Capítulo 4 #2
Pero no. Solo parece un hombre intentando entender algo antes de que sea demasiado tarde.
A su lado hay un archivador abierto. Listados.
No sé cómo lo sé, pero lo sé. Hojas con columnas, nombres, números, destinos provisionales.
Mi pulso cambia. Levanto el móvil, activo la cámara y acerco el zoom al máximo.
La pantalla muestra una imagen granulada, mala, pero suficiente para distinguir el borde de una hoja. Si consigo grabar unos segundos, quizá pueda ampliar después. Quizá vea el nombre del refugio norte. Quizá encuentre a la chica de la sudadera gris.
Me concentro tanto en enfocar la hoja que no veo ni oigo nada más. Ni la puerta. Ni sus pasos. Solo una voz detrás de mí.
—Para ser periodista de guerra, hace mucho ruido cuando espía.
El susto me atraviesa el cuerpo entero. El móvil casi se me cae. Casi, porque una mano aparece por encima de mi hombro y me lo quita con una facilidad humillante.
Me giro de golpe. Singh está demasiado cerca. Muchísimo demasiado cerca.
La lluvia le ha mojado el pelo y le oscurece las pestañas. La chaqueta abierta deja ver la camiseta negra debajo. Tiene mi móvil en la mano, la pantalla todavía encendida, y una expresión que no sé si es cabreo, preocupación o una mezcla bastante peligrosa de ambas.
—Me ha robado el móvil —suelto.
—Técnicamente lo he confiscado.
—Técnicamente eso sigue siendo robar si no lleva placa.
—Tengo una licencia de piloto. ¿Sirve?
—Para volar, no para asaltar periodistas.
—Usted se ha subido a un palé podrido para grabar dentro de un hangar privado.
—Estaba investigando.
—Estaba espiando.
—Es una palabra muy fea.
—Tanto como su conducta.
Le arrebato el móvil. O lo intento. Él lo levanta lo justo para que mis dedos no lo alcancen. No soy bajita, pero él tiene los brazos demasiado largos, lo cual me parece otro defecto moral.
—Devuélvamelo.
—Cuando borre el vídeo.
—No.
—Vera.
—No use ese tono conmigo.
—¿Cuál?
—Ese de «soy muy razonable mientras decido por usted».
Sus ojos se estrechan apenas.
—Estoy intentando que no se meta en un problema que no entiende.
—Y yo estoy intentando entenderlo, pero cada vez que me acerco a algo interesante, usted aparece para apartarme.
—Porque se acerca mal.
—¿Existe una forma correcta de seguir a un hombre sospechoso hasta un hangar de noche?
—Sí. No hacerlo.
—Muy útil.
—Y vivir más.
—Eso daría para un debate.
Da un paso más cerca. No amenazante. Controlado. Pero el espacio entre los dos se reduce hasta volverse incómodo de una manera distinta. Huelo lluvia, metal, sal y algo suyo, limpio y cálido, que no debería notar en un momento como este.
—¿Qué cree que ha visto? —pregunta.
—No lo sé. Aún no me ha dado tiempo porque alguien me ha confiscado la prueba.
—No era una prueba.
—¿Ah, no?
—Era una imagen borrosa de documentos confidenciales.
—Documentos que no quiere que vea —replico.
—Documentos que no puede ver.
—¿Por qué?
—Porque hay nombres de personas vulnerables.
—Qué conveniente.
La frase le golpea. Lo noto en la forma en que se queda quieto medio segundo.
—Cuidado —dice.
—¿Con qué? ¿Con tocar una fibra?
—Con pensar que todo el que le pone un límite es su enemigo.
Me quedo sin palabras porque su sentencia es buena.Y porque tiene razón suficiente para molestarme.
—Una chica me pidió ayuda hoy —digo, bajando la voz—. Una chica asustada. Dijo que no la subieran al segundo helicóptero. Luego aparece usted con una carpeta, se mete en un hangar de noche y revisa listados que no puedo ver. No me pida que no haga preguntas.
—No le pido que no haga preguntas.
—Me está quitando el móvil.
—Le pido que las haga en un lugar donde no la maten por obtener la respuesta.
El silencio cae entre nosotros con más fuerza que la lluvia.
Durante un instante, todo lo demás desaparece: el puerto, el hangar, el viento, el móvil en su mano.
Solo queda esa frase y la forma en que la ha dicho.
Sin teatralidad. Sin intención de asustarme.
Como si fuera una posibilidad real que ya hubiera colocado sobre la mesa y que no le gustara nada.
—¿Me está diciendo que corro peligro? —pregunto.
—Le estoy diciendo que no sé cuánto.
—Eso no tranquiliza.
—No pretendía tranquilizarla.
—Se le da fatal.
—También me lo dicen mucho.
No quiero sonreír. No sonrío. Casi. Él baja el móvil y, esta vez, me lo devuelve. Sus dedos rozan los míos al soltarlo. Es un contacto mínimo, frío por la lluvia y caliente por todo lo que no estamos diciendo. Mi mano se cierra alrededor del teléfono con demasiada fuerza.
—Borre el vídeo —ordena de nuevo.
—No.
—Vera… —susurra, se me eriza el vello. Lleva en casa letra una advertencia que no pretende disimular.
—No —repito, firme.
—No tiene nada útil.
—Eso lo decidiré yo.
—Si alguien la ha visto grabar aquí, el vídeo puede ser suficiente para que quieran saber qué más sabe.
—No sé nada.
—Ellos no tienen por qué creerla.
Vuelvo a mirar hacia el hangar.
—¿Ellos quiénes?
Singh no responde. La lluvia resbala por su mandíbula. Hay una gota suspendida en la línea de su cuello. Me odio por verla.
—¿Está implicado? —pregunto.
Sus ojos vuelven a mí.
—No.
La respuesta es inmediata. Limpia. Sin adornos. Quiero creerle. Ese es el problema.
—¿Y entonces por qué no llama a la policía?
Su boca se curva, pero no es una sonrisa.
—¿Qué policía?
La pregunta debería desconcertarme menos de lo que lo hace.
—La de la isla.
—La policía de la isla tiene doce agentes, dos coches que no deberían pasar la ITV y un jefe que juega al dominó todos los viernes con el primo del hombre que controla medio puerto.
—Eso es muy específico.
—La isla enseña.
—No copie frases de Mara.
—Mara copia las mías.
—No me lo creo.
—Hace bien.
Ahí está otra vez. Ese hilo de humor que aparece justo cuando la conversación se acerca demasiado al miedo. No lo usa para ridiculizar. Lo usa para darme aire.
Y yo no quiero agradecerlo. No quiero que me guste. No quiero que, en medio de una discusión en un hangar, mi cuerpo decida que estar cerca de él es una información igual de importante que los listados.
—¿Qué había en la carpeta? —pregunto.
—Información.
—Qué despliegue de transparencia.
—Información que estoy comprobando —añade.
—¿Sobre la chica? —curioseo.
—Sobre el traslado.
—Entonces sabe que algo no encaja.
—Sé que hay cosas que revisar.
—No es lo mismo.
—Para mí, ahora mismo, sí.
—¿Por qué no me lo ha dicho? —insisto.
—¿Porque la conozco desde hace horas?
—Y aun así me quita el teléfono con una confianza alarmante.
—Me adapto rápido.
—Singh.
—Vera.
Otra vez mi nombre. Juro que voy a prohibírselo.
—Si esa chica desaparece, no voy a mirar hacia otro lado —digo.
La ironía se le borra de la cara.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
—Sí.
—No tiene ni idea de quién soy.
—Sé que ha seguido a un hombre entrenado hasta un hangar de noche, bajo la lluvia, con un móvil como única arma y unas botas que hacen más ruido del que cree. Sé que no se ha movido por curiosidad barata. Sé que está asustada y cabreada, y que lo segundo le sirve para disimular lo primero.
Me quedo sin respuesta. No porque no tenga razón sino porque tiene demasiada.