Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

La lluvia golpea el techo de chapa del hangar. En algún lugar del puerto, una cadena se arrastra contra el suelo con un sonido metálico. Singh mira un segundo hacia la oscuridad, atento.

—Tiene que irse —dice.

—No.

—No era una sugerencia.

—Entonces estamos como antes.

S u mandíbula se tensa.

—¿Siempre es así de difícil?

—Solo cuando alguien intenta decidir por mí.

—No intento decidir por usted.

—Me ha quitado el móvil.

—Para evitar que se pegue un tiro en el pie.

—No es una pistola.

—Era una metáfora.

—Muy dramática.

—Estoy trabajando en ello.

Esta vez sí sonrío. Maldita sea. Él lo ve y algo cambia en su expresión. No se relaja del todo. No puede. Pero hay un destello mínimo, casi imperceptible, como si mi sonrisa le hubiera tocado un lugar que no esperaba tener al alcance esta noche. Se aclara la garganta.

—Borre el vídeo cuando llegue a la pensión.

—No.

—Vera.

—Le haré una copia.

—Eso no mejora nada.

—Para mí sí.

—Es imposible razonar con usted.

—No. Es difícil convencerme con medias verdades.

Singh me mira unos segundos. Luego suelta un suspiro muy bajo, casi resignado.

—Mañana a las siete.

—¿Qué?

—En la base. Antes de que empiece el traslado al centro médico. Le enseñaré lo que pueda enseñarle.

—¿Los listados?

—Lo que pueda.

—Eso suena a casi nada.

—Es más de lo que tenía hace cinco minutos.

—Hace cinco minutos tenía un vídeo.

—Hace cinco minutos estaba a punto de caerse de un palé.

Miro el palé. Está medio hundido por un lado. Decido ignorarlo.

—A las siete —repito.

—Y no vuelva a seguirme.

—No haga cosas sospechosas.

—Eso me va a resultar complicado.

—¿Por su personalidad?

—Por mi trabajo.

—Ya. Todo clasificado, confidencial o por mi bien, bla, bla, bla…

—Normalmente, las tres cosas a la vez —afirma serio.

No debería divertirme, sin embargo lo hace.

El viento empuja la lluvia hacia nosotros.

Me estremezco antes de poder evitarlo. Singh lo nota.

Por supuesto. Me quita la chaqueta  de las manos, la suya que ya no recordaba que la llevaba, y me la pone sobre los hombros con un gesto rápido, casi brusco, como si quisiera acabar antes de que yo pudiera protestar.

—No necesito…

—Ya lo sé.

Eso me calla. No dice «no seas cabezota», ni «vas a enfermar», ni «déjame cuidarte». Solo «ya lo sé». Como si entendiera que no necesitar algo no impide que una pueda aceptarlo.

—¿Y usted? —pregunto, porque es más fácil que decir gracias.

—Soy nepalí-británico. Estamos diseñados para sufrir climas absurdos.

—Eso no tiene ningún sentido científico.

—Pero suena convincente.

—Un poco.

—Me conformo.

Nos quedamos un segundo demasiado cerca, bajo el alero del hangar, con la lluvia cerrando el puerto alrededor y un secreto enorme latiendo entre nosotros.

No debería estar nerviosa, tan solo es una conciencia repentina de su cuerpo junto al mío. De su mano todavía cerca de mi hombro. De mis dedos apretando el móvil. De lo fácil que sería dar un paso en la dirección equivocada. Singh lo da por mí. Hacia atrás.

—Vuelva a la pensión.

—¿Me acompaña?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla. Él arquea una ceja.

—¿Eso ha sido una petición de protección o una excusa para seguir interrogándome?

—Sí.

Su sonrisa aparece despacio, breve y peligrosa.

—Al menos es honesta.

—Estoy trabajando en ello.

La suya se ensancha un milímetro. Y entonces su móvil vibra. El gesto con el que lo saca del bolsillo borra cualquier rastro de humor. Mira la pantalla. No me enseña el mensaje. Pero veo cómo cambia su cara.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Eso ha sido un nada muy malo.

Guarda el teléfono.

—Tiene que irse. Ya.

—Singh.

—Ahora, Vera.

Esta vez no discuto. No sé por qué. Tal vez por el tono. Tal vez porque ha perdido todo lo que tenía de provocación. Tal vez porque, durante un segundo, he visto algo parecido a miedo en un hombre que parece entrenado para no mostrarlo. Me quito su chaqueta. Él niega con la cabeza.

—Quédese con ella.

—No voy a…

—Devuélvamela mañana a las siete.

La frase deja de ser una orden y se convierte en una cita. Los dos lo sabemos. O eso creo. Me la ajusto mejor sobre los hombros.

—A las siete.

—Y borre el vídeo.

—Buenas noches, Singh.

—Imposible —murmura.

No le pregunto si se refiere a la noche, al vídeo o a mí. Por una vez, hago algo sensato: me voy. Camino de vuelta a la pensión con la chaqueta de Singh encima, el móvil ardiéndome en el bolsillo y la sensación de que acabo de cruzar una línea mucho más peligrosa que la amarilla de la base.

Cuando llego a mi habitación, cierro la puerta con llave, me siento en la cama y abro el vídeo.

La imagen es mala. Borrosa. El ángulo, horrible.

Pero hay un segundo, apenas uno, en el que el zoom enfoca una esquina del listado sobre la mesa.

No distingo nombres. Solo una columna. Destino asignado.

Y, junto a tres registros marcados en amarillo, las mismas dos palabras.

Helicóptero 2. La chaqueta de Singh resbala de mis hombros. Fuera, el viento golpea la ventana. Y yo entiendo, con una claridad helada, que la chica de la sudadera gris no estaba asustada por error.