Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Técnicamente lo confisqué

Vera

H ay frases que una escucha una vez y se le quedan enganchadas a la piel como una astilla. ‹‹No deje que me suban al segundo helicóptero››.

La he repetido en silencio tantas veces durante las últimas horas que ya no sé si suena igual que cuando salió de la boca de aquella chica.

Tal vez mi cabeza le ha cambiado el tono.

Tal vez le ha añadido miedo. Tal vez lo ha afilado hasta convertirlo en algo más grande de lo que era.

O tal vez no. Tal vez era exactamente eso: miedo.

El problema es que el miedo tiene un idioma propio y yo llevo demasiados años traduciéndolo como para no reconocerlo.

Estoy sentada en mi habitación de la pensión, con las botas encima de una silla, el portátil abierto y una taza de café frío junto al codo.

Fuera, San Elías se ha vuelto azul oscuro.

El puerto parpadea bajo la ventana con luces amarillas, voces lejanas y el golpe repetido de los cabos contra los mástiles.

El viento se cuela por alguna rendija de la contraventana y mueve las esquinas de las notas que he extendido sobre la colcha.

Nombre desconocido. Sudadera gris. Refugio norte. Cambio de última hora. Segundo helicóptero. Singh reacciona demasiado rápido.

Subrayo la última frase. Luego la tacho.

Luego la vuelvo a escribir. No porque quiera desconfiar de él.

Eso sería sencillo. Desconfiar de un hombre que esquiva preguntas, que se pone tenso cuando menciono los listados y que me manda de vuelta a coordinación con un «por favor» mucho más eficaz que una orden debería ser fácil.

De hecho, profesionalmente sería lo razonable. Y ahí está el problema.

Singh no se comporta como alguien culpable. Se comporta como alguien que sabe que hay una puerta cerrada, que detrás hay algo peligroso y que ha decidido ponerse delante hasta averiguar si puede abrirla sin que le estalle en la cara. Y yo odio a la gente que se pone delante de las puertas.

Sobre todo cuando lo hace con una mandíbula demasiado bien dibujada, un humor irritante y esa maldita manera de decir mi nombre como si lo estuviera colocando en un lugar seguro antes de soltar la bomba.

—Vera.

No. Céntrate. Abro el archivo de audio de la mañana y escucho otra vez los últimos minutos de la entrevista.

Mi voz. La suya. El roce de papeles. La radio al fondo.

La entrada de Nora anunciando el traslado de evacuados.

El viento en el patio. Mis pasos. Voces.

Avanzo hasta el momento exacto. Ruido. Gente.

Una furgoneta. La voz de Nora, más lejos:

—Grupo del refugio norte.

Otra voz masculina:

—Cambio de última hora.

Y luego nada claro. La frase de la chica no está en la grabadora. Claro que no. En ese momento la llevaba apagada y guardada en el bolsillo, porque una vez en mi vida decidí portarme bien. Una vez. Qué maravilla de instinto profesional.

Me levanto y empiezo a caminar por la habitación.

Tres pasos hasta la ventana, giro, tres pasos hasta la puerta.

No hay espacio para más. La habitación es bonita, limpia y pequeña, con una colcha blanca, un escritorio de madera y una lámpara que tiembla cada vez que el viento golpea el cristal.

Sobre la mesilla, mi móvil se ilumina con un mensaje de Claudia.

¿Cómo va el héroe misterioso?

Me quedo mirando la pantalla unos segundos.

Podría contestar: «El héroe misterioso tiene más secretos que el Vaticano y creo que alguien está usando evacuaciones para hacer desaparecer gente».

No lo hago. Es demasiado pronto. También podría contestar: «Está peligrosamente bueno, me cae regular y me ha pedido que no me mueva con una educación que debería estar penada».

Tampoco lo hago. Es demasiado humillante. Escribo:

Trabajando.

Claudia responde al segundo.

Eso significa que va bien o que vas a meterte en líos.

Sonrío a mi pesar. Las dos cosas. No lo envío.

Alguien llama a la puerta antes de que pueda decidir si es mejor dormir tres horas o bajar a preguntar a Mara por el refugio norte.

Abro. Mara está al otro lado, con una bandeja en las manos y esa expresión suya de mujer que ha entrado en la vida de los demás sin pedir permiso tantas veces que ya lo considera una forma de cortesía.

—Cena.

—No he pedido cena.

—Tampoco has pedido sentido común y mira que falta te hace.

Me aparta con la cadera y entra en la habitación. Deja la bandeja sobre el escritorio, mira las notas extendidas en la cama y no pregunta. Eso me resulta más inquietante que si preguntara.

—¿Siempre alimenta a sus huéspedes contra su voluntad?

—Solo a los que tienen cara de haber encontrado una piedra debajo de otra piedra.

—Eso es muy específico.

—La isla enseña.

Destapa el plato. Pescado, patatas, pan y una salsa verde que huele a ajo, limón y algo picante. Mi estómago decide traicionarme con un ruido poco digno.

—Vaya —dice Mara—. La periodista sigue siendo humana.

—No lo publique.

—Aquí publicamos poco y recordamos mucho.

Se dirige a la puerta, pero se detiene antes de salir.

—No salgas esta noche.

Levanto la cabeza.

—¿Perdón?

—Va a cambiar el viento.

—¿Eso significa que viene tormenta?

—Significa que la isla se pone tonta.

—¿Y eso qué quiere decir?

Mara me mira como si acabara de preguntarle por qué el agua moja.

—Que la gente también.

Cierra la puerta antes de que pueda pedirle una traducción.

Me quedo sola con el pescado, las notas y una advertencia que, en cualquier otra parte del mundo, habría sonado pintoresca.

En San Elías, sin embargo, las advertencias se acumulan demasiado rápido para ignorarlas.

No salgas esta noche. No mire los listados.

Vuelva a coordinación. No deje que me suban al segundo helicóptero.

Cojo el tenedor. Como tres bocados. Al cuarto, oigo un motor abajo. No uno de los barcos. Ni el rumor constante del puerto. Un vehículo. Me acerco a la ventana y aparto la cortina apenas un dedo.

Un todoterreno oscuro se detiene junto a la esquina de la pensión.

No tiene logo. No lleva luces de emergencia.

La puerta del conductor se abre y un hombre baja con una chaqueta impermeable.

No le veo la cara. La farola parpadea, el viento mueve la lluvia fina que ha empezado a caer, y durante un segundo pienso que estoy haciendo lo que siempre critico: convertir una sombra en una historia.

Entonces baja Singh del asiento del copiloto.

No lleva uniforme completo, solo chaqueta oscura, pantalón de faena y botas.

Habla con el conductor unos segundos. El otro le entrega una carpeta plana, de plástico negro.

Singh la guarda bajo la chaqueta y mira hacia la pensión.

Me aparto de la ventana como si pudiera verme. Ridículo.

Estoy en un primer piso, con la luz apagada, detrás de una cortina. Aun así, el corazón me pega un golpe seco. Cuando vuelvo a mirar, el todoterreno se aleja y Singh camina hacia el puerto viejo, no hacia la base.

‹‹No salgas esta noche››.

Miro mis notas. Miro la cena. Miro la chaqueta colgada en la silla.

—Lo siento, Mara —murmuro—. Pero nunca he sido dócil.

Tardo menos de dos minutos en ponerme las botas, coger el móvil, la grabadora pequeña y una chaqueta impermeable.

Bajo por la escalera sin hacer ruido y salgo por la puerta lateral de la pensión, la que da al callejón, porque Mara tiene pinta de detectar periodistas insensatas por el sonido de la respiración.

La lluvia no cae; flota. Es fina, fría y molesta. El puerto está casi vacío. Solo quedan un par de hombres junto a un barco, una moto oxidada bajo un toldo y las luces del espigón dibujando líneas amarillas sobre el suelo mojado.

Singh va unos cincuenta metros por delante. Se mueve con esa seguridad suya de hombre que conoce exactamente cuánta sombra necesita para desaparecer sin parecer que se esconde. Eso debería hacerme volver. No lo hago.

Lo sigo manteniendo distancia, pegada a las fachadas, con el móvil en la mano y la pantalla apagada.

Sé seguir a alguien. No es una habilidad de la que una presuma en cenas familiares, pero resulta útil cuando tu trabajo consiste en encontrar a personas que no quieren ser encontradas.

El problema es que Singh no es «alguien».

Singh es ex-Gurkha, piloto de rescate y un hombre que ya ayer fue capaz de detectar que tenía medio pie sobre una línea amarilla mientras hablaba con otra persona.

Así que intento no hacer ruido. Intento no respirar fuerte. Intento no pensar que esto es una idea pésima.

El puerto viejo termina en una zona de almacenes bajos, algunos cerrados, otros convertidos en talleres.

El viento aquí trae olor a óxido, redes húmedas y combustible.

Al fondo, una valla metálica separa los muelles antiguos del hangar secundario de la base.

No es el hangar principal de los helicópteros.

Este está más escondido, junto a una explanada de contenedores y un viejo depósito de sal.

Singh se detiene frente a una puerta lateral. Saca una llave. Entra. La puerta se cierra tras él. Me quedo bajo el alero de un almacén, con el agua resbalándome por el cuello y una pregunta latiéndome en la cabeza.

‹‹¿Por qué demonios entra de noche en un hangar secundario con una carpeta negra que alguien le ha entregado fuera de la base?››.

Hay muchas respuestas posibles. Algunas inocentes. Otras no tanto. Me acerco.

La puerta por la que ha entrado no tiene ventana, pero el lateral del hangar sí. Un ventanuco alto, sucio, con una esquina rota. Me subo a un palé húmedo intentando no matarme y consigo ver parte del interior.

Luz blanca. Cajas. Cuerdas. Material de rescate. Un tablero con mapas. Y Singh.

Está de espaldas, inclinado sobre una mesa metálica, revisando la carpeta. No parece relajado. Tampoco parece culpable. Eso me fastidia muchísimo. Sería más sencillo si se comportara como un villano de manual, con risa siniestra y una bolsa de dinero encima de la mesa.