Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

No sonrío. Me niego. Singh abre una carpeta sobre la mesa.

No es la misma de anoche, o eso creo. Esta es azul, con el logo de la unidad.

Dentro hay hojas impresas, algunas con nombres cubiertos por franjas negras.

Redactadas. Preparadas para que vea lo suficiente y no demasiado.

Me cabrea. También me parece razonable. Otra cosa que me cabrea.

—Esto es una lista parcial de evacuados del temporal —dice—. Familias trasladadas desde el albergue sur y el centro comunitario. Nombres ocultos, edades visibles, destino provisional visible.

—¿Y el refugio norte?

—No debería haber entrado en el traslado de ayer.

—Pero entró.

—Sí.

—¿Por qué?

—Eso estoy intentando averiguar.

—¿Quién autorizó el cambio? —pregunto.

—En el sistema figura como autorización municipal.

—¿Y en la realidad?

—En la realidad, alguien usó una clave que no debía tener.

Lo miro.

—¿Alguien dentro?

—Alguien con acceso.

—Eso no responde.

—Responde todo lo que puedo responder ahora.

Me inclino sobre la mesa. Hay columnas de edad, origen, estado médico, destino. Algunos datos tachados. En la parte inferior de una hoja, veo tres registros marcados con un asterisco. No hay nombres. Pero sí una nota: traslado secundario. Mi garganta se seca.

—¿Traslado secundario significa helicóptero dos?

Singh no responde enseguida. Eso ya es una respuesta.

—Puede significar muchas cosas.

—No me haga eso.

—¿Qué?

—Hablarme como si fuera tonta.

Sus ojos se endurecen apenas.

—Nunca la he tomado por tonta.

—Entonces no me dé una respuesta para tontos.

Durante un segundo, creo que va a enfadarse. En cambio, apoya las manos en la mesa y baja la voz.

—Traslado secundario significa que una persona no va al destino inicial previsto. Puede ser por estado médico, por seguridad, por reunificación familiar o por cambios logísticos.

—¿Y ayer?

—Ayer no había razón médica registrada.

—¿Seguridad?

—No consta.

—¿Reunificación familiar?

—No consta.

—¿Cambio logístico?

—Tampoco.

El aire se vuelve más denso.

—Entonces alguien cambió el destino de esa chica sin justificarlo.

—Alguien intentó hacerlo.

—¿Intentó?

—Después de lo que dijo, detuve el traslado.

Me quedo inmóvil.

—¿Dónde está?

—En un lugar seguro.

—¿Qué lugar?

—No puedo decírselo.

—Singh.

—No.

La palabra sale limpia, cortante. Y ahí está. La primera grieta entre nosotros. Por la verdad que yo necesito y la prudencia que él está dispuesto a imponer.

—Esa chica me pidió ayuda a mí —digo.

—Y yo hice que no la subieran al helicóptero.

—Eso no le da derecho a borrarla de mi vista.

—No la he borrado.

—Entonces dígame dónde está.

—No.

—Necesito hablar con ella.

—No.

—Puede ser una víctima.

—Precisamente —responde.

—Puede contarme qué está pasando.

—Y usted puede publicarlo antes de tiempo y conseguir que quien la busca sepa que está viva, localizable y hablando.

Me callo. No porque me convenza. Porque la posibilidad es plausible. Singh lo ve. No la aprovecha. No se recrea. Solo espera. Eso me molesta más que si lo hiciera.

—No soy una irresponsable —digo.

—Lo sé.

—No publico sin proteger mis fuentes.

—No he dicho eso.

—Lo está insinuando.

—Estoy diciendo que esto no es un reportaje todavía. Es una situación activa.

—¿Activa? Qué palabra más cómoda.

—Es la palabra correcta.

—No. Es la palabra que usa la gente que quiere decidir cuándo los demás tienen derecho a saber.

Su expresión cambia. Muy poco. Lo justo.

—¿Eso cree que estoy haciendo?

—No sé qué está haciendo. Ese es el problema.

—Estoy intentando mantener con vida a una chica que le pidió ayuda.

—Y yo intento que no desaparezca dentro de una carpeta con franjas negras.

El silencio se extiende entre nosotros. No hay humor ahora. No hay tensión bonita. Hay dos formas de mirar el mismo incendio y ninguna es del todo segura.

Singh se aparta de la mesa y mira hacia el ventanal. Fuera, Nora da instrucciones junto a una furgoneta. Luca carga mantas. Todo sigue funcionando con esa precisión que de pronto me parece sospechosa, aunque quizá solo sea miedo.

—He visto periodistas hacer bien su trabajo —dice al fin—. También he visto titulares matar gente.

—Yo he visto hombres con uniforme usar la palabra seguridad para tapar crímenes.

Sus ojos vuelven a mí. Ahí está el golpe. Esta vez sí lo he dado queriendo. Y no me siento orgullosa. Pero tampoco retiro la frase.

—No llevo uniforme —dice.

—Pero sabe obedecer como si lo llevara.

—Y usted sabe disparar como si llevara un arma.

—Uso palabras.

—Lo sé.

No hay desprecio en su tono. Casi al contrario. Como si entendiera mejor que nadie el daño que puede hacer una palabra bien colocada. Eso no suaviza la discusión. La vuelve más difícil.

—Deme veinticuatro horas —dice.

—¿Para qué?

—Para confirmar quién modificó el traslado. Para saber si el refugio norte está comprometido. Para asegurarme de que la chica siga protegida.

—¿Y después?

—Después hablaremos.

—No me basta.

—Es lo que tengo.

—No trabajo así.

—Aquí sí.

Levanto la barbilla.

—¿Perdón?

—Aquí sí, Vera. Porque si publica, llama a su editora, manda un avance o convierte esa frase en una bandera antes de que sepamos quién está mirando, puede que mañana no haya nadie a quien entrevistar.

Mi móvil, en el bolsillo, parece pesar de pronto el doble. Claudia. La llamada sin contestar. El mensaje pendiente. Mi primera reacción es defenderme. La segunda, enfadarme. La tercera, mucho más incómoda, es preguntarme si tiene razón. Odio la tercera.

—No ha leído nada mío —digo.

—Leí anoche.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Tres artículos. Siria, Melilla y el hospital de Odesa.

Eso me descoloca más de lo que debería.

—¿Ha investigado sobre mí?

—Usted se subió a un palé para investigarme a mí. Me pareció justo.

—Yo lo hice por trabajo.

—Yo también.

—¿Y?

—Y no creo que sea imprudente. Creo que es peligrosa porque no se rinde cuando cree que alguien miente.

No sé qué hacer con eso. Con la frase. Con la forma en que la dice. Con el hecho de que, en mitad de una discusión, haya leído mis artículos en lugar de limitarse a decidir que soy un estorbo.

—Eso no suena a crítica —murmuro.

—No lo era.

La tensión cambia. No desaparece. Solo se mueve de sitio. Durante un instante, vuelvo a sentir la chaqueta sobre mis hombros, el roce de sus dedos al devolverme el móvil, su voz diciendo por favor bajo la lluvia. Me obligo a recordar la carpeta. Los listados. La chica.

—Veinticuatro horas —digo.

Sus hombros bajan apenas.

—Gracias.

—No he terminado.

—No me sorprende.

—No publico en veinticuatro horas. No llamo a mi editora con detalles. No doy nombres. Pero usted me mantiene informada.

—Dentro de lo posible.

—No. Esa frase no.

—Vera…

—No me dé migajas y me pida confianza. Si quiere prudencia, deme algo a cambio.

Singh me mira un largo segundo. Luego asiente.

—Está bien.

—Y quiero ver a la chica.

—No.

—Singh.

—Eso no es negociable.

—Todo es negociable.

—No su seguridad.

—¿La suya o la mía?

—La de ella.

La respuesta me frena. Porque es la correcta. ¡Maldita sea! Asiento despacio.

—Veinticuatro horas —repito—. Pero si mañana a esta hora no tengo nada más, haré mi trabajo.

—Lo sé.

—Y no me pida perdón si llega ese momento.

—No pensaba hacerlo.

—Qué amable.

—Estoy trabajando en ello.

La sonrisa amenaza con escaparse. Esta vez consigo contenerla. Más o menos. La puerta se abre y Nora asoma la cabeza.

—Singh, te necesitan en comunicaciones.

Luego me ve a mí, ve la carpeta sobre la mesa y su expresión se vuelve todavía más seca, lo cual no sabía que fuera posible.

—¿Interrumpo?

—Sí —decimos los dos a la vez.

Nora nos mira.

—Qué bonito. Coordinados en mala educación.

Me cae bien. Confirmado. Singh cierra la carpeta.

—Voy.

Antes de salir, se detiene junto a mí. No me toca. No hace falta. Baja la voz lo justo para que Nora no oiga.

—No salga sola.

—Ayer me acompañó y aun así acabé en líos.

—Ayer la acompañé después de encontrarla en los líos.

—Matiz importante.

—Mucho.

—¿Eso es otra orden?

—No. Es otra recomendación que va a ignorar.

—Me alegra que empiece a conocerme.

Sus ojos se quedan en los míos un segundo.

—Ese es el problema.

Y se marcha. No sé si la frase iba dirigida a mí, a él o a esa cosa incómoda que empieza a abrirse entre los dos cada vez que discutimos. Recojo mis cosas despacio. Nora sigue en la puerta.

—¿Va a darme también una advertencia? —pregunto.

—No.

—Qué alivio.

—Las advertencias funcionan con gente sensata.

—Me están conociendo todos demasiado rápido.

Nora mira hacia el pasillo por donde se ha ido Singh.

—Él no suele enseñar carpetas.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—Debería hacerle pensar por qué lo ha hecho.

No espero a que diga más porque no lo hace.

Salgo de la sala con la libreta apretada contra el pecho y el móvil en el bolsillo, sin llamar a Claudia, sin publicar nada, sin tener una sola certeza que pueda usar.

Solo veinticuatro horas. Una chica escondida en algún lugar.

Un listado con nombres tachados. Y un hombre que me pide prudencia como si la verdad fuera una bomba que puede estallar en las manos equivocadas.

Al cruzar el patio, el viento me golpea la cara. Esta vez no me parece una advertencia.

Me parece una cuenta atrás.