cambia en su cara. Un matiz mínimo. Como si el ruido de la fiesta bajara un poco. Como si me hubiera visto antes de permitirse buscarme. Viene hacia mí. Despacio. Con esa forma suya de moverse que no parece calculada y seguramente lo está.

—Vera.

—Singh.

Sus ojos bajan un instante a mi vestido. No de forma descarada. No de arriba abajo como un imbécil. Solo un segundo, lo justo para notar que ha notado. Cuando vuelve a mirarme, tiene la expresión controlada. Demasiado.

—Mara —dice.

No es una pregunta.

—Mara —confirmo.

—Tiene mucho poder.

—Y pocas dudas.

—Combinación peligrosa.

—Lo dice el hombre que envía periodistas a comprar baterías imaginarias.

Ahí está. La sombra de la discusión vuelve a colocarse entre nosotros, pero no de forma explosiva. Más bien como una brasa que sigue viva debajo de la ceniza. Singh baja un poco la barbilla.

—No era imaginaria. Era innecesaria.

—Qué alivio. Me siento mucho menos idiota.

—No era mi intención hacerla sentir idiota.

—No, su intención era apartarme.

—Sí.

—Sigue siendo pésimo disculpándose.

—No he empezado.

Eso me sorprende.

—¿Ah, no?

—No volvería a mentirle con una batería.

Me quedo mirándolo.

—¿Eso es una disculpa?

—Es el principio de una.

—Pues empieza regular.

—Buscaría una excusa mejor.

Lo miro. Él me mira. Y no puedo evitarlo. Me río. Una risa corta, incrédula, todavía enfadada en los bordes. Pero risa. Singh la recibe como si acabara de encontrar una salida en una habitación llena de humo. Su boca se curva apenas.

—Mejor —murmura.

—No se emocione. Sigo cabreada.

—Lo sé.

—Mucho.

—También.

—Y no le he perdonado.

—No he pedido eso.

—Debería.

—Lo haré cuando sepa decirlo sin empeorarlo.

La honestidad me desarma más de lo que debería. Porque esa sí suena a disculpa. No perfecta. No bonita. Pero suya. Una radio chisporrotea en su hombro. Él baja un poco el volumen sin apartarse del todo.

—¿Está de servicio? —pregunto.

—Sí.

Levanto el vaso.

—Entonces supongo que no va a probarlo.

Sus ojos se posan en el vino.

—No puedo beber de servicio.

—Qué disciplinado.

Su mirada vuelve a mí. Hay algo en ella. Algo distinto. Más bajo. Más lento.

—No tanto.

El ruido de la fiesta se queda en segundo plano.

No desaparece. La música sigue, alguien ríe cerca, una pareja discute junto a un puesto de pescado y las gaviotas continúan siendo criaturas sin educación incluso de noche.

Pero el espacio entre Singh y yo se estrecha de una forma que no tiene nada que ver con la gente.

—¿No tanto? —repito.

—No.

—Usted me parece bastante disciplinado.

—Eso es porque no presta suficiente atención.

El vino me calienta la garganta. O quizá no es el vino.

—Soy periodista. Prestar atención es mi trabajo.

—Entonces quizá el problema sea lo que decide no ver.

La frase no suena a reproche. Suena a otra cosa. A desafío. A puerta entreabierta. Bebo otro sorbo para tener algo que hacer con la boca, lo cual demuestra que mi instinto de supervivencia necesita vacaciones.

—¿Y qué estoy decidiendo no ver?