Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

La batería que no hacía falta

Vera

L a mañana empieza con una rareza. Silencio.

No silencio de verdad, porque en San Elías siempre hay algo golpeando, silbando o crujiendo.

Las gaviotas chillan en el puerto, el viento empuja las puertas metálicas del hangar y una radio escupe coordenadas cada pocos minutos.

Pero, comparado con explosiones, rescates en acantilados y helicópteros perdiéndose entre nubes bajas, aquello casi parece paz. Una paz sospechosa, claro.

A estas alturas, si la isla me ofreciera una mañana tranquila, yo revisaría debajo de la cama.

Estoy en la base desde hace media hora, con una taza de café robada de coordinación, la cámara colgada al cuello y el portátil en la mochila.

En teoría, he venido para revisar con Singh algunas notas del reportaje.

En la práctica, creo que he venido porque ayer lo vi colgar de una cuerda sobre un acantilado y todavía necesito convencerme de que sigue siendo un ser humano y no un problema con arnés.

Lo encuentro en el hangar secundario, sentado sobre una caja de material, desmontando una cámara térmica con una paciencia que me irrita.

La cámara está abierta en piezas sobre una mesa metálica. A su lado hay dos destornilladores, un paño negro, una batería rectangular y su moneda oscura, esa que hace girar entre los dedos cuando piensa demasiado. Él no levanta la vista cuando entro.

—Buenos días, Vera.

Me detengo.

—¿Cómo sabe que soy yo?

—Luca silba cuando entra. Bruno arrastra los pies. Nora abre la puerta como si viniera a despedir a alguien. Usted duda medio segundo antes de cruzar, como si estuviera decidiendo si merece la pena discutir.

—Quizá solo soy educada.

—No.

Dejo el café en la mesa y me cruzo de brazos.

—Qué seguridad.

—Es mi encanto.

—No abuse de él. Está muy limitado.

Ahora sí levanta la vista. Tiene ojeras. No muchas, pero las suficientes para recordarme que ayer no solo bajó por una cuerda, también voló a una falsa alarma y terminó el día con la cara de quien había encontrado un problema más grande que el cansancio.

—Ha venido temprano —dice.

—Tenía una cita con mi fuente más difícil.

—¿Bruno?

—Ojalá. Bruno habla.

—Demasiado.

Me acerco a la mesa, cuidando de no tocar nada. He aprendido que en esta base cualquier objeto aparentemente inocente puede costar más que mi alquiler o salvarle la vida a alguien que no conozco.

—¿Qué hace?

—Intento que esto vuelva a funcionar.

—¿Lo ha roto usted?

—Qué poca fe.

—¿Lo ha roto Bruno?

—Eso sería más probable, pero no.

Se inclina de nuevo sobre la cámara. Sus dedos se mueven con precisión tranquila.

No son manos delicadas. Tienen marcas, nudillos castigados, una tirita en el pulgar y esa seguridad de quien ha usado las manos para cosas bastante más serias que reparar tecnología.

Aun así, desmonta cada pieza con cuidado, sin prisa. Me descubro mirando. Qué maravilla.

Nada como venir a trabajar y acabar observando los dedos de un hombre como si estuviera resolviendo un misterio internacional.

—Está muy callada —dice.

—Estoy documentando.

—¿Mis manos?

Levanté la cabeza demasiado deprisa. Error. Su boca se curva apenas.

—La cámara —miento.

—Claro.

—No se crezca.

—Tarde.

Me aparto un poco y saco la libreta, más por dignidad que por necesidad.

—Entonces, cámara térmica. ¿Para qué la usan?

—Búsqueda en zonas de baja visibilidad. Niebla, noche, cuevas, incendios. Detecta calor corporal.

—Útil.

—Cuando funciona.

—¿Y no funciona?

—No con esta batería.

Toma la pieza rectangular y me la enseña. Negra, con una etiqueta blanca en un lateral.

—Necesito una compatible.

—¿Y eso dónde se compra?

—En el pueblo hay una tienda de suministros náuticos. A veces tienen repuestos.

Lo miro. Él me mira. Pasa un segundo. Luego otro.

—No —digo.

—No he pedido nada.

—Su cara sí.

—Mi cara es muy discreta.

—Su cara acaba de preguntarme si puedo ir al pueblo a por una batería.

—Qué interpretación tan precisa.

—¿Me está utilizando de recadera?

—Prefiero periodista polivalente.

—Prefiera lo que quiera, sigue sonando a explotación laboral.

—No sería explotación si lo hace por voluntad propia.

—¿Y si no quiero?

—Seguiré respetándola como profesional.

—Qué consuelo.

—Y la cámara seguirá sin funcionar.

—Manipulador.

—Un poco.

No debería hacerme gracia. Me la hace. Maldita sea.

—¿Por qué no va Luca?

—Luca está revisando material de escalada.

—¿Bruno?

—Bruno duerme una hora antes de que Nora encuentre otra cosa que reprocharle.

—¿Nora?

—Nora me reprocha cosas a mí.

—Muy organizada.

—Es una mujer admirable.

Me mira con absoluta seriedad. Aguanto dos segundos antes de suspirar.

—Deme la referencia.

Me tiende la batería.

—Sabía que podía confiar en usted.

—No se emocione. Le cobraré comisión.

—Apúntelo al reportaje.

—Voy a titularlo: «Piloto heroico explota a periodista española en isla con viento».

—Demasiado largo.

—Lo recortaré en edición.

Cuando salgo del hangar, noto su mirada en la espalda. No me giro. No porque no quiera, sino porque quiero demasiado y eso ya empieza a ser una costumbre preocupante.

El camino al pueblo baja desde la base por una carretera estrecha que bordea el puerto.

San Elías, de día y sin emergencias aparentes, resulta casi insultantemente bonita.

Las casas blancas se apilan en la ladera como si alguien las hubiera colocado a mano para una postal.

Hay ropa tendida entre balcones, macetas azules, ancianos sentados frente a una cafetería y un gato negro que me mira desde un muro con la misma desconfianza que parece practicar toda la isla.

La tienda de suministros náuticos se llama O Farol, porque aquí hasta los comercios parecen empeñados en sonar a presagio. La regenta un hombre mayor con barba blanca, gafas redondas y un jersey de lana que no tiene ningún sentido térmico.

—Busco una batería compatible con esto.

Le enseño la pieza. Él la observa como si fuera un insecto poco interesante.

—Para Singh.

No es una pregunta.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque nadie más en esta isla usa material tan caro y lo rompe tan poco.

—Dice que no la ha roto.

—Entonces seguro que no la ha roto.

—Qué fe.

—Ese hombre ha bajado de acantilados a buscar a gente que yo no habría buscado ni con prismáticos. Si dice que una batería está muerta, está muerta.

Me apoyo en el mostrador.

—Todo el mundo aquí confía mucho en él.

El hombre abre un cajón.

—Porque Singh no promete lo que no puede cumplir.

—Eso es raro.

—Mucho.

—¿Y nunca se equivoca?

El tendero me mira por encima de las gafas.

—Claro que se equivoca. Por eso sigue siendo humano. Lo importante es que cuando lo hace, vuelve para arreglarlo.

No sé por qué esa respuesta me acompaña mientras él busca en una estantería del fondo.

Cuando salgo de la tienda, llevo una batería nueva, tres testimonios no solicitados sobre Singh y una empanadilla que la mujer del tendero ha insistido en regalarme porque, según ella, «las periodistas flacas traen mala suerte».

No he tenido energía para explicarle que mi constitución no tiene nada que ver con el periodismo ni con el destino de la isla.

Estoy bajando hacia el puerto cuando suenan las sirenas. Primero una.

Luego otra. Después el golpe grave de las palas del helicóptero despertando en la base.

Me detengo en mitad de la calle. El estómago se me cierra.

No pienso. Echo a correr. La bolsa con la batería golpea contra mi muslo.

Resbalo en una esquina, me agarro a una barandilla y sigo bajando.

Dos vecinos salen a las puertas. Una mujer se santigua.

Un niño señala hacia el puerto. No veo humo. Eso es peor.

Porque el peligro que no se ve tarda más en explicarse.

Cuando llego al muelle, Nora ya ha levantado una zona de seguridad.

Hay dos furgonetas de la base, un coche de policía y varios trabajadores apartados junto a los almacenes.

No hay fuego. No hay explosión. Solo un contenedor abierto, una caja rota y demasiadas caras serias.

Busco a Singh. Lo encuentro junto al contenedor, hablando con Nora y Bruno. Está entero.

Me odio por comprobar eso primero. Después veo la sangre en el brazo de Luca. No mucha. Una venda improvisada. Pero suficiente para que se me acelere el pulso. Intento acercarme. Un agente me corta el paso.

—Zona restringida.

—Soy prensa.

—Por eso.

Fantástico. Nora me ve desde lejos. Su expresión dice muchas cosas, ninguna amable.

Singh también me ve. Y ahí lo entiendo. No por lo que hace.

Por lo que no hace. No parece sorprendido.

No parece aliviado de verme fuera del área.

Parece culpable. La batería se vuelve pesada dentro de la bolsa. Demasiado.

Espero hasta que la situación se calma. No porque quiera, sino porque no me dejan hacer otra cosa.

Pregunto a dos trabajadores, recibo tres evasivas y una recomendación no solicitada de volver a la pensión.

Me entero de lo justo: alguien abrió un contenedor que no debía abrirse, saltó una carga pequeña de humo y fragmentos, Luca se cortó al apartar a un estibador, y dentro había cajas que ya no están. O alguien llegó tarde.

O alguien llegó demasiado a tiempo. Cuando Singh por fin se acerca, ya no llueve, pero el cielo tiene ese color gris sucio que parece hecho para las discusiones.

—¿Está bien? —pregunta.

Me río una vez. Seca. Sin gracia.

—Qué curioso. Iba a preguntarle lo mismo.

—Estoy bien.

—Luca no tanto.

—Es superficial.

—Me alegro.

La bolsa cruje cuando cierro los dedos alrededor del asa. Él baja la vista. Sabe lo que llevo. Claro que lo sabe.

—Tiene la batería —dice.

—Sí.

—Gracias.

—No la necesitaba, ¿verdad?

No responde. Y esa es la respuesta. Siento una rabia limpia subirme por el pecho. De esas que no queman al principio. Enfrían.

—Me ha mandado al pueblo para quitarme de en medio.

—Sí.

Ni siquiera intenta mentir. Eso me cabrea todavía más.

—¿Ni una excusa? ¿Ni una mentira torpe para respetar la tradición?

—No serviría de nada.

—Claro que no. Porque soy tonta, pero no tanto.

—No he dicho que sea tonta.