Capítulo 6
Como en las películas
Vera
E l puerto huele a sal, gasóleo y pescado recién descargado.
Camino despacio entre los almacenes con la cámara colgada al cuello y la libreta en la mano, intentando parecer una turista curiosa en lugar de una periodista convencida de que alguien está utilizando esta isla para hacer desaparecer personas.
No voy siguiendo a nadie. Hoy no. He aprendido la lección. Bueno... casi. Para qué voy a mentirme...
Después de la conversación con Singh, he decidido empezar por algo mucho más sencillo: hablar con pescadores, mecánicos y trabajadores del puerto. La gente que lleva media vida viendo barcos suele fijarse en cosas que nadie más mira.
El primer hombre con el que hablo apenas levanta la vista de las redes.
—¿Refugio norte?
Niega con la cabeza.
—No voy por allí.
—¿Nunca?
—No hace falta.
—¿Quién trabaja allí?
—Los que trabajan allí.
Muy útil. El segundo directamente cambia de tema. El tercero finge recibir una llamada. Y el cuarto me pregunta de qué periódico soy antes de darse media vuelta. Empiezo a pensar que Mara tenía razón.
Aquí la gente no habla. O habla demasiado cuando no debe. Estoy guardando la libreta cuando veo un movimiento al fondo del muelle. Un camión frigorífico acaba de detenerse junto a unos contenedores. No lleva ningún logotipo.
Dos hombres descargan unas cajas. Nada extraño. Hasta que una de ellas cae al suelo. El ruido es hueco. Demasiado hueco para llevar pescado. Uno de los hombres maldice. El otro mira alrededor con demasiada rapidez. Mi instinto se despierta.
Levanto la cámara. No para sacar una foto, tan solo para acercar el zoom. Uno de ellos vuelve a colocar la caja sobre la plataforma. Durante un segundo veo una etiqueta arrancada. Y un símbolo negro pintado encima. No llego a distinguirlo.
—Vaya...
Una voz conocida suena a mi espalda.
—Empiezo a pensar que tiene un talento especial para aparecer donde no debería.
No necesito girarme.
—Buenos días, Singh.
—Depende.
—¿Del tiempo?
—De usted.
Sonrío sin querer. Me vuelvo. Hoy lleva el mono de vuelo abierto hasta la cintura y una camiseta gris debajo. Tiene una carpeta doblada bajo el brazo y una taza de café en la mano. Parece increíblemente tranquilo. Eso me irrita un poco.
—No me estaba escondiendo.
—Eso salta a la vista.
—Solo observaba.
—Con una cámara apuntando directamente al muelle.
—Es una herramienta de trabajo.
—La mía también es un helicóptero y procuro no aparcarlo donde molesta.
—Qué exagerado.
—Todavía no.
Se coloca a mi lado. No delante. No intenta impedirme mirar. Simplemente observa en la misma dirección. Eso me llama la atención.
—¿Los conoce? A los del camión.
—No.
—¿Entonces?
—Estoy intentando averiguar por qué usted los está mirando —dice.
—Porque esconden algo.
—Eso es una conclusión muy rápida.
—Soy periodista.
—Lo había olvidado.
—Mentiroso.
—Un poco.
Su tono es tan tranquilo que casi olvido el enfado del día anterior.
—¿Sigue creyendo que debo esperar veinticuatro horas?
—Sí.
—Quedan dieciocho.
—Las cuento.
—Qué considerado.
—No lo hago por usted.
—Eso me ha dolido. Un poco.
—Estoy trabajando en ello.
Me río. Maldita sea. Cada vez que intento enfadarme con él, encuentra la manera de desmontar la situación sin ridiculizarme. El camión arranca despacio. Uno de los hombres sube a la cabina. El otro cierra la puerta trasera. Algo no encaja. No sé qué, aunque Singh también lo nota.
Lo sé porque deja de hablar. Su cuerpo cambia. No de postura. De energía. El humor desaparece. Los hombros se le tensan. Los ojos recorren el muelle. Después miran hacia un barco pesquero atracado unos metros más allá.
—¿Qué pasa?
No responde. Sigue mirando. Hay un marinero agachado junto al motor. Otro desenreda una maroma. Una mujer carga cajas de hielo. Todo parece normal. Entonces veo al chico. No tendrá más de dieciséis años. Camina demasiado deprisa. Lleva una mochila negra. No mira a nadie. Solo al barco.
—Singh...
Él ya se mueve. Deja el café sobre un bolardo sin apartar la vista del muchacho. Habla por el micrófono que lleva en el hombro.
—Base, aquí Singh.
Silencio.
—Necesito a Nora en el muelle tres. Ahora.
Mi piel se eriza. El chico sube al barco. Desaparece. Pasan tres segundos. Cuatro. Cinco. La primera explosión no suena como en las películas. No hay una bola de fuego.
Ni un estruendo que haga temblar la isla. Solo un golpe seco. Metálico. Violento. Y después, un silencio tan breve que el cerebro tarda un instante en comprender que algo acaba de romperse.
Y entonces... todo te golpea de repente. Con una fuerza comparable a la de un mar embravecido.
No ha sido una explosión enorme. Más bien un estallido contenido que revienta la tapa del compartimento del motor. Metal. Humo. Un marinero sale despedido hacia atrás. Los gritos llenan el puerto. Todo ocurre a la vez.
La mujer cae al suelo. Las cajas de hielo revientan. El chico de la mochila vuelve a aparecer corriendo por la pasarela.
—¡Quieto! —grita alguien.
Nadie consigue alcanzarlo. Yo doy un paso. Solo uno. El instinto me empuja hacia el barco. Hay heridos. Hay gente sangrando. Hay que ayudar. Pero Singh me ve moverme. Y lo entiende antes incluso que yo.
—¡Vera!
Lo miro. Él señala el barco. No. No señala el barco. Es el depósito de combustible situado justo detrás. Sigue saliendo humo. Demasiado. Y lo comprendo, demasiado tarde.
—¡Agáchate!
Mi cerebro entiende la palabra. Mis piernas no.
—¿Qué...?
—¡Ahora!
En lugar de obedecer, doy otro paso.
—Hay gente dentro...
Singh recorre los pocos metros que nos separan en una carrera. No me empuja. No me arrastra. Me agarra por el brazo y me obliga a bajar justo cuando una segunda detonación hace saltar una lluvia de fragmentos metálicos por encima de nuestras cabezas.
Algo golpea el suelo donde yo estaba un segundo antes.
El ruido me deja los oídos zumbando. Permanezco agachada.
Respirando demasiado deprisa. Con la mano de Singh todavía sujetándome el antebrazo.
Durante un instante nadie dice nada. Solo se oyen sirenas.
Gritos. Y el crepitar del humo. Él suelta aire despacio. Luego me mira. Muy serio.
—Cuando te diga «agáchate»...
Hace una pausa. Comprueba que estoy entera. Solo entonces termina la frase.
—...no significa «discute conmigo en tres idiomas».
Lo miro. Todavía tengo el corazón desbocado.
—Solo discuto en uno.
—Había empezado a traducir.
No sé si reírme o darle un puñetazo. Elijo respirar.
—Había heridos.
—Y ahora habría uno más.
—Podía ayudar.
—Lo hará.
—¿Entonces por qué...?
—Porque un rescatador muerto rescata muy poco.
Parpadeo.
—Yo no soy rescatadora.
—No.
Su voz baja un poco.
—Pero tampoco pienso dejar que se convierta en víctima por intentar serlo.
Las palabras me golpean con más fuerza que la explosión. Porque no suenan posesivas. No intenta encerrarme. Ni apartarme. Solo ha calculado el riesgo antes que yo. Y eso me fastidia. Muchísimo. Nora llega corriendo con dos sanitarios.
—¿Qué tenemos?
—Sabotaje.
Singh ya vuelve a ser el piloto. El profesional. El hombre que deja a un lado cualquier conversación porque hay personas que necesitan ayuda.
—Dos heridos visibles. Uno posible dentro del barco. Riesgo de incendio secundario. Cortad combustible. Avisad a bomberos.
Luca aparece por el otro lado del muelle. Bruno detrás. Todo el equipo empieza a moverse con una precisión casi perfecta. Yo permanezco un segundo inmóvil. Observándolos.
Comprendiendo por primera vez por qué todo el mundo confía tanto en Singh.
No porque sea el que manda. Ni siquiera porque sea el mejor piloto. Confían porque, cuando todo explota, él ya está pensando en el siguiente problema antes de que aparezca. Un sanitario pasa junto a mí.
—¿Está bien?
Asiento. No estoy segura de que sea verdad. Porque, mientras veo a Singh correr hacia el barco envuelto en humo sin pensárselo dos veces, una idea absurda me atraviesa el pecho. Hace apenas una hora discutíamos.
Y ahora... Ahora solo puedo pensar una cosa. Por favor. Que vuelva.