Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 7
29%

Capítulo 7

Descenso

Vera

H ay una clase de ruido que se queda dentro del cuerpo incluso cuando ya ha terminado.

El del puerto todavía me vibra bajo las costillas.

Metal rompiéndose. Gritos. La segunda detonación golpeando el aire justo encima de mi cabeza.

La mano de Singh cerrándose alrededor de mi brazo con una firmeza que no me hizo daño, pero que me recordó algo importante: a veces la diferencia entre vivir y no hacerlo cabe en un segundo y en la rapidez de otra persona.

Sigo en el muelle, apartada junto a una pila de redes, con olor a humo en el pelo y la chaqueta llena de gotitas negras.

No sé si es lluvia, ceniza o una mezcla de las dos.

Tampoco sé cuánto tiempo ha pasado desde que Singh me dijo aquello de no discutir en tres idiomas.

Diez minutos. Veinte. Una vida entera, si contamos en sobresaltos.

Nora coordina el caos con una tableta en una mano y una radio en la otra.

No grita. Ni siquiera levanta demasiado la voz.

Da órdenes secas, precisas, que todo el mundo obedece sin hacer preguntas.

Los sanitarios atienden al marinero que salió despedido junto al barco.

Luca revisa el compartimento del motor con dos bomberos.

Bruno habla con un agente de policía local que parece muy incómodo por estar allí, como si el sabotaje hubiera tenido la mala educación de ocurrir antes de que acabara su café.

Y Singh… Singh está en todas partes. No invade.

No se impone. Se mueve entre la gente como si conociera el peso exacto de cada minuto y el lugar preciso donde tiene que colocar el cuerpo para que el resto respire mejor.

Un gesto al sanitario. Dos palabras al marinero herido, que deja de forcejear en cuanto lo oye.

Una mirada hacia el combustible derramado.

Una pregunta a Nora. Un silencio que parece respuesta.

Yo debería estar tomando notas. De hecho, las tomo.

Pero hay momentos en los que la periodista se me queda un paso por detrás de la mujer.

Y la mujer está mirando a Singh. Lo cual es un problema.

Un problema atlético, empapado y exasperante que acaba de salvarme de una lluvia de metralla y ahora actúa como si nada.

—Tiene una forma muy intensa de hacer entrevistas.

La voz de Bruno me saca de mi concentración. Lo encuentro a mi lado, con un casco bajo el brazo y una mancha de grasa en la mejilla. Es más alto de lo que parecía dentro del helicóptero, ancho de hombros, pelo claro, sonrisa fácil. De los que parecen bromear por instinto, no por estrategia.

—Yo no he saboteado el barco —respondo.

—Eso dicen todos los periodistas.

—¿Conoce muchos?

—Los suficientes para saber que, cuando aparece uno, algo acaba ardiendo.

Miro hacia el barco.

—Eso no ha sido culpa mía.

—No. Pero Singh parecía muy convencido de que usted estaría en medio cuando pasara.

—Singh parece convencido de muchas cosas.

Bruno sonríe.

—Y suele acertar. Es lo molesto.

No pregunto nada. No debería. Pero Bruno mira hacia su compañero con una naturalidad que no tiene nada de idolatría. Es confianza pura, de la que se construye cuando dependes de alguien para volver a casa.

—¿Siempre es así? —se me escapa.

—¿Mandón, seco y con tendencia a aparecer antes de que la gente admita que lo necesita?

—Iba a decir eficiente, pero me gusta más su versión.

—Entonces sí.

Vuelvo a mirar a Singh. Está agachado junto a una cuerda quemada que los bomberos han sacado del barco.

La examina con cuidado, sin tocarla demasiado, hablando con Nora.

El viento le mueve el pelo húmedo sobre la frente.

Tiene la manga de la camiseta manchada de hollín y un corte pequeño en el pómulo, quizá de un fragmento o de cualquier otra cosa que no se ha molestado en mencionar.

—¿Y también se deja cuidar alguna vez?

La pregunta sale más baja de lo que pretendía. Bruno me mira de reojo. Su sonrisa cambia. Se vuelve menos burlona.

—No si puede evitarlo.

—Qué sorpresa.

—Aunque últimamente parece distraído.

Me giro hacia él demasiado rápido.

—¿Distraído?

—No se preocupe, no cuando pilota.

—No estaba preocupada.

—Claro.

—No lo estaba.

Su tono es tan amable que me dan ganas de pisarle un pie.

—¿Siempre se mete donde no le llaman? —pregunto.

—Trabajo con Singh. Si no me metiera donde no me llaman, no hablaría nunca.

Antes de que pueda responder, una radio crepita en el hombro de Nora. La veo detenerse a mitad de una frase. Singh también se queda quieto.

El puerto parece percibirlo a la vez que yo. No porque todos callen, sino porque algo en el ritmo cambia, como cuando una habitación llena de gente nota que acaba de entrar alguien con malas noticias. Nora escucha. Su cara no se mueve. Luego levanta la vista hacia Singh.

—Carretera de los Cuchillos. Mirador norte. Desprendimiento.

Bruno suelta una palabrota suave. Singh se endereza.

—¿Vehículos?

—Un microbús turístico atrapado en la parte alta y dos senderistas en la ladera. Uno consciente, el otro sin respuesta. Acceso por tierra cortado. Viento fuerte en la cornisa.

El aire se me enfría en los pulmones. Carretera de los Cuchillos.

He visto ese nombre en el mapa de la base.

Una línea roja pegada a la costa norte, justo donde los acantilados parecen cortados con una herramienta demasiado limpia.

Ayer el chófer del aeropuerto dijo que la zona norte era donde el viento pegaba de verdad.

—¿Helicóptero? —pregunta Singh.

—Única opción rápida —responde Nora—. Pero no vas a poder posar.

Luca aparece detrás de Singh.

—Entonces bajamos.

Lo dice con una tranquilidad casi alegre. A mí se me seca la boca. Singh mira el cielo. Luego el mar. Después a Nora.

—Equipo Alfa. Bruno conmigo. Luca desciende primero. Yo bajo después si la ladera no permite extracción limpia.

—No —dice Nora.

La palabra no suena a desacuerdo. Suena a protocolo. Singh ni parpadea.

—Sí.

—Eres piloto.

—Y rescatador.

—Y necesitamos el helicóptero estable.

—Bruno puede mantenerlo.

Bruno levanta las manos.

—Gracias por la fe ciega. Siempre quise que mi autoestima dependiera de una cornisa con viento lateral.

Singh le dedica una mirada breve.

—Puedes hacerlo.

La broma muere sola. Bruno asiente.

—Puedo hacerlo.

No hay épica en esa respuesta. Solo confianza. Y esa confianza me aprieta algo por dentro. Nora mira a Singh unos segundos. No sé qué pesa entre ellos: experiencia, discusiones anteriores, miedo práctico. Al final, señala hacia la base.

—Cinco minutos. Y si el viento sube, abortas.

—Si el viento sube, improviso.

—Singh.

—Aborto —concede él— si no hay otra opción.

—Siempre hay otra opción hasta que tú decides que no.

—Por eso me pagas tan poco.

—No te pago yo.

—Entonces habla con quien lo haga.

Nora resopla, pero ya se está moviendo. Todo sucede de golpe.

El puerto deja de ser escenario del sabotaje y se convierte en plataforma de salida.

Luca corre hacia una furgoneta. Bruno se coloca el casco mientras habla por radio.

Los sanitarios cargan material adicional.

Singh cruza el muelle hacia el hangar con pasos rápidos y controlados.

Yo doy uno detrás de él. No lo pienso. Error habitual.

—Vera.

Me detengo. No sé cómo ha sabido que iba a seguirlo si ni siquiera se ha girado del todo.

—No he dicho nada.

—Ha respirado como si fuera a discutir.

—Eso es ofensivamente específico.

Se vuelve hacia mí. Está a dos metros, con el puerto destrozado detrás y una nueva emergencia delante. Hay hollín en su mandíbula y lluvia en las pestañas. Su mirada baja un segundo hacia mi chaqueta sucia, mis manos, mi cámara. Evalúa. Siempre evalúa.

—No puede venir.

—No he preguntado.

—Bien.

—Pero voy a preguntar.

—No.

—Necesito documentar el rescate.

—Necesita mantenerse lejos de un acantilado con desprendimientos.

—Puedo ir con el equipo de tierra. Sin molestar —insisto.

—El acceso está cortado.

—Entonces a la base.

—Puede ir a la base.

—¿Y verlo desde allí?

—Desde coordinación. Con Nora. Sin cruzar líneas amarillas.

—No me gustan las opciones seguras.

—Eso ya lo sabemos todos en el puerto.

Su voz tiene esa ironía seca que me descoloca, pero esta vez hay algo más debajo. Prisa. Tensión. Una sombra de preocupación que intenta tapar con humor porque no tiene tiempo para otra cosa.

—Singh —digo, bajando la voz—. Si hay una relación entre lo del puerto y lo que pasó con la chica, necesito estar cerca.

—Esto es un rescate, no una pista.

—Ayer un traslado tampoco era una pista hasta que lo fue.

Sus ojos cambian apenas. He dado en el sitio exacto.

—Coordinación —repite—. Es lo más cerca que va a estar.

—¿Eso es una orden?

—Es un trato.

—Qué generoso.

—Es lo que hay.

Pasa junto a mí para dirigirse al hangar, pero se detiene al llegar a mi altura. No me toca. Casi lo hace; lo noto en la tensión mínima de su mano, en la forma en que sus dedos se flexionan antes de cerrarse. Ese gesto no realizado me altera más que un roce.

—Y, Vera…

Su voz, tan cerca, me obliga a mirar hacia arriba.

—¿Sí?

—Si Nora le dice que se aparte, se aparta. Si Bruno le dice que se calle por radio, se calla. Si oye una alarma, no busca el mejor ángulo. Se queda donde le digan.

—¿Algo más?

—Sí.

La comisura de su boca se mueve muy poco.

—Si alguien grita «agáchate», pruebe a no abrir debate.

No quiero sonreír. No con el puerto lleno de humo y una emergencia en marcha. Pero lo hago. Un poco.

—Solo si lo gritan en un idioma.

—Estoy dispuesto a negociar eso.

Durante un segundo, la tensión cambia de forma.

No desaparece el peligro. No desaparece la urgencia.

Pero entre ambos se abre un espacio pequeño, absurdo, cargado de algo que no debería estar allí y que aun así se empeña en respirar.

Singh lo rompe primero. Como siempre. Se aparta y echa a andar hacia el hangar.