Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 8
35%

Capítulo 8

Punto ciego

Ethan

H ay un instante, justo después de entregar un herido a los sanitarios, en el que el cuerpo todavía no sabe que ha terminado. Las manos siguen midiendo. Los ojos buscan el siguiente problema que ya no existe. Tardo siempre unos segundos en recordar que puedo parar.

El helicóptero se enfría sobre la pista con ese tic metálico de motor que respira.

Bruno apaga sistemas a mi lado sin hablar.

No hace falta. Hemos sacado a un hombre de debajo de una roca con cuarenta y cuatro nudos de racha, y los dos sabemos exactamente cuánto nos hemos acercado al borde de lo razonable.

—Dos cervezas —dice al fin.

—Una.

—Me has hecho pilotar de lado sobre un barranco.

—Lo has hecho bien.

—Por eso son dos.

No discuto. Bruno mide su valor en cervezas y casi nunca se equivoca.

Me quito el casco. Y entonces la veo. Está al borde de la pista, donde no debería estar, con la chaqueta todavía manchada del hollín del puerto y el pelo revuelto por el rotor.

No toma notas. No levanta la cámara. Solo mira cómo bajo, con una atención que no encaja con la de una periodista observando una fuente. Debería molestarme. Me molesta.

Lo que no me explico es por qué, antes de molestarme, he tenido que tragarme algo demasiado parecido al alivio de que siga entera. Camino hacia ella porque el camino al hangar pasa por ahí. Eso es lo que me digo.

—Sigue aquí —comento.

—Usted también.

—Es mi isla.

—Empezaba a dudarlo. Lleva todo el día intentando salir de ella por el aire.

Hay un temblor mínimo en su voz que ella disimula bien. No de miedo. De algo que ha estado conteniendo un rato y que ahora no sabe dónde colocar. Lo reconozco porque yo hago lo mismo: cuando el cuerpo se llena de adrenalina y no hay ningún sitio donde gastarla, sale en forma de palabras afiladas.

—¿Ha visto el rescate? —pregunto.

—Desde coordinación. Nora me sentó en un rincón como a una caja de herramientas.

—Nora tiene buen ojo para las herramientas.

—Era una caja, Singh. No una herramienta.

—Las herramientas útiles no se quejan tanto.

Casi sonríe. No del todo. Se le queda la sonrisa a medio camino, igual que a mí.

Y ahí está el problema. No es el sabotaje.

Ni la cornisa. Ni los listados que no cuadran.

El problema es que llevo todo el día pendiente de una mujer que ha venido a desmontar la única vida ordenada que he conseguido construir en años y que mira el mar como si entendiera por qué no me he ido nunca de esta roca.

Bruno pasa por detrás cargando dos cascos.

—Distraído —dice, sin mirar a ninguno de los dos.

Le clavo la mirada. Sigue andando, silbando, encantado consigo mismo. Algún día voy a tener que despedirlo. Nunca lo voy a hacer.

—Gracias por bajar —dice Vera.

Tres palabras. Tengo que mirar hacia Bruno para que no me vea la cara, porque hace mucho tiempo que nadie me da las gracias por algo así y resulta que todavía me hace algo.

—Nunca baja una sola persona —respondo—. Hay un piloto, un rescatador, alguien al otro lado de la radio y un equipo médico esperando en tierra.

Es verdad. También es lo que digo cuando no quiero decir nada. La aparto de la pista con un gesto, hacia la zona cubierta, porque empieza a caer otra vez esa lluvia fina que en San Elías no parece agua, sino una advertencia con paciencia.

—¿Sabe ya qué ha sido lo del barco? —pregunta.

—Sé lo que no ha sido. No ha sido un accidente.

—Eso ya lo sabía yo.

—Entonces estamos a la par.

Saco la moneda del bolsillo sin pensarlo.

Oscura, gastada, con el canto comido. La hago girar entre los dedos una vez.

Dos. Es una costumbre vieja, de cuando contar segundos con algo en la mano era la diferencia entre salir y no salir.

Vera la mira. No pregunta. Apunta mentalmente. Lo noto. Esa mujer lo apunta todo.

—Le quedan dieciséis horas —digo.

—Diecisiete.

—Las cuenta.

—Usted también, por lo visto.

Guardo la moneda.

—Voy a ver la cuerda del barco antes de que la policía local la guarde en una bolsa y se olvide de ella durante seis meses. Puede mirar desde la línea amarilla. No la cruce.

—¿Y si la cruzo?

—Entonces descubrirá que sé ser muy desagradable.

—Lo dudo.

—Estoy trabajando en ello.

Esta vez sí sonríe. Maldita sea. El hangar huele a grasa, a goma quemada y a mar. Es un olor que me ordena la cabeza. Aquí las cosas tienen nombre y función. Aquí no hay periodistas que agradezcan gestos que llevo diez años tratando como rutina.

La cuerda está sobre una lona, en el rincón que Nora ha acordonado.

Vera se detiene detrás de la línea amarilla.

La mira. Después me mira a mí, como si esperara que reconozca que acaba de obedecer una orden sin discutir.

No pienso darle esa satisfacción. Me agacho.

No toco la cuerda. Solo observo. Está quemada en un punto muy concreto. Demasiado concreto.

El fuego no elige sitios limpios; el fuego se extiende, se ramifica, deja bordes sucios. Este corte tiene la pulcritud de algo provocado con un acelerante puntual y una mano con práctica.

Fuera del hangar, alguien llama a Bruno. Vera se vuelve un instante hacia la pista. Cuando mira otra vez, sigue exactamente donde le he dicho. Sorprendente.

—Igual que en el puerto —dice Nora a mi espalda.

No la he oído llegar. Nunca la oigo llegar.

Es una de las cosas que la hacen buena en lo suyo: aparece donde tiene que aparecer, justo cuando hace falta, con la tableta en la mano y la respuesta antes que la pregunta.

Nora dirige una mirada hacia Vera. No es hostil.

Tampoco hospitalaria. Es la mirada que reserva para cualquier elemento que no ha autorizado personalmente.

—Bruno —llamo.

Él asoma la cabeza desde la puerta del hangar.

—¿Qué?

—Llévala a coordinación.

—Puedo quedarme aquí —protesta Vera.

—No.

—Estoy detrás de la línea.

—Y quiero conservar ese milagro. Cinco minutos.

—Cinco minutos dan para muchos secretos.

—Cuatro.

Bruno le hace un gesto exageradamente cortés hacia la salida.

—Por aquí, señorita Prensa Libre. Tenemos café, sillas incómodas y una magnífica vista de gente que no quiere contarle nada.

Vera me fulmina con la mirada, pero sale con él. No desaparece. La veo cruzar el espacio que separa el hangar de coordinación, caminando bajo la lluvia fina con Bruno a su lado. Antes de entrar, vuelve la cabeza. Hacia el hangar. Hacia mí. Aparto la vista primero.

—¿Has cruzado los partes? —pregunto.

Nora desliza el dedo sobre la pantalla.

—Tres incidentes en diez días. El pesquero, el barco de hoy y el desprendimiento de la carretera norte.

—Una mala racha.

—No fue un desprendimiento natural.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

—Mantenimiento ha revisado esta tarde la pared. Los dos tensores principales de la malla de contención estaban serrados.

La miro.

—¿Serrados?

—No rotos por el peso. No arrancados por la caída. Serrados. Después alguien aflojó uno de los anclajes inferiores. La lluvia hizo el resto.

Vuelvo a mirar la pantalla. El punto rojo que marca la carretera parece distinto ahora.

Hace unas horas hemos arriesgado el aparato y la vida de tres personas porque alguien preparó una pared para que cediera sobre un coche.

No ha sido mala suerte. Ni el clima. Ni una isla vieja desmoronándose bajo demasiados inviernos. Alguien lo ha hecho.

—¿La policía lo sabe?

—Se lo he comunicado.

—¿Y?

—Han dicho que enviarán a alguien cuando terminen en el puerto.

—Estupendo.

—Hay más.

Amplía el mapa.

—Los tres incidentes ocurrieron en la franja norte.

Los tres obligaron a desplegar al equipo lejos del puerto.

El pesquero nos tuvo fuera una hora y cuarenta minutos.

El desprendimiento, casi dos horas. Hoy, cuando ha empezado el incendio, la patrulla marítima estaba inspeccionando la costa norte por una llamada anónima.

—Casualidad.

—Tú no crees en las casualidades.

—No. Pero me gusta decirlo en voz alta para ver qué cara pones.

Nora no pone ninguna cara. Nunca la pone.

Me pasa la tableta con el mapa de despliegues y se queda a mi lado, mirando los mismos puntos rojos que miro yo.

Confío en ella como confío en pocas personas: porque ha estado al otro lado de la radio las veces que importaba y porque, cuando le he pedido que oculte un nombre de un listado, lo ha ocultado sin preguntar por qué.

La chica de la sudadera gris, por ejemplo.

Sigue sin aparecer en ningún registro. Eso me deja dormir un poco mejor.

—Hay un patrón —digo.

—Hay un patrón —confirma ella.

—Cuando algo pasa en el norte, alguien se asegura de que estemos todos arriba, lejos del puerto.

Nora tarda un segundo en responder.

—¿O al revés?

La miro.

—¿Al revés?

—Cuando alguien necesita hacer algo en el puerto, se asegura de que estés tú arriba.

Miro de nuevo los tres puntos. El pesquero.

La carretera. El barco. Tres emergencias.

Tres despliegues. Tres ocasiones en las que la base ha quedado con el personal mínimo y yo he estado lejos del puerto.

No respondo. No tengo una respuesta. Solo esa parte de mí —la parte entrenada, la que aprendí a no silenciar en sitios donde silenciarla costaba vidas— levantando la cabeza. Nora me deja la tableta.

—Voy a comprobar las grabaciones de las llamadas.

—La policía debería encargarse de eso.

—La policía también debería haber descubierto que alguien había serrado dos tensores antes de llamarlo desprendimiento.

—Buen argumento.

Nora se marcha hacia coordinación. Esta vez sé exactamente adónde va.

A través del cristal la veo entrar, decirle algo a Bruno y sentarse frente a una de las pantallas.

Vera está junto a la mesa, con un vaso de café entre las manos.

No parece estar escuchando, pero la conozco lo suficiente para saber que está escuchando hasta el zumbido de los fluorescentes. Vuelvo al mapa. Los manifiestos.