Capítulo 5
La primera grieta
Vera
L a chaqueta de Singh está colgada en el respaldo de la silla como una prueba que no sé dónde clasificar.
No es mía. No debería estar en mi habitación.
No debería oler a lluvia, a metal y a ese tipo de calma que no se compra en ningún sitio porque se aprende sobreviviendo a cosas que no se cuentan en entrevistas.
Y, desde luego, no debería haber dormido con ella a medio metro de mi cama como si fuera una amenaza, un salvavidas o una estúpida manta de seguridad.
Pero ahí está. Y yo también. Sentada frente al portátil desde las seis de la mañana, con el pelo recogido de cualquier manera, los ojos ardiéndome por la falta de sueño y el vídeo del hangar abierto en la pantalla. Lo he visto diecisiete veces.
Dieciocho, si cuento la primera, la que vi anoche con la chaqueta resbalándome de los hombros y el corazón en la garganta.
La imagen sigue siendo mala. Horrible, en realidad.
Temblorosa, granulada, tomada desde un ángulo absurdo por una mujer subida a un palé mojado que quizá debería cuestionar algunas de sus decisiones vitales.
Pero hay un segundo. Uno. Suficiente. Destino asignado: Helicóptero 2.
Tres registros marcados en amarillo. No veo nombres. No veo fechas completas. Apenas distingo una parte de la cabecera y la columna de destino. A cualquier editor le parecería poco. A cualquier abogado, nada. A mí me parece una grieta.
Y las grietas son importantes. Las paredes no caen de golpe. Primero se abren.
Rebobino otra vez, congelo la imagen y hago una captura. Luego otra. Aumento el contraste. Subo la nitidez. El resultado es una mancha de píxeles con vocación de amenaza.
—Maravilloso —murmuro—. Pulitzer para la idiota del zoom.
Mi móvil vibra sobre la mesa. Claudia. No contesto.
Todavía no. No hasta saber qué tengo entre manos.
Porque conozco a mi editora. Si le digo que hay una chica asustada, un listado dudoso y un piloto de rescate que me quita el móvil en un hangar, hará lo que hace siempre: pedirme prudencia mientras me abre espacio en portada.
Y no estoy segura de querer darle esta historia a nadie todavía.
Ni siquiera a mí. Llaman a la puerta. Me quedo quieta.
Si es Mara con el desayuno, tendré que esconder las capturas.
Si es Singh, tendré que fingir que no he pasado media noche analizando un vídeo que él me pidió borrar.
Si es cualquier otra persona, quizá San Elías ha decidido que hoy también va a hablarme como si conociera todos mis pecados.
—¿Quién es?
—La mujer que te va a decir que tienes mala cara.
Mara. Respiro, cierro el portátil y abro. La dueña de la pensión entra con una bandeja, como si hubiera nacido atravesando habitaciones ajenas con comida en la mano y opiniones en la boca.
—Café. Pan. Mantequilla. Y algo de dignidad, si todavía te queda sitio.
—Buenos días, Mara.
—Eso habrá que verlo.
Deja la bandeja sobre el escritorio, mira la chaqueta de Singh colgada en la silla y luego me mira a mí. No dice nada. Es muchísimo peor.
—No —digo.
—No he preguntado.
—Lo estaba pensando.
—Yo pienso muchas cosas.
—Pues deje de pensar esa.
Mara se acerca a la chaqueta, toca el tejido mojado ya seco y arquea una ceja.
—Huele a problemas.
—Es ropa técnica.
—Peor.
Cojo la taza de café y bebo para no responder. Está fuerte, amargo y caliente. Exactamente lo que necesito.
—¿Conoce el refugio norte? —pregunto.
Su expresión cambia apenas. Muy poco. Lo suficiente para que mi cuerpo se despierte más que con el café.
—¿Por qué?
—Curiosidad profesional.
—La curiosidad profesional suele tener peor final que la personal.
—Eso no es una respuesta.
—No era una pregunta inocente.
Me apoyo en el escritorio.
—Ayer llegó un grupo del refugio norte a la base. Cambio de última hora. Había una chica joven, sudadera gris, muy asustada.
Mara mira hacia la ventana. El puerto empieza a moverse bajo la luz gris de la mañana. Barcos, voces, lluvia fina otra vez.
—Aquí hay mucha gente asustada.
—Esta me pidió ayuda.
Vuelve a mirarme. Ya no parece la mujer que deja bandejas de desayuno y frases afiladas. Parece alguien que ha oído una puerta abrirse en una casa donde nadie debería entrar.
—¿Qué te dijo?
No contesto enseguida. Porque este es el problema de investigar en lugares pequeños: nunca sabes si estás hablando con una fuente, con una aliada o con alguien que, sin querer, llevará tu pregunta al oído equivocado. Mara espera. No insiste. Eso me decide.
—Que no dejara que la subieran al segundo helicóptero.
La frase cae entre nosotras con todo su peso. Mara no pregunta qué segundo helicóptero. No dice que será un malentendido. No me mira como si estuviera exagerando. Solo se queda muy quieta.
—No salgas sola esta noche —dice.
—Eso ya me lo dijo ayer.
—Hoy te lo digo con más ímpetu.
—Mara…
—Y no preguntes en el puerto por el refugio norte.
—¿Por qué?
—Porque en el puerto todo el mundo oye, incluso los que parecen sordos.
—¿Y quién debería oírme?
—Nadie. Todavía.
Ese todavía me interesa más que cualquier respuesta larga.
—¿Sabes algo?
—Sé que la isla guarda lo que no quiere enseñar.
—Eso es muy poético, pero poco útil.
—La utilidad mata más rápido que la poesía.
—Mara.
Suspira como si yo fuera una niña empeñada en meter los dedos en un enchufe.
—El refugio norte no es un refugio como los demás. Antes era un almacén de conservas. Luego lo cerraron. Después lo abrieron para emergencias. En los papeles sirve para alojar desplazados cuando los temporales dejan sin casa a media costa.
—¿Y fuera de los papeles?
—Fuera de los papeles, la gente de allí pasa poco por el pueblo.
—¿Quién lo gestiona?
Mara se encoge de hombros.
—Depende de a quién preguntes.
—Me estoy cansando de esa frase.
—Entonces la isla te está educando.
Dejo la taza sobre la mesa.
—¿Singh lo sabe?
La pregunta sale antes de que pueda envolverla en algo más profesional. Mara no se pierde el detalle.
—Singh sabe muchas cosas.
—No he preguntado eso.
—Tú tampoco has querido preguntar lo que de verdad querías.
—¿Y qué quería preguntar?
—Si puedes confiar en él.
El silencio que sigue me molesta porque no lo niego lo bastante rápido.
—No confío en nadie que me confisque el móvil.
—Pues mal empiezas. Ese hombre confiscaría hasta el viento si creyera que vas a meterte donde no debes.
—Qué tranquilidad.
—No he dicho que sea tranquilo. He dicho que es de fiar.
—¿Por qué?
Mara recoge la bandeja vacía de la noche anterior. Tarda tanto en responder que creo que no va a hacerlo.
—Porque los hombres que han hecho mucho daño no siempre aprenden a salvar. Algunos solo aprenden a hacerlo mejor. Singh aprendió otra cosa.
La frase me golpea con una suavidad inesperada.
—¿Lo conoce bien?
—Lo bastante para no tener que hablar de él.
Y se va. Sin más. Dejándome con café, una chaqueta ajena y más preguntas de las que tenía antes. A las siete menos diez estoy frente a la base.
La chaqueta de Singh pesa sobre mi brazo.
Me he pasado todo el camino diciéndome que no debería devolvérsela doblada, porque eso parece demasiado íntimo, ni arrugada, porque no soy una salvaje.
Al final la llevo como he podido, con la absurda conciencia de que devolver una prenda no debería parecer una escena.
La base está despierta. Nora coordina junto a la entrada, con una tableta en la mano y la expresión de quien ya ha discutido con tres personas antes de desayunar.
Luca carga cajas en una furgoneta. Bruno habla por radio.
El helicóptero principal permanece en pista, cubierto de gotas, con las palas inmóviles. No veo a Singh. Por supuesto.
—Buenos días —saludo a Nora.
Ella levanta la vista.
—¿Usted siempre llega antes de que la llamen?
—Solo cuando me invitan.
—Singh la espera en coordinación —. Me mira dos segundos. Luego señala la puerta—. No se salga del camino marcado.
—Empiezo a sentir que las líneas amarillas de esta isla son un viaje a Oz.
—Lo son si tengo que rellenar un informe porque alguien las cruza.
—Una pregunta rápida, entonces —insisto—. Los listados de evacuación. ¿Quién puede modificarlos?
Por un instante, muy breve, Nora deja de teclear. Después sigue, como si no hubiera pasado nada.
—Consultarlos, cualquiera con acreditación. Tocarlos, casi nadie. —Señala otra vez la puerta de coordinación, cerrando el tema—. Y eso no lo vaya preguntando por los pasillos. Aquí las preguntas sobre listados ponen nerviosa a la gente equivocada.
No sé si me advierte o me amenaza. Con Nora, nunca se sabe. No sé si me cae bien o si me da miedo. Probablemente ambas.
Encuentro a Singh en la sala acristalada, de pie frente al panel de mapas. Lleva la misma chaqueta de ayer. No, no la misma. Otra igual. La mía —la suya— está en mi brazo. Estupendo. Ni siquiera puedo hacer una entrada digna devolviéndole algo que no necesita.
Se vuelve cuando entro. Sus ojos bajan a la chaqueta. Luego suben a mi cara.
—Ha venido.
—Dijo a las siete.
—También le dije que borrara el vídeo.
—No recuerdo haber aceptado esa parte.
—Me sorprende muchísimo.
Le tiendo la chaqueta.
—Gracias.
La coge. Nuestros dedos no se rozan esta vez. No sé si me alegra o me irrita.
—¿Ha dormido? —pregunta.
—¿Eso forma parte de la entrevista?
—No.
—Entonces sí.
—Miente mal.
—Y usted pregunta demasiado para alguien que odia las entrevistas.
Deja la chaqueta sobre una silla.
—No odio las entrevistas. Odio lo que suele venir después.
—¿La publicación?
—La simplificación —aclara.
Eso me toca. No porque sea injusto, sino porque a veces es verdad.
—Si ha quedado conmigo para insultar mi profesión, podría haberme dejado desayunar tranquila.
—He quedado con usted para enseñarle algo.
—Los listados.
—Una parte.
—Qué generosidad.
—Qué paciencia la mía.
—¿Esa frase también la dice con gente que le cae bien?
—Sobre todo.