Capítulo 3 #3
Dos hombres. Una mujer con un bebé. Una chica joven con una sudadera gris demasiado grande para su cuerpo. La veo porque mira a su alrededor como si buscara una salida. No como alguien desorientado, sino como alguien que sabe que no la hay.
He visto ese gesto antes. En fronteras. En hospitales.
En estaciones de tren después de bombardeos.
En mujeres que no saben a quién pueden pedir ayuda porque pedirla a la persona equivocada puede costarles más que callarse.
Mi mano va sola hacia la libreta. Singh también la ve.
Lo sé porque deja de hablar con Bruno a mitad de una frase.
La chica baja la cabeza cuando un hombre se acerca a ella. No la toca. No le dice nada que yo alcance a oír. Solo se coloca a su lado. Demasiado cerca. Nora revisa la lista.
—Grupo del refugio norte —dice alguien.
—No estaban previstos en este traslado —responde ella.
—Cambio de última hora.
La frase llega hasta mí a retazos, arrastrada por el viento. Singh se acerca a Nora. Hablan bajo. No puedo oír nada. La chica de la sudadera gris levanta la vista un segundo y nuestros ojos se encuentran.
No sé explicar lo que pasa. No hay una súplica evidente.
No hay un gesto dramático. Solo un reconocimiento rápido, desesperado, como si mi presencia allí fuera una grieta mínima en una pared cerrada.
Miro a Singh. Él sigue hablando con Nora.
La chica aprovecha ese instante para separarse medio paso del hombre que la acompaña.
Lo justo. Tan poco que quizá nadie más lo ve. Yo sí.
La zona marcada está a tres metros. Tres metros y una línea amarilla. No la cruzo. Todavía.
La chica pasa cerca cuando la dirigen hacia el edificio lateral. Demasiado cerca para ser casualidad. Demasiado lejos para que parezca que la he llamado. Sus dedos rozan la manga de mi chaqueta. Casi nada. Una descarga fría. Y entonces la oigo.
—No deje que me suban al segundo helicóptero.
La frase apenas existe. Es un hilo de voz roto por el viento. Pero la oigo. La oigo tan claro que todo lo demás se queda sin sonido. La chica sigue andando. El hombre de su lado le dice algo. Ella baja la cabeza.
Yo me quedo inmóvil, con la libreta abierta, el bolígrafo suspendido sobre la página y el corazón empezando a golpearme las costillas de una forma que conozco demasiado bien.
Esa forma. La de cuando algo no encaja. La de cuando una historia acaba de abrir la boca en mitad de otra. Singh aparece a mi lado un segundo después. No sé cómo se ha movido tan rápido sin hacer ruido.
—¿Qué ha pasado?
Su voz no tiene humor.
—Esa chica.
—¿Qué chica?
Señalo con la barbilla, no con el dedo.
—La de la sudadera gris.
Sus ojos van hacia el edificio lateral.
—¿Qué pasa con ella?
Podría mentir. Podría decir que nada. Podría hacer lo sensato: guardar la frase hasta entenderla, no entregársela al primer hombre que me ha dicho hace veinte minutos que no mire los listados. Pero Singh no parece curioso. Parece alerta. Y eso me decide.
—Me ha dicho algo.
—¿Qué?
Lo miro. No porque dude. Porque necesito ver qué hace con la frase.
—Que no deje que la suban al segundo helicóptero.
Durante un segundo, Singh se queda tan quieto que el viento parece moverse a su alrededor y no contra él. Luego gira la cabeza hacia la pista. Solo hay un helicóptero preparado. El otro permanece cerrado junto al hangar.
—Vera —dice muy bajo—. Vuelva a la sala de coordinación.
—No.
La palabra me sale antes de medirla.
—Ahora.
—No pienso irme después de lo que acaba de decirme.
—No le estoy preguntando.
—Y yo no le estoy obedeciendo.
Sus ojos vuelven a mí. Oscuros. Concentrados. Sin rastro de la ironía de antes.
—No sabe qué ha oído.
—Sé perfectamente lo que he oído.
—No sabe qué significa.
—Por eso no voy a irme.
Un músculo le salta en la mandíbula.
—Está en medio de un operativo.
—Estoy detrás de una línea amarilla.
—Por primera vez en su vida, al parecer.
—Si quiere discutir mi historial disciplinario, pídame otra entrevista.
—Vera.
Otra vez mi nombre. Pero ya no suena como antes. Suena a advertencia. A urgencia. A algo que él no quiere decir delante de nadie. Nora levanta la voz desde la entrada lateral.
—Singh.
Él no aparta la vista de mí.
—Quédese aquí.
No es una orden brusca. No del todo. Es peor. Es una petición disfrazada de orden porque no tiene tiempo para pedir.
—Solo si me dice qué pasa.
—No puedo.
—Entonces no me pida confianza.
Sus ojos cambian apenas. No sé si le he dado donde duele o donde no esperaba. Nora vuelve a llamarlo. Singh da un paso atrás.
—No se mueva de esta zona.
—Singh.
—Por favor.
Esa palabra sí me calla. Me ha pillado por sorpresa.
Él aprovecha mi silencio para alejarse hacia el edificio lateral, rápido, controlado, con esa forma suya de ocupar el espacio sin parecer que corre.
Yo me quedo donde estoy, con la línea amarilla bajo las botas, la libreta en la mano y una frase clavada en la cabeza.
‹‹No deje que me suban al segundo helicóptero››.
Miro hacia la pista. Uno de los técnicos empieza a retirar las fundas del segundo helicóptero.
Y, de repente, el viento me parece lo menos peligroso de la isla.