Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—¿Habla por experiencia?

—Casi siempre.

—¿Y cuál es el peligro de buscar precisión?

—Que, a veces, encuentra cosas que nadie quería nombrar.

Vera no apunta la frase. Eso me llama la atención. Quizá porque no quiere romper el momento. Quizá porque sabe que no se la he dicho a la grabadora. Quizá porque también ha notado que, durante unos segundos, hemos dejado de hablar como piloto y periodista.                Mierda.

—Singh —llama Nora desde la puerta del hangar—. Briefing en diez.

Levanto una mano sin apartarme. Vera mira hacia la mujer. Luego vuelve a mí.

—Así que lo llaman Singh.

—Casi todos.

—¿Y Ethan?

—Poca gente.

—¿Cole?

—Nadie que espere respuesta rápida.

—Interesante —murmura ella.

—No era una invitación.

—Lo sé. Las invitaciones suelen ser más educadas.

—Entonces no me conoce.

—Para eso era la entrevista.

Tiene respuesta para todo. Me irrita. Me divierte. Me hace querer quedarme. Eso último es lo peor.

—Le debo una entrevista —digo.

—Me debe media.

—Soy optimista.

—Yo no.

—Eso ya lo había notado.

Vera ladea la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque ha llegado a una isla en mitad del Atlántico con tres grabadoras, botas de haber pisado demasiados sitios malos y cara de estar esperando que alguien le mienta.

Sus labios se entreabren, un poco. No por una bonita sorpresa. Por la molestia exacta de sentirse leída.

—¿Siempre analiza así a la gente?

—Solo cuando se queda junto a una verja mirando mi helicóptero como si quisiera subirse a él.

—No estaba mirando el helicóptero.

La frase sale demasiado rápido. A los dos nos queda claro. El viento hace el favor de llenar el silencio, pero no lo suficiente.

—Claro —digo.

—No lo estaba mirando solo.

—Mucho mejor.

—Me refiero a que estaba observando el procedimiento.

—Por supuesto.

—Es mi trabajo —aclara.

—Y el mío no discutir con periodistas en la pista.

—Pues se le da regular.

Esta vez sonrío del todo. Ella baja la mirada a mi boca. Un segundo. Menos. Lo suficiente. Luego se enfada consigo misma. Lo veo pasar por su cara con una claridad que no debería disfrutar tanto.

—Briefing en nueve —grita Nora, porque en esta base nadie tiene respeto por los momentos incómodos ajenos.

Me aparto un paso.

—Mañana a las ocho.

—¿La entrevista?

—La media entrevista —especifico.

—A las ocho estaré aquí.

—No lo dudo.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende de a quién pregunte.

Vera entorna los ojos.

—Esa frase ya me la han dicho hoy.

—Entonces la isla le está cogiendo confianza.

—¿Debería preocuparme?

—Solo si empieza a gustarle.

No sé por qué lo digo. O sí lo sé, pero no pienso reconocerlo.

Vera me mira, y por primera vez desde que la he conocido no tiene respuesta inmediata.

Hay algo en ella que se queda quieto. No mucho.

Lo justo para que esa frase se apoye entre los dos de una forma rara.

Si empieza a gustarle. La isla. El reportaje.

Yo. Elijo no averiguar cuál de esas posibilidades me resulta más peligrosa.

—Singh —vuelve a llamar Nora, esta vez con tono de mujer que ha enterrado gente y no piensa perder el tiempo con tonterías—. Ahora.

—Voy.

Vera retrocede un paso.

—No le entretengo más.

—Eso tampoco me lo creo.

—Qué desconfiado.

—Exigencias del puesto.

—Entonces hasta mañana.

Asiento. Doy media vuelta. Y casi consigo marcharme sin mirar atrás.

Casi. Cuando lo hago, Vera sigue allí, con la libreta contra el pecho, el pelo medio suelto y esa expresión de mujer que no se conforma con ver la superficie de nada.

No me saluda. No sonríe. Solo levanta un poco la barbilla, como si acabara de aceptar un desafío que ninguno de los dos ha pronunciado.

Entro en el hangar con una sensación absurda en el pecho.

No es deseo. O no solo. No es curiosidad. O no únicamente. Es algo bastante más molesto: la impresión de que esa mujer va a ser difícil de apartar de cualquier sitio en el que decida entrar. Incluida mi cabeza.

El briefing dura veintidós minutos y me entero de todo por pura costumbre.

Nora habla del desprendimiento, del cierre de la carretera, de la pareja rescatada, de la necesidad de revisar los puntos de anclaje de la zona norte antes de la próxima borrasca.

Bruno hace un comentario sobre turistas y señales de peligro.

Luca presume de haber tranquilizado a la mujer en tres idiomas, aunque todos sabemos que solo habla dos y el tercero lo inventa cuando se pone nervioso.

Yo asiento cuando toca. Respondo cuando me preguntan. Y no pienso en Vera Luján.

No pienso en su manera de decir que no estaba mirando solo el helicóptero.

No pienso en que sabe encajar una pulla sin hacerse pequeña.

No pienso en que debería haberme molestado que hubiera esperado en la verja como si tuviera derecho a mi tiempo y, sin embargo, me ha gustado encontrarla allí.

No pienso en nada de eso hasta que Bruno se sienta a mi lado cuando la sala se vacía.

—No.

Lo miro.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

—Mi cara está cansada.

—Tu cara está entretenida. Es peor.

Recojo mis guantes de la mesa.

—No empieces.

—¿Con la periodista? Ni loco. Solo voy a decir que tiene pinta de morder.

—Eso lo dices como si fuera algo malo.

Bruno se queda en silencio. Yo también. Nos miramos.

—Vaya —murmura él—. Esto ha sido rápido incluso para ti.

—Cállate.

—No he dicho nada.

—Tu cara sí.

Se ríe y levanta las manos.

—Solo digo que hacía tiempo que no te veía sonreír así.

No respondo porque no me apetece mentirle y porque decir la verdad sería todavía peor.

Hace tiempo que no sonrío así porque hace tiempo que no conozco a alguien que me mire como si pudiera desmontarme pieza por pieza y aun así no retroceda.

Hace tiempo que no quiero quedarme en una conversación cuando una alarma me arranca de ella. Hace tiempo que no me pregunto qué habría pasado si el mundo hubiera esperado diez minutos más antes de pedir auxilio. Pero el mundo nunca espera. Y yo, por lo general, tampoco.

Cuando salgo de la base, ya casi ha anochecido.

El cielo está lleno de nubes bajas y el faro del norte parpadea a lo lejos, atrapado en una bruma azulada.

Enciendo el móvil al llegar al vestuario.

Tengo tres mensajes de números que no respondo, uno de Javier Lara preguntando si sigo vivo —su forma habitual de decir hola— y una llamada perdida de un contacto que no esperaba ver hoy.

Me quedo mirando la pantalla. No por Lara.

Por el número desconocido que aparece justo debajo.

Sin mensaje. Sin nombre. Solo una llamada perdida desde un prefijo local.

Podría ser cualquier cosa. Una coordinación logística.

Un error. Otra persona empeñada en venderme seguros.

En San Elías, incluso las equivocaciones suenan a aviso.

Guardo el móvil en el bolsillo y salgo al exterior. El viento trae olor a lluvia.

Miro hacia el puerto, hacia las luces pequeñas del pueblo, hacia la pensión donde probablemente Vera Luján estará repasando notas y decidiendo qué pregunta incómoda hacerme mañana a las ocho.

Me digo que la entrevista terminará pronto.

Que ella escribirá su pieza. Que se marchará de la isla.

Que todo volverá a su sitio. Entonces el teléfono vibra otra vez.

Lo saco. El mismo número. Esta vez sí hay un mensaje.

‹‹No dejes que la periodista mire los listados››.

Lo leo una vez. Luego otra. El viento arrecia. Y, de pronto, la isla parece un poco menos dormida.