Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 2
6%

Capítulo 2

El hombre que siempre se va

Ethan

H ay un segundo, justo antes de que el helicóptero se eleve por completo, en el que el mundo parece contener la respiración.

No dura nada. Un parpadeo. Una vibración distinta bajo las botas, el tirón del arnés contra el pecho, el olor a combustible caliente mezclado con la sal del mar que lo inunda todo y la voz de Bruno en mis auriculares repasando coordenadas con esa calma de hombre que podría leer la lista de la compra en mitad de un incendio.

Después las ruedas se separan del suelo, la base se encoge bajo nosotros y San Elías vuelve a convertirse en lo que siempre ha sido desde el aire: un animal negro, verde y blanco, hermoso de una manera salvaje, rodeado por un mar que no perdona despistes.

—Viento noroeste, treinta y cuatro nudos con rachas de cuarenta —informa Bruno desde el asiento de copiloto—. La llamada entra desde carretera norte. Un vehículo ha quedado parcialmente suspendido tras un desprendimiento. Dos ocupantes confirmados.

—¿Acceso terrestre? —pregunto.

—Cortado. Los chicos van por tierra, pero tardarán.

Miro al frente. Las nubes bajan sobre la costa como si alguien hubiera decidido aplastar la isla con una mano húmeda. No es el peor tiempo con el que he volado, ni de lejos, pero San Elías tiene la mala costumbre de comportarse como si cada rescate fuera algo personal.

—Entonces no tardemos nosotros.

Bruno suelta una risa breve.

—Qué bonito te queda mandar cuando tienes público.

No aparto la vista de los instrumentos.

—¿Qué público?

—La periodista.

Ah. La periodista. Durante tres segundos, más de lo recomendable y menos de lo que me gustaría admitir, la imagen de Vera Luján vuelve a colarse en mitad de la cabina. La libreta abierta. La grabadora encendida. La boca preparada para discutir incluso antes de saber si tenía motivos.

Y esos ojos. No bonitos en el sentido cómodo de la palabra.

Ni dulces. Ni complacientes. Ojos de mujer que ha aprendido a mirar donde otros apartan la vista.

Ojos que no se conforman con la primera respuesta, ni con la segunda, ni, probablemente, con la verdad si viene demasiado maquillada.

Me ha mirado como si yo fuera una puerta cerrada. Y eso es peligroso.

No porque pueda abrirme. Sino porque me han dado ganas de saber si lo intenta.

—Singh —insiste Bruno—. ¿Me has oído?

—No.

—Eso me tranquiliza una barbaridad viniendo del piloto.

—Repítelo.

—Que tenemos imagen térmica del vehículo. Uno de los ocupantes está fuera, en la ladera. El otro sigue dentro. La carretera se ha hundido por debajo del eje trasero.

—¿Pendiente?

—Mala.

—En San Elías eso no es un dato. Es una descripción turística.

Bruno sonríe. Yo ajusto el rumbo. Al aproximarnos, la carretera aparece como una cicatriz gris cortando el acantilado.

Una lengua de tierra se ha desprendido hacia el mar, dejando el asfalto roto en un ángulo imposible.

El vehículo —un todoterreno rojo, demasiado limpio para ser de alguien de la isla— cuelga con la parte delantera apoyada en una roca y la trasera suspendida sobre el vacío. Turistas.

No necesito que nadie lo confirme. Los locales saben que la carretera norte no se toca cuando el viento cambia de golpe. Los turistas, en cambio, suelen creer que las señales de peligro son parte de la experiencia.

—Tenemos que estabilizarlo desde arriba —dice Bruno.

—No podemos posar.

—Ni acercarnos mucho por el viento.

—Entonces lo hacemos feo.

—Siempre lo hacemos feo.

—Por eso nos pagan tan poco.

Desciendo lo suficiente para que el equipo de rescate pueda valorar la línea.

En tierra, dos figuras con chaquetas naranjas corren desde el extremo seguro de la carretera.

Una de ellas levanta el brazo. Reconozco a Nora, la jefa de operaciones terrestres.

No da los buenos días sin parecer que te está evaluando para un funeral.

—Alfa uno, aquí tierra —entra su voz por radio—. Ocupante uno consciente, atrapado dentro. Ocupante dos con posible fractura en pierna, fuera de peligro inmediato. Necesitamos extracción aérea del vehículo antes de que ceda.

—Recibido —respondo—. Preparad punto de anclaje. Bajo a Luca.

Luca, nuestro rescatador más joven y el único hombre que conozco capaz de ponerse contento cuando alguien dice «pendiente inestable», se gira desde la parte trasera y levanta el pulgar.

—Sabía que hoy iba a ser un buen día.

—Tienes un concepto preocupante de buen día —le digo.

—Eso dice mi madre.

—Tu madre parece sensata.

—No la conoces.

Mantengo el helicóptero en estacionario mientras Bruno canta alturas y viento.

El aparato vibra con las rachas. Una mala decisión, un movimiento tarde, un metro de más hacia la pared, y todos tendríamos un problema bastante mayor que una entrevista interrumpida.

Entrevista. Otra vez. Aprieto la mandíbula.

No pienso en la periodista mientras Luca baja por el cable.

No pienso en su forma de levantar la barbilla cuando le dije que no podía venir.

No pienso en la frase que me soltó como si tuviera derecho a terminar lo que empezaba.

No hemos terminado la entrevista. No, Vera Luján. No habíamos terminado nada.

Y eso, por algún motivo que prefiero no analizar colgado sobre un acantilado con cuarenta nudos de viento, me molesta más de lo que debería. El rescate nos lleva veintisiete minutos.

Veintisiete minutos de metal crujiendo, viento pegando de lado, Bruno diciendo números en mi oído, Luca tranquilizando a una mujer que no deja de repetir que su marido va a matarla por haber alquilado aquel coche, y yo intentando mantener el aparato lo bastante quieto como para que todos olviden que el aire nunca está quieto de verdad.

Cuando por fin subimos a la ocupante atrapada, llega blanca como el papel, agarrada a Luca con las dos manos y con un hilo de sangre en la sien. No es grave. Lo sé en cuanto la veo. Pero el miedo, cuando llega hasta ahí, pesa más que muchas heridas.

—Ya está —le digo cuando la colocan en la camilla—. Está a salvo.

Ella intenta hablar. No le sale. Me mira como si yo acabara de devolverle algo. No sé qué hacer con esa mirada. Nunca lo he sabido. Por eso giro de nuevo hacia la base. Porque pilotar es más fácil que quedarse.

Cuando aterrizamos, el viento ha empeorado. Las palas aún no se han detenido del todo cuando el equipo médico se lleva a la mujer hacia la ambulancia. Luca salta a tierra detrás de ella, riendo por algo que le dice Bruno. Yo me quito el casco y tardo medio segundo en notar que no estamos solos.

Vera Luján está en el límite de seguridad, junto a la verja, con el pelo peleándose contra el viento y la libreta apretada contra el pecho. No lleva sandalias. Sigue pareciéndome un dato relevante.

Tiene la cara seria. No está asustada. Ni impresionada de esa forma barata que he visto demasiadas veces en periodistas que confunden una operación de rescate con una escena de cine.

Seria. Atenta. Como si acabara de entender algo y no supiera todavía si le gusta.

Bruno aparece a mi lado y sigue la dirección de mi mirada.

—La periodista tiene pinta de estar enfadada.

—Es su estado natural.

—La conoces desde hace veinte minutos.

—Soy observador.

—Eres gilipollas.

—También.

Camino hacia ella antes de pensármelo mejor. Es un error. Lo sé porque mis errores siempre empiezan así: con mis pies tomando decisiones que mi cabeza no ha autorizado. Vera no se mueve cuando me acerco. Bien. Eso también dice cosas de ella.

—Sigue aquí —digo.

—Qué observador.

—Me lo han dicho hace un momento.

—No parecía un cumplido.

—No suelo exigir demasiado.

El viento le suelta un mechón del moño. Ella intenta apartárselo de la boca con el dorso de la mano, sin soltar la libreta.

Tiene una mancha pequeña de tinta en el pulgar.

No sé por qué me fijo en eso. En medio de una base, con el helicóptero todavía caliente detrás de mí y un rescate recién terminado, mi cabeza decide fijarse en la tinta que mancha el dedo de una periodista. Fantástico.

—¿Están bien? —pregunta.

La broma se me queda a medio camino.

—Vivirán.

Asiente. No busca drama. No me pide una frase para titular. No pregunta si he tenido miedo con la grabadora por delante. Solo asiente.

—Bien.

Esa única palabra suena sincera. Y me incomoda.

—¿Esperaba que dijera algo más heroico?

—Esperaba que no contestara como si acabara de aparcar una moto.

—No sé aparcar motos.

—¿De verdad?

—No sin estropearlas.

Se le escapa una sonrisa mínima. La intenta esconder demasiado tarde.

—Tiene una forma curiosa de vender su imagen.

—No tengo imagen.

—Eso he notado.

Ahí está. La periodista vuelve a aparecer bajo la mujer que ha preguntado por los heridos.

—¿Eso es una queja? —pregunto.

—Es una rareza. No hay fotos claras de usted. Ninguna reciente, al menos. Casco, visera, distancia, espalda, helicóptero, mar, humo… Es casi artístico.

—Procuro salir favorecido.

—Procura no salir.

—Eso también.

Me estudia con descaro profesional. No con descaro de mujer. O quizá un poco con ambos, aunque no creo que ella se lo permita. Sus ojos recorren mi cara como si estuviera comparándola con un puzle que le han entregado sin imagen en la caja.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Ese nada acaba de tomar tres notas mentales.

—Dos. No se crezca.

Me río antes de poder evitarlo. El sonido sale más bajo de lo habitual. Más fácil. Y la forma en que ella parpadea me dice que también lo ha notado. Maldito sea.

—Creía que los periodistas eran más pacientes —digo para romper algo que no debería haberse creado.

—Lo somos. Por eso sigo aquí —replica.

—Podríamos haber muerto todos y usted habría mantenido la cita.

—No habría sido una buena entrevista.

—Pero sí un titular dramático —señalo.

—No me gustan los titulares dramáticos.

—Eso sí que no me lo creo.

—Me gustan los titulares precisos.

—Peligrosa —digo.

—¿La precisión?

—La gente que la busca.

Por un segundo, Vera deja de tener frío. No porque el viento haya parado, sino porque algo en su expresión cambia. Como si esa frase hubiera golpeado en una herida que ya estaba abierta.