Capítulo 3
El segundo helicóptero
Vera
A las siete y cincuenta y dos estoy frente a la verja de la base de rescate con un café en la mano, la grabadora en el bolsillo y la sensación de que San Elías lleva despierta desde mucho antes que yo.
El puerto huele a gasoil, sal y pan recién hecho.
Una combinación imposible que, por alguna razón, funciona.
Los barcos se balancean contra los amarres con golpes sordos, las gaviotas chillan como si estuvieran denunciando una injusticia universal y el viento me ha deshecho el moño tres veces en los últimos diez minutos.
Al cuarto intento decido rendirme. Hay batallas que una mujer puede ganar y otras que pertenecen al clima.
Esta isla pertenece al clima. También a las pendientes, a las piedras negras, a la gente que te mira como si supiera algo que tú todavía no has tenido tiempo de descubrir y, por lo visto, a hombres que interrumpen entrevistas porque alguien se cae por un acantilado.
Hombres como Singh. No Ethan. Ni Cole. Singh.
Lo pienso con una irritación absurda, como si el nombre tuviera la culpa de haberse quedado dando vueltas en mi cabeza desde ayer. Singh. Una sílaba seca. Corta. Difícil de adornar. Exactamente igual que él cuando decide dejar de bromear.
En la pensión, Mara me ha mirado por encima de su taza cuando he bajado a desayunar antes de las siete.
—Vas muy pronto.
—Tengo una entrevista a las ocho.
—¿Con Singh?
—Sí.
—Entonces vas tarde.
—Son las siete menos cuarto.
—Con ese hombre, siempre se llega tarde a algo.
No he preguntado qué quería decir. Estoy aprendiendo que en San Elías hay frases que parecen refranes, advertencias o insultos según la dirección del viento.
El guardia de la entrada me reconoce, o al menos reconoce mi acreditación, y pulsa el botón que abre la verja. Me indica el edificio principal con un gesto de la barbilla.
—Coordinación.
—Gracias.
—Si suena la alarma, no se ponga en medio.
Me detengo.
—Buenos días a usted también.
El hombre apenas sonríe.
—Eso depende de cómo acabe.
Genial. Camino hacia el edificio intentando no mirar demasiado el helicóptero aparcado en la pista.
Fracaso, claro. No porque me impresione la máquina, aunque impresiona, sino porque ayer vi a Singh subirse a una igual como si fuera una extensión de su cuerpo.
Hay personas que entran en una habitación y ocupan espacio.
Él entra en una emergencia y parece que todo se ordena alrededor de su presencia. Es molesto. Muy molesto.
Porque una cosa es reconocer la competencia profesional de alguien y otra bastante distinta es recordar cómo se le tensaban las manos al quitarse el casco.
No estoy aquí para eso. Estoy aquí para trabajar.
Para hacer preguntas. Para escribir un reportaje sobre una unidad de rescate en una isla con más viento que sentido común.
Y para no convertirme en una idiota que se queda mirando al piloto como si acabara de aterrizar en mitad de su vida con la única misión de desordenarla.
Al cruzar la puerta, el ruido de la base me envuelve.
Radios, pasos, teléfonos, voces. Hay un ritmo extraño en todo aquello, una coreografía que parece improvisada y sin embargo no lo es.
Dos técnicos revisan una camilla plegable.
Una mujer con el pelo rapado firma unos papeles mientras habla en inglés por un auricular.
Al fondo, Luca, el rescatador que ayer bajó del helicóptero, pasa con una taza de café y me dedica una sonrisa.
—La periodista.
—El hombre que se cuelga de cables por afición.
—No es afición. Es vocación mal pagada.
—Eso suena a frase para titular.
—Use mi perfil bueno.
—¿Cuál es?
—El que no esté gritando.
Me río sin querer. Luca señala con la taza hacia una sala acristalada.
—Singh la espera allí.
—¿Ya?
—Ha llegado hace media hora.
—Mara tenía razón.
—Mara siempre tiene razón. Es una de las normas de la isla.
Cuando entro en la sala, Singh está de pie frente al ventanal, revisando una carpeta.
Lleva pantalón de vuelo, camiseta oscura y una chaqueta abierta con el emblema de la unidad.
Tiene el pelo todavía húmedo, como si se hubiera duchado hacía poco y no se hubiera molestado en peinarse demasiado. No debería fijarme en eso. Me fijo.
También en que tiene una pequeña tirita sobre los nudillos de la mano derecha. Y en que, al oír la puerta, no se vuelve de inmediato. Primero cierra la carpeta. Luego deja una moneda oscura sobre la mesa. Solo después me mira.
—Ocho en punto —dice.
—Siete cincuenta y nueve.
—Ha venido a discutir incluso antes de sentarse.
—Me gusta calentar.
Algo se mueve en su boca. No es una sonrisa completa, pero se le parece lo suficiente como para que el café me sepa de pronto demasiado fuerte.
—Buenos días, Vera Luján.
—Buenos días, Singh.
La forma en que sus ojos reaccionan a su nombre dura menos de un segundo. Quizá me lo imagino. Quizá no. Hay hombres que construyen muros con silencios; él parece haber aprendido a hacerlo con nombres. Dejo la grabadora sobre la mesa y me siento.
Singh se sienta frente a mí, pero no se reclina como ayer. Hoy está más atento. Más cerrado. Si no lo hubiera visto bromear con Bruno junto a la pista, pensaría que es así siempre. Pero no. Algo ha cambiado desde anoche. No sé qué. Todavía. Pulso el botón de la grabadora.
—Segunda parte de la entrevista con Ethan Singh Cole, piloto de rescate en San Elías.
—Singh.
Levanto la vista.
—¿Perdón?
—Para la grabación. Use Singh.
—Su nombre completo es Ethan Singh Cole.
—Y usted se llama Vera Luján, pero imagino que no le gustaría que yo la llamara señorita Luján cada dos frases.
—Depende de cómo lo pronunciara.
—Mal, seguramente.
—Entonces Singh.
Asiente.
—Gracias.
La palabra sale seria. No hay broma detrás. Y eso, de forma absurda, hace que me resulte más fácil concedérselo. Repito la entradilla para la grabadora.
—Segunda parte de la entrevista con Singh, piloto de rescate en San Elías.
Él no dice nada, pero la tensión de sus hombros baja un milímetro. Interesante.
—Ayer me dijo que el rescate del pesquero no fue un milagro —empiezo—. Habló de viento cruzado, mala visibilidad, un mecánico y suerte.
—Sí.
—¿Qué se calló?
—Muchas cosas.
—¿Por pudor?
—Por respeto.
—¿A las víctimas?
—A todos.
Apunto la respuesta. No porque sea brillante. Porque no parece preparada.
—La prensa lo ha presentado como el rostro del rescate.
—La prensa no me ha visto la cara.
—Precisamente. Eso me interesa.
—¿Mi cara?
—Su empeño en no enseñarla.
Se queda quieto un instante.
—No es empeño. Es costumbre.
—¿De qué?
—De hacer el trabajo sin mirar hacia la cámara.
—Eso suena muy humilde.
—Me lo apunto para parecer más insoportable.
—No necesita ayuda para eso.
Esta vez sí sonríe.
—¿Ve? Por eso acepté la entrevista.
—¿Porque le insulto bien? —interrogo.
—Porque no adorna las preguntas.
—Puedo adornarlas si quiere. Tengo recursos —aclaro.
—No lo dudo, pero prefiero que no.
El aire cambia de nuevo. Como ayer. No de golpe. No de forma evidente. Es más bien una cuerda tensándose entre dos personas que no deberían entretenerse en comprobar cuánto aguanta. Me obligo a mirar la libreta.
Vuelvo a levantar la vista. Está demasiado tranquilo. No en calma. Tranquilo de una manera entrenada. Como si pudiera mantener una conversación, escuchar tres radios al mismo tiempo y calcular salidas de emergencia sin mover un músculo de la cara.
—¿Por qué pasó de operaciones militares a rescate civil?
Por primera vez, no responde al instante. Mira la moneda sobre la mesa, pero no la toca.
—Porque hay muchas formas de entrar en lugares de los que otros necesitan salir.
La frase me golpea con una suavidad extraña. No la apunto. Aunque debería. Es buena. Es publicable. Es casi… un titular. Pero no la apunto porque suena demasiado suya para convertirla en material.
Y eso me molesta, porque yo convierto cosas en material. Es mi trabajo. Escucho, observo, ordeno y escribo. Si empiezo a decidir qué partes de un entrevistado pertenecen solo a una conversación, estoy perdida.
—¿Y cuál prefiere? —pregunto—. ¿La de antes o la de ahora?
—La de ahora me deja dormir un poco mejor.
—¿Solo un poco?
—No soy ambicioso.
—No le creo.
—Hace bien.
Esta vez soy yo quien sonríe. La radio de la sala chisporrotea, pero no salta ninguna alarma.
Al otro lado del cristal, la base sigue moviéndose.
Un hombre pega una lista en un panel. Una mujer firma en una tableta.
Hay cajas con mantas térmicas, botiquines, bolsas de comida, chalecos.
Todo parece funcional, limpio, preparado.
Y, aun así, hay algo en la manera en que Singh mira hacia el panel cada vez que alguien se acerca a él.
—¿Esos son los listados de evacuación? —pregunto.
Su expresión no cambia. Sin embargo, la sala se enfría.
—Listados operativos.
—¿Puedo verlos?
—No.
La respuesta llega demasiado rápido. No como una negativa burocrática. Como una puerta cerrada de golpe.
—¿Por confidencialidad?
—Por protección de datos, protocolos internos y porque no forma parte de su reportaje.
—Mi reportaje trata sobre la unidad de rescate.
—Pero no sobre los nombres de personas evacuadas.
—Los nombres también cuentan historias.
—Y también pueden ponerlas en peligro.
No alza la voz. No se inclina hacia delante. No hace nada que parezca amenaza. Precisamente por eso me interesa más.
—Está muy seguro de eso.
—Lo estoy.
—¿Por experiencia?
—Por sentido común.
—El sentido común suele ser una forma elegante de esconder miedo.
Ahora sí, me mira de otra manera. Más directa. Más seria.
—Y la curiosidad suele ser una forma rápida de meterse donde nadie la ha invitado.
—Me pasa mucho.
—Lo imaginaba.
—¿Y qué hace usted cuando alguien se mete donde no lo han invitado?
—Depende.
—¿De qué?
—De si quiere salir entero.