Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Yo me quedo mirando cómo se aleja, enfadada conmigo misma por la forma en que mi cuerpo parece haberse aprendido ya su silueta.

La espalda recta, la seguridad de sus pasos, la manera en que el resto del equipo se mueve hacia él sin esperar instrucciones largas.

No es una pose. Bruno tenía razón: lo molesto es que Singh suele acertar.

Y lo peor es que, cuando el helicóptero empieza a rugir minutos después, no pienso en el reportaje.

No pienso en la chica de la sudadera gris.

No pienso siquiera en el sabotaje del puerto.

Pienso en que el hombre que acaba de sonreírme como si el mundo no estuviera a punto de partirse otra vez va a colgarse de una cuerda sobre un acantilado donde no puede aterrizar.

Y, aunque no tengo ningún derecho a hacerlo, siento miedo.

No mucho. Lo suficiente para odiarlo. La sala de coordinación de la base tiene un ventanal que da a la pista, tres pantallas grandes, dos mapas de la isla y demasiadas radios hablando a la vez. Nora me coloca en una esquina con la misma delicadeza con la que se aparca una caja de herramientas.

—Aquí.

—¿No hay una zona más humillante?

—Sí. Fuera.

Decido no discutir. Estoy aprendiendo. Despacio, pero aprendiendo. El helicóptero despega con una violencia contenida que me hace apoyar una mano en el cristal. No sé por qué lo hago. Tal vez para notar la vibración. Tal vez porque necesito que algo sólido me recuerde que yo sigo en tierra.

En una pantalla, una imagen aérea y temblorosa de la carretera. La carretera de los Cuchillos hace honor al nombre: un trazo estrecho excavado en el acantilado, una línea demasiado fina entre la roca y el vacío. Nora se coloca unos auriculares.

—Alfa uno, aquí base. Viento en zona: treinta y ocho nudos con rachas de cuarenta y cuatro. Visibilidad irregular.

La voz de Bruno responde entre interferencias.

—Recibido, base. Ya lo estamos notando. La isla está de humor.

—La isla siempre está de humor —replica Nora—. No le sigas el juego.

Luego entra la voz de Singh. Más baja. Más firme.

—Tenemos visual del microbús.

La imagen de la pantalla se estabiliza lo justo para verlo.

Un microbús blanco está detenido en mitad de la carretera, con la parte delantera encajada contra la pared de roca y la trasera demasiado cerca del borde.

Varias personas permanecen agrupadas al otro lado, protegidas como pueden bajo un saliente.

Más abajo, en la ladera, dos puntos de color junto a una zona de piedras sueltas.

Los senderistas. Mi garganta se cierra. Nora señala la pantalla.

—Ahí no posa ni de broma.

No parece hablar conmigo. Quizá habla consigo misma.

—¿Van a bajar por cuerda? —pregunto.

—Luca primero. Si el segundo herido está inaccesible, bajará Singh.

—Pero él pilota.

—Hoy Bruno pilota.

—¿Y eso es normal?

Nora me mira de reojo.

—En esta base, «normal» es una palabra optimista.

En la pantalla, el helicóptero se aproxima a la cornisa.

La cámara tiembla por el viento. O quizá tiemblo yo.

No lo sé. Oigo a Bruno cantar altura, distancia, racha lateral.

Luca responde desde la parte trasera. Singh da instrucciones cortas.

Todo suena ordenado. Limpio. Casi sencillo. Pero la imagen dice otra cosa.

El helicóptero se mueve sobre un paisaje imposible. Debajo, una caída de muchos metros, rocas húmedas, vegetación arrancada por el desprendimiento y un mar que parece estar esperando pacientemente a que alguien se equivoque.

—Luca en cuerda —dice Bruno.

Veo una figura descender. Pequeña. Naranja y negra contra el gris de la roca.

El cuerpo me pide cerrar los ojos. No lo hago.

Luca llega hasta el primer senderista, le inmoviliza la pierna y prepara el izado.

El herido sube. Los turistas del microbús son conducidos a una zona segura.

Durante unos minutos, la sala respira al ritmo de la radio mientras tomo notas sin apartar la vista de la pantalla. Y entonces Luca dice:

—Base, tenemos problema. Segundo herido desplazado bajo cornisa. No puedo acceder desde mi posición. Terreno inestable.

La voz de Singh entra al instante.

—Dame visual.

La cámara gira. Veo una mancha roja bajo una roca, en una zona más baja, casi colgando sobre una garganta estrecha. Alguien está allí. No se mueve. Nora se queda muy quieta.

—Singh… —empieza.

Pero él ya ha tomado la decisión. Lo sé antes de oírlo.

—Bruno, mandos tuyos. Mantén estacionario a veinte metros de pared. Bajo yo.

En la sala nadie dice nada. Y ese silencio sí lo entiendo. No es duda. Es miedo contenido por gente que no puede permitirse mostrarlo. Nora cierra los ojos un segundo. Luego los abre.

—Alfa uno, base. Autorizo descenso solo si hay línea limpia.

—No hay línea limpia —responde Singh—. Hay una persona viva.

Me aferro al borde de la mesa. La imagen de la pantalla se mueve.

La cámara cambia. Durante un instante se ve la puerta lateral del helicóptero abierta, el vacío detrás, el viento golpeando el equipo.

Y después aparece Singh. Con casco, arnés, guantes, el cuerpo inclinado hacia fuera y una calma que me parece imposible.

No se ve su cara completa, pero no hace falta.

Lo reconozco en la forma de moverse. En la precisión.

En la manera de comprobar la cuerda antes de confiarle la vida. Mi pulso se acelera.

—Va a bajar —murmuro.

Nora no me mira.

—Sí.

—Pero el viento…

—Lo sabe.

—La cornisa…

—También.

—Entonces ¿por qué…?

La pregunta muere antes de terminar. Porque la respuesta está en la pantalla.

Porque hay alguien ahí abajo. Porque Singh es esa clase de hombre.

El tipo de hombre que baja cuando otros no pueden llegar.

La cuerda se tensa. Bruno dice algo que no entiendo.

Luca responde desde la ladera. Singh se inclina más.

Y salta al vacío. El mundo contiene la respiración. No es una impresión. Es real.

En la sala de coordinación nadie habla. Las radios siguen crepitando, los indicadores continúan cambiando de color y el viento golpea los micrófonos con un silbido constante, pero las personas dejan de hacer cualquier ruido que no sea imprescindible.

Todos miran la misma pantalla. Todos siguen el mismo punto suspendido en el vacío.

Singh desciende por la cuerda con una naturalidad insultante. No lucha contra ella.