Capítulo 9 #2
—No. Me ha tratado como si lo fuera.
Su mandíbula se tensa.
—No.
—Me ha mandado a comprar una batería mientras aquí pasaba algo que sabía que podía pasar.
—Sospechaba que podía pasar.
—Qué diferencia tan tranquilizadora.
—La suficiente para no poder detenerlo sin pruebas.
—¿Pruebas de qué?
Duda un segundo. Es la primera vez que lo veo dudar antes de hablar.
—Anoche pedí los manifiestos de carga del puerto. Un contenedor entró en una lista y desapareció de la siguiente. Sin papeles, sin salida registrada. Alguien lo quería fuera de la vista.
—Y en vez de contármelo, me mandó a por una batería.
—Le mandé a por una batería porque, si hoy venían a por ese contenedor, prefería tenerla en el pueblo.
—Pero sí para apartarme a mí.
—Sí.
La palabra vuelve a caer, directa, sin adornos. Me acerco un paso. No mucho. Lo justo para que tenga que mirarme de verdad.
—No tenía ningún derecho.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Singh tarda un segundo en responder. A su alrededor, el puerto sigue moviéndose: Nora dando órdenes, Bruno hablando con policía, Luca fingiendo que el corte no le duele. Pero para mí todo se reduce a su cara, a esa calma suya que esta vez no consigue ocultar del todo lo que hay debajo.
—Porque prefería que me odiara una tarde a tener que buscarla en una ambulancia.
La respuesta me atraviesa. No porque sea bonita. Porque no lo es. Es injusta, manipuladora y probablemente sincera. Y eso es lo peor.
—No vuelva a decidir por mí.
—No puedo prometerle eso.
El aire se me atasca en la garganta.
—Pues yo no puedo prometerle que vuelva a hacerle caso.
—Lo imaginaba.
Su voz no tiene humor. Ni desafío. Solo aceptación.
Como si hubiera calculado el precio antes de mentirme y hubiera decidido pagarlo igualmente.
Eso me enfada más. Me enfada porque una parte de mí entiende por qué lo hizo.
Me enfada porque otra parte, mucho más idiota, se ha sentido cuidada durante medio segundo antes de recordar que no soy una mochila que alguien pueda apartar del fuego.
—No soy parte de su equipo, Singh.
—Lo sé.
—No estoy bajo sus órdenes.
—También.
—Y si quiere que confíe en usted, no me saque del tablero cada vez que algo se complica.
Sus ojos se oscurecen apenas.
—Si la dejo en el tablero cuando sé que alguien está moviendo piezas contra nosotros, puede que no llegue al final de la partida.
—No use metáforas conmigo.
—Entonces no me pida que finja que esto no es peligroso.
—No se lo pido. Le pido que no me mienta.
Silencio. Pero no de los cómodos. Tampoco de los bonitos. Uno áspero, lleno de cosas que ninguno de los dos sabe colocar sin hacerse daño. Le tiendo la bolsa con la batería.
—Su recado.
No la coge enseguida. Durante un momento, su mano queda suspendida entre los dos, demasiado cerca de la mía.
Tan cerca que noto el impulso absurdo de apartarme y el igual de absurdo de no hacerlo.
Al final la toma. Nuestros dedos se rozan.
Apenas. Una descarga mínima, ridícula, completamente inoportuna.
Me odio por notarla. Él también la nota.
Lo sé por la forma en que aprieta la mandíbula antes de bajar la mano.
—Gracias —dice.
—No me dé las gracias. Me ha usado.
—Sí.
—Y no se arrepiente.
—Me arrepiento de que haya tenido que enterarse así.
—Qué considerado.
—Estoy intentando serlo.
—Pues se le da fatal.
Por primera vez, algo parecido al dolor cruza su expresión. No dura. Singh se recompone demasiado deprisa.
—Vuelva a la pensión, Vera.
—No.
—No era una orden.
—Sonaba igual.
—Era una petición mal formulada.
—Entonces formule mejor.
Respira hondo. La tensión entre los dos cambia, se afila. No desaparece la rabia. Se mezcla con algo más incómodo: la cercanía, el cansancio, la adrenalina, las ganas de empujarlo y de quedarme ahí hasta que diga algo que no pueda discutirse.
—Vuelva a la pensión —repite, más bajo—. Por favor. No porque no pueda estar aquí, sino porque ahora mismo no sé quién ha provocado esto ni qué quería sacar de ese contenedor. Y si me quedo pensando en dónde está usted en vez de en lo que tengo delante, voy a cometer un error.
No sé qué hacer con eso. Con ninguna parte de eso. Porque no suena a excusa. Suena a una confesión que no quería hacer. Me quedo sin respuesta durante un segundo, y él aprovecha para dar un paso atrás. Como si se arrepintiera de haber dicho demasiado.
—Singh…
—Tengo trabajo.
Y se va. No espera a que lo perdone. No intenta arreglarlo. No se queda para ganar la discusión. Eso es lo peor. Que se va dejándome con la rabia, la batería y una frase que no sé dónde colocar. Si me quedo pensando en dónde está usted… Camino hasta la pensión sin recordar del todo el trayecto.
Mara no está en recepción. Por una vez, la isla me concede el milagro de no tener que enfrentarme a una mujer que me mira como si leyera subtítulos invisibles sobre mi cabeza.
Subo a mi habitación, cierro la puerta y dejo la mochila sobre la cama.
Luego veo la cámara térmica. La había traído Singh por la mañana para enseñarme cómo funcionaba.
Sigue sobre la mesa, dentro de su funda abierta.
No sé por qué me acerco. Quizá porque necesito comprobarlo.
Quizá porque una parte de mí quiere que haya sido verdad.
Abro el compartimento lateral. La batería sigue dentro. Pulso el indicador.
Cuatro luces verdes. Carga completa. Miro la etiqueta blanca del lateral.
Y después la de la batería que llevo en la bolsa, la que he cruzado medio pueblo para comprar.
La misma referencia. Exactamente la misma.
La pieza que Singh necesitaba con tanta urgencia estaba puesta, cargada y funcionando, dentro de la cámara que me dejó esta mañana sobre la mesa.
Durante un instante me quedo mirando esos cuatro puntos luminosos como si acabaran de insultarme. Después suelto una carcajada. Una sola. Corta. Rabiosa.
—Hijo de…
Me callo antes de terminar. No porque no lo merezca.
Porque ni siquiera sé si quiero insultarlo.
Saco la batería nueva de la bolsa y la dejo junto a la otra.
Dos baterías. Una mentira. Y un hombre que ha decidido que era mejor que lo odiara viva a que lo entendiera tarde.
Me siento en el borde de la cama. El enfado sigue ahí.
Entero. Pero también está esa otra cosa. La que me cabrea más que la mentira.
La imagen de Singh aceptando mi furia sin defenderse. Sus dedos rozando los míos. Su voz, más baja, diciendo que no puede permitirse pensar en dónde estoy. No sé si tengo más ganas de darle un puñetazo o de besarlo.
Y eso sí que es un problema.