Capítulo 8 #2
Ha explotado un barco en el puerto. Si allí se mueve algo que no debería, quedará rastro en las cargas declaradas.
Fechas. Tonelajes que no cuadran. Barcos que entran llenos y salen vacíos, o al revés.
Es tedioso. Es lento. Y es exactamente el tipo de hilo del que nadie tira porque da pereza.
Cojo el teléfono. Marco el número del control portuario. Y entonces salta la radio.
—Singh, base. —La voz de coordinación llega tensa—. Aviso de emergencia. Posible hombre al agua en el faro norte. Una llamada, sin confirmar. Sin más datos.
Cuelgo antes de que descuelguen al otro lado. La costumbre manda antes que la cabeza.
—Recibido. Salgo.
Todo el engranaje arranca en cinco segundos.
Bruno aparece desde coordinación ya en movimiento.
Luca coge el equipo de agua. Nora se coloca los auriculares.
El cansancio desaparece. El café se queda a medias sobre una mesa.
La cuerda quemada vuelve a su lona y los manifiestos se evaporan de mi cabeza, porque si hay alguien en el agua, cada minuto que pierdo pensando es un minuto que esa persona pasa ahogándose. Vera sale detrás de Bruno.
—Voy.
No es una pregunta. Nunca lo es con esta mujer.
—No.
—El aviso está relacionado con los otros incidentes.
—No lo sabe.
—Usted tampoco.
Sigo andando hacia el aparato. Ella camina a mi lado.
—Vera.
—Si es otra distracción, quiero verla.
—Y si hay un hombre ahogándose, no necesito una periodista estorbando.
—Entonces no dejaré que me vea estorbar.
Hace unas horas le habría dicho que no. Se lo he dicho, de hecho, con el discurso entero de las líneas amarillas. Ahora hago el cálculo en el tiempo que tardo en llegar al patín.
Detrás de mí queda un puerto donde ha explotado un barco, con media isla revuelta y nadie vigilando a la periodista que no ha dejado de meter la nariz donde no debe desde que llegó. Delante tengo una cabina cerrada, con arnés, casco y un piloto que la va a tener a metro y medio todo el rato.
El aviso es «sin confirmar, sin más datos». El viento ha caído. No es la cornisa de esta mañana. Es, con diferencia, el lugar menos peligroso de la isla ahora mismo. Y es, con diferencia, donde puedo verla.
—Suba —digo—. Casco puesto, cinturón abrochado, boca cerrada. Si le digo que no mire, no mira.
—Cuatro condiciones.
—Cumpla la tercera y le perdono las demás.
No me gusta lo rápido que me ha salido la respuesta.
No me gusta lo poco que me ha costado decir que sí.
Lo apunto en el mismo cajón donde guardo todo lo que decido no mirar todavía y subo a la cabina.
San Elías se encoge debajo de nosotros. Vuelo hacia el norte por instinto, con el faro como referencia, mientras Bruno canta rumbo y Luca prepara el equipo de agua por si acaso. Todo suena ordenado. Limpio. Rutinario.
Salvo por el detalle de que noto su respiración.
La he tenido delante en una entrevista, en un muelle, en un hangar, y ni una sola vez me había fijado en algo tan idiota como el ritmo con que respira otra persona en una cabina.
Es lento. Demasiado lento. El de alguien que está muerta de nervios y ha decidido que nadie lo va a notar. Lo noto. No digo nada.
—¿Siempre vuelan a ciegas por una llamada sin datos? —pregunta.
—Siempre.
—¿Y si no hay nadie?
—Entonces habremos gastado combustible.
—¿Y si lo hay?
—Entonces el combustible da igual.
Se queda callada. Mira por la ventanilla el mar oscuro, esa masa que de día parece agua y, cuando desaparece la luz, parece otra cosa.
El resplandor de los instrumentos le pinta media cara de verde.
Está seria. Sin bolígrafo. Sin libreta. Por una vez, no trabaja.
Casi le digo algo. Algo que empieza por su nombre y sin el «usted» delante. Me muerdo la frase justo a tiempo.
No aquí. No así. No cuando una parte de mí lleva todo el día bajando la guardia como quien pierde altura sin darse cuenta. Llegamos al faro en siete minutos. No hay nadie en el agua. No hay nadie en las rocas. No hay nadie.
Bruno enciende el foco y peinamos la costa tres veces.
Luca rastrea con los prismáticos. Vera mira hacia abajo con una intensidad que no sirve de nada y que, aun así, agradezco, porque significa que ella también busca.
Nada. Ni un cuerpo, ni una barca, ni un chaleco.
Ni una sola señal de que la llamada tuviera detrás algo más que una voz anónima y un teléfono que ya no responde.
—Falsa alarma —dice Bruno por fin, con el alivio cansado de quien prefiere mil avisos en balde a un solo muerto—. Alguien que ha visto una foca y se ha asustado.
—Puede ser.
—Pasa más de lo que crees.
—Lo sé.
Y lo sé. De verdad. Pasa. La gente llama.
La gente se equivoca. Confunde una boya con una cabeza, un tronco con un brazo, y nosotros volamos igual, porque el día que no volemos por una falsa alarma será el día en que dejemos de volar por la de verdad.
Es normal. Es razonable. Es lo correcto.
Doy la vuelta hacia la base con el depósito más vacío y la noche entera por delante.
—¿Ya está? —pregunta Vera.
—Ya está.
—¿Todo esto para nada?
—Todo esto para asegurarnos de que era nada. No es lo mismo.
Lo piensa. Asiente despacio, como si acabara de apuntar algo que no piensa escribir.
Y entonces se queda quieta, mirando el mar, y ocurre lo que llevo temiendo desde que la he subido: que no pase nada.
Que no haya emergencia, ni cornisa, ni herido, ni ruido.
Solo dos personas en una cabina, con la adrenalina gastada y nada que hacer salvo estar cerca.
Es lo más peligroso que me ha pasado en todo el día.
—Gracias —dice, sin mirarme.
—¿Otra vez?
—Por dejarme subir.
—No se acostumbre.
—No lo haré.
Miente fatal. Yo también.
—¿Siempre baja así de los acantilados? —pregunta, por llenar el silencio.
—No.
—¿No?
—A veces subo.
Lo digo en serio. A veces la extracción es hacia arriba; depende de dónde caiga el herido. Ella se ríe. Una risa corta, pillada por sorpresa. No sé qué le ha hecho gracia. Y, aun así, apunto el sonido en el mismo cajón donde guardo todo lo que decido no mirar todavía.
Volamos en silencio un rato. Un silencio raro, cómodo, de los que no obligan a llenar cada hueco.
Ella lleva la frente casi apoyada en el cristal.
Yo mantengo las manos en los mandos y la cabeza en un sitio donde no debería estar la de un piloto.
Y justo cuando empiezo a permitírmelo, algo me roza por dentro.
La llamada ha entrado justo cuando iba a pedir los manifiestos. Justo entonces.
Justo cuando Nora ha dicho en voz alta lo que yo no me atrevía a pensar. Justo a tiempo de sacarme del único sitio donde había empezado a mirar.
Estoy cansado. Llevo dos rescates, un sabotaje y una falsa alarma en el cuerpo.
La mente cansada ve dibujos en las manchas; es lo que hace, es para lo que sirve, y por eso los buenos pilotos aprenden a desconfiar de los patrones que aparecen cuando uno lleva demasiadas horas despierto.
Una foca. Un susto. Una voz equivocada. Me lo repito hasta el aterrizaje. Casi me lo creo.
Poso el aparato en la pista con la suavidad de quien no quiere que termine el vuelo. Eso también lo apunto en el cajón. Vera se quita el casco. Tiene el pelo revuelto, la cara cansada y una expresión que no le había visto: la de alguien que ha entendido algo y todavía no sabe si le conviene.
—Buenas noches, Singh —dice.
—Buenas noches.
Baja del patín. Se aleja hacia las luces de la base sin volverse y esta vez soy yo quien se queda mirando cómo se va, con el motor enfriándose a mi lado y una moneda oscura girando entre los dedos que no recuerdo haber sacado del bolsillo.
Una vez. Dos. Hay algo que no encaja en mi isla.
Lo noto desde el puerto. Lo noto en la cuerda quemada, en los tensores serrados y en una llamada anónima que ha llegado en el segundo exacto.
Alguien está provocando emergencias. Alguien necesita que miremos hacia el norte. Y mientras nosotros volamos, el puerto se convierte en nuestro punto ciego. Debería asustarme. Me asusta. Pero, por primera vez en años, no es lo único que me asusta. Guardo la moneda.
Y entro a pedir los malditos manifiestos, aunque sea lo último que haga esta noche.