Capítulo 3 #2
La frase debería sonar dura. Casi desagradable.
Pero la dice tan bajo, con una calma tan limpia, que no resulta agresiva.
Resulta preocupada. O quizá quiero que lo parezca.
Ahí empiezan los errores: cuando una confunde una advertencia con un gesto de cuidado solo porque quien la pronuncia tiene una boca injusta y unos ojos demasiado atentos.
—¿Eso era una amenaza? —pregunto.
—No.
—¿Una recomendación?
—Sí.
—¿Amable?
—Estoy trabajando en ello.
El roce de humor rompe la tensión sin deshacerla. Como si él supiera exactamente cuánto puede apretar una cuerda antes de aflojarla.
—Se le da regular —digo.
—Me lo dicen mucho.
—¿Lo de ser amable?
—Lo de dar recomendaciones.
—Quizá porque las da como si fueran órdenes —lo acuso.
—Es posible.
—¿Y si no obedezco? —pregunto.
—No parecía que estuviera en sus planes.
—No me conoce.
—Estoy empezando.
Debería responder. No lo hago. Porque hay algo en esa frase que se desliza por debajo de la conversación y toca un sitio que no estaba invitado a esta entrevista.
Estoy empezando. No debería gustarme cómo suena.
La puerta se abre antes de que pueda recuperar el hilo.
Una mujer con el pelo corto y una carpeta en la mano asoma la cabeza.
—Singh, tenemos traslado de los evacuados del albergue sur. Dieciséis personas. Tres menores. Salida en veinte minutos hacia el centro médico y el alojamiento provisional.
Él asiente.
—Voy.
La mujer me mira.
—¿Es ella?
—Es la periodista —responde Singh.
Ella me dedica un gesto breve.
—Nora. Operaciones terrestres.
—Vera Luján.
—No se pierda.
—Lo intentaré.
Nora no sonríe.
—Aquí la gente que lo intenta se pierde igual.
Cuando se marcha, miro a Singh.
—Todo el mundo en esta isla habla como si estuviera en una novela gótica.
—Solo los martes.
—Hoy es miércoles.
—Entonces se están conteniendo.
Cierro la libreta.
—¿Traslado de evacuados?
—Personas que perdieron sus casas en el temporal.
—¿Puedo observar?
—No.
—Esa palabra se le da muy bien.
—La practico.
—Singh.
—Vera.
Mi nombre. Sin apellido. Sin la distancia profesional de antes. Me calla un segundo. Muy poco. Lo suficiente para odiarlo un poco.
—No voy a grabar rostros —digo—. No voy a acercarme a nadie que no quiera hablar. No voy a interferir. Solo quiero entender cómo funciona el proceso después del rescate. Si su unidad se dedica a sacar personas de lugares peligrosos, también importa qué ocurre con ellas después.
Él no responde enseguida. Me estudia como si estuviera midiendo si soy un problema manejable o una catástrofe con botas.
—Puede observar desde la zona marcada —dice al fin—. No graba a menores. No graba documentos. No pregunta nombres sin permiso de Nora. Si alguien le dice que se aparte, se aparta.
—¿Algo más?
—Sí.
—Sorpréndame.
—Si le digo que se quede quieta, se queda quieta.
—¿Y si no?
—Entonces tendré que asumir que no entiende el concepto de quieta y explicárselo con palabras más pequeñas.
Abro la boca. La cierro. Él sonríe.
—¿Eso ha sido una broma o una provocación?
—Sí.
—Muy maduro.
—Estoy trabajando en ello también.
Me levanto, guardo la grabadora y recojo el café olvidado. Está frío. Por supuesto.
—Tranquilo, Singh. Sé comportarme en una emergencia.
—Esto no es una emergencia.
—Entonces mejor para todos.
—Eso no significa que sea seguro.
No sé por qué esa frase me acompaña hasta el patio de la base.
Los evacuados llegan en dos furgonetas desde el albergue sur, un edificio que, según me ha explicado Mara con su entusiasmo habitual de amenaza velada, se habilitó después de que el temporal dejara inutilizables varias casas en la parte baja del pueblo.
La mayoría son familias. Gente cansada, con bolsas de plástico, mochilas, mantas.
Una mujer mayor se aferra a una jaula con un gato dentro.
Dos niños comparten una tableta sin sonido.
Un hombre camina con una venda en la frente y la mirada perdida.
No hay dramatismo evidente. Eso es lo que más me duele siempre. Las tragedias reales rara vez saben posar.
Me quedo en la zona marcada, tal y como he prometido, aunque me cuesta.
Observo. Tomo notas sin nombres. Apunto gestos: una niña que no suelta un peluche empapado, un chico adolescente que carga tres mochilas y finge no estar asustado, Nora colocando a cada persona en una lista con una eficacia que no admite sentimentalismos.
Singh se mueve entre todos con una naturalidad distinta a la del resto.
No habla mucho. No necesita. Se agacha para escuchar a una mujer en silla de ruedas.
Le coloca una manta sobre las piernas a un niño sin interrumpir la conversación que mantiene por radio.
Le da una indicación a Luca y, al pasar junto a mí, baja la voz.
—Zona marcada.
—Sigo dentro.
—Su pie izquierdo tiene aspiraciones de independencia.
Miro hacia abajo. Es verdad. He cruzado la línea amarilla con media bota. La retiro.
—Qué ojo.
—Es mi trabajo.
—¿Mirar mis pies?
—Entre otras tragedias.
Me aguanto la sonrisa porque Nora está cerca y porque no he venido aquí a reírme con él. Singh sigue andando, pero antes de alejarse del todo añade:
—Gracias.
No sé si por apartar el pie, por no grabar, por no molestar o por concederle una pequeña victoria absurda. Tampoco sé por qué esa palabra me calienta un poco el pecho.
Todo va razonablemente bien hasta que llega la tercera furgoneta.
Es más pequeña. Blanca. Sin logo de la unidad.
Se detiene cerca de la entrada lateral, no en la zona donde están bajando a los evacuados.
Nadie parece sorprenderse demasiado, pero Nora frunce el ceño un segundo antes de mirar su carpeta. Cuatro personas bajan.