Capítulo 7 #3
Trabaja con ella. Cada movimiento está medido.
Las piernas apenas rozan la pared del acantilado mientras controla la velocidad con una precisión que parece imposible desde aquí.
El viento intenta alejarlo de la roca una y otra vez, pero él corrige sin brusquedad, como si hubiera ensayado esa danza cientos de veces. Quizá lo ha hecho.
—Racha lateral —avisa Bruno por la radio.
—Recibido.
Su voz llega limpia. Serena. Tan tranquila que resulta difícil creer que cuelga de un cable a más de cincuenta metros del suelo. Muerdo el extremo del bolígrafo sin darme cuenta.
—No haga eso.
Levanto la vista. Nora ni siquiera aparta los ojos de la pantalla.
—¿Perdón?
—Lo del bolígrafo. Lo rompe siempre la gente nerviosa.
Lo saco de la boca como una adolescente pillada copiando.
—No estoy nerviosa.
—Claro.
En la pantalla, Singh alcanza una pequeña repisa de roca apenas lo bastante ancha para apoyar medio pie.
No se queda ahí. Se impulsa con suavidad hasta otra más baja.
El senderista aparece por fin con claridad.
Un hombre de unos cuarenta años. Inmóvil.
Tiene una pierna atrapada bajo una roca desprendida.
Luca está unos metros más arriba, sujeto también por otra línea.
No puede llegar. Demasiada distancia. Demasiado riesgo de provocar otro desprendimiento.
—Contacto visual con la víctima —informa Singh.
Su voz sigue sin alterarse.
—¿Consciente?
No hay respuesta inmediata. Lo veo inclinarse. Le toca el cuello. Después una mano. Un segundo más tarde vuelve a hablar.
—Respira.
No sé por qué esa única palabra consigue que yo también lo haga. No entiendo de helicópteros. Pero sí entiendo de personas. Y basta ver la cara de Nora para comprender que aquello está muy cerca del límite. No parece asustada. Parece concentrada. Que, viniendo de ella, seguramente sea peor.
—¿Puede hacerlo? —pregunto.
Ella tarda unos segundos en responder.
—Sí.
—Ha dudado.
—Porque la pregunta correcta no es esa.
—¿Cuál es entonces?
—Si existe otra forma.
Mira la pantalla. Niega muy despacio.
—Hoy no.
El silencio vuelve a instalarse en la sala. En el monitor, Singh recibe una bolsa amarilla que Luca consigue acercarle con una pértiga extensible. Trabajan casi sin hablar. No hace falta. Cada uno parece anticipar el movimiento del otro.
—Llevan muchos años juntos —murmuro.
Nora asiente.
—Demasiados.
—Se nota.
—Eso es lo bueno.
—¿Y lo malo?
Por primera vez desde que la conozco, Nora sonríe apenas.
—Que dejan de tener miedo por ellos mismos.
La frase se me queda dando vueltas. Porque entiendo exactamente lo que quiere decir.
No es valentía. Es costumbre. Y la costumbre también mata.
En la pantalla, Singh introduce el cojín neumático bajo la roca.
Lo infla despacio. Muy despacio. La piedra apenas se mueve unos milímetros.
Después otro poco. Y otro. Hasta que consigue liberar la pierna del senderista.
No canta victoria. Antes inmoviliza la fractura.
Revisa la respiración. Coloca el arnés. Solo entonces habla.
—Víctima preparada.
No sé por qué me emociono. No debería. Es un desconocido. Pero verlo trabajar produce una sensación extraña. No parece que quiera demostrar nada. Ni ser un héroe. Solo intenta que un hombre vuelva vivo con su familia. Y esa diferencia... Esa diferencia pesa muchísimo.
En la pantalla, una racha los aparta de la pared. El cuerpo del herido oscila sobre el vacío. La sala entera se tensa hasta que Bruno corrige y los devuelve a la roca.
No me doy cuenta de que he dejado de respirar hasta que Singh vuelve a tocar la pared.
Toda la sala exhala al mismo tiempo. Nora baja un poco los hombros.
Muy poco. Bruno continúa guiando el ascenso.
Luca ya está asegurado más arriba. Todo empieza a encajar otra vez.
Y entonces entiendo algo que no esperaba.
Yo había venido a San Elías buscando una entrevista.
Creía que estaba investigando a un piloto. No.
Estaba intentando comprender una forma de vivir.
Una en la que alguien sale cada mañana sabiendo que quizá tenga que colgar de una cuerda para salvar a un desconocido.
Y aun así vuelve a hacerlo al día siguiente.
El helicóptero desaparece de la pantalla mientras inicia el regreso a la base.
Solo entonces me doy cuenta de que tengo las manos cerradas con tanta fuerza que me he clavado las uñas en la palma. Nora se quita los auriculares.
—¿Ya está? —pregunto.
—Ahora sí.
—¿Siempre es así?
Ella me observa unos segundos.
—No.
—¿No?
—Hay días peores.
No sé si esa respuesta pretende tranquilizarme.
Desde luego no lo consigue. Salgo de la sala unos minutos después, buscando aire.
El viento sigue oliendo a sal. A combustible.
A lluvia. Y, mientras camino hacia la pista para esperar el aterrizaje, descubro que ya no estoy deseando entrevistar a Singh.
Estoy deseando verlo bajar del helicóptero. Y esa diferencia me asusta bastante más de lo que estoy dispuesta a reconocer.