Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El helicóptero aparece por encima de los tejados, negro y naranja, inclinado hacia el norte.

La gente levanta la vista. Nadie grita. Nadie corre.

Hay una naturalidad extraña en la forma en que todos aceptan que, en cualquier momento, el cielo pueda abrirse para llevarse a alguien o traerlo de vuelta.

El aparato pasa tan cerca que el viento me empuja el pelo contra la cara. Y, por alguna razón absurda, pienso en el hombre de la fotografía: Ethan Singh Cole no mira a las cámaras. Mira al lugar donde algo puede salir mal.

La base de rescate está al otro lado del puerto, en una explanada rodeada de roca oscura.

Es un edificio bajo, funcional, con hangares metálicos, vehículos todoterreno, antenas, depósitos de combustible y dos helicópteros aparcados como animales enormes en reposo.

Todo huele a aceite, sal y prisa contenida.

Un técnico joven me recibe en la entrada.

—¿Vera Luján?

—Sí.

—La esperan en coordinación. Sígame.

Atravesamos un pasillo donde varias personas hablan por radio, revisan mapas, cargan material.

Hay trajes de neopreno colgados, cascos, arneses, camillas plegables, cuerdas enrolladas con una pulcritud casi militar.

En una pared veo un mapa de la isla lleno de marcas rojas.

Faros. Calas. Túneles de lava. Carreteras cortadas. Zonas de riesgo.

—Bonito sitio para jubilarse —murmuro.

El técnico me oye y sonríe.

—Aquí nadie se jubila. Como mucho, se oxida.

Me deja en una sala acristalada desde la que se ve el hangar principal.

Coloco la grabadora sobre la mesa, saco la libreta y repaso mis preguntas.

Quiero empezar con el rescate del pesquero, llevarlo hacia su pasado sin que se cierre, preguntarle por la diferencia entre entrar en una guerra y entrar en una tormenta.

Si es listo, esquivará. Si es demasiado listo, me hará perder el tiempo. La puerta se abre cinco minutos tarde.

Y entra él. No sé qué esperaba exactamente. Quizá a un héroe de folleto. Quizá a un tipo más alto, más tosco, más consciente de la leyenda que otros están construyendo a su alrededor. Ethan Singh Cole no parece nada de eso. Parece cansado. Peligrosamente despierto, pero cansado.

Tiene la piel tostada por el viento, el pelo oscuro algo revuelto y esa mezcla difícil de ubicar que confirma lo que leí en su ficha: rasgos nepalíes en los pómulos y la forma de los ojos, mandíbula británica, boca seria con vocación de sonrisa mal usada.

Lleva pantalón de vuelo, camiseta negra y una chaqueta abierta con el emblema de la unidad.

No es guapo de una forma cómoda. Es de esos hombres a los que una mira medio segundo más de lo recomendable y luego se enfada consigo misma por haberlo hecho.

Sus ojos caen primero en la grabadora. Después en mi libreta. Por último, en mí.

—Vera Luján —dice.

Su español tiene un acento suave, casi imperceptible, como si hubiera aprendido el idioma en muchos sitios y en ninguno del todo.

—Ethan Singh Cole.

—Solo Cole si quiere parecer enfadada. Singh si quiere que le haga caso. Ethan si tiene malas intenciones.

Parpadeo. Él se sienta frente a mí con una calma insultante.

—¿Y si solo quiero hacerle unas preguntas?

—Entonces supongo que acabaremos negociando.

No sonríe del todo, pero algo se mueve en su boca. Mal. Muy mal. Los hombres que saben que tienen gracia son un problema. Los que no necesitan demostrarlo son directamente una desgracia logística. Pulso el botón de la grabadora.

—¿Le incomodan las entrevistas?

—No.

—¿Entonces por qué concede tan pocas?

—Porque suelen hacerme preguntas.

—Curioso. Es una costumbre muy extendida entre periodistas.

—Lo sé. Estoy intentando aceptarlo.

Apunto una frase que no necesito apuntar solo para no mirarlo.

—¿Siempre usa el humor para esquivar?

—Solo cuando funciona.

—Todavía no ha funcionado.

—Déme tiempo.

Levanto la vista. Él está reclinado en la silla, relajado, pero sus manos no lo están.

Una descansa sobre la mesa. La otra juega con una pequeña moneda oscura que gira entre sus dedos con precisión automática.

No parece nervioso. Parece alguien que necesita tener una parte del cuerpo preparada para moverse.

—Hace tres días rescató a siete personas de un pesquero partido en dos al norte de la isla —empiezo—. La prensa lo llama milagro.

—La prensa necesita palabras grandes para vender cosas pequeñas.

—¿Siete vidas le parecen poca cosa?

Su expresión cambia apenas. No endurece la cara. No se ofende. Solo se va un poco más lejos.

—No. Me parece demasiado grande para resumirlo en una palabra.

Bien. Ahí hay algo.

—¿Cómo lo resumiría usted?

Mira hacia el hangar, donde dos rescatadores revisan una camilla.

—Viento cruzado. Mala visibilidad. Un patrón que aguantó más de lo que debía para mantener el barco orientado. Una niña que no soltaba a su perro. Un mecánico que encontró diez minutos más donde no quedaba ninguno. Y suerte.

—¿Cree en la suerte?

—Cuando trabaja a mi favor, sí.

—¿Y cuando no?

—La insulto, como todo el mundo.

Se me escapa una sonrisa. Pequeña. Traicionera. Ethan la ve. Por supuesto que la ve.

—Eso sí ha funcionado —dice.

—No se crezca.

—Tarde.

Bajo la vista a mis notas para recuperar el control de la entrevista y de mi estúpida boca, que acaba de sonreírle como si yo hubiera venido aquí a pasármelo bien.

—Usted fue Gurkha.

La moneda se detiene entre sus dedos.

—Fui muchas cosas.

—Esa es la que figura en su expediente.

—Los expedientes son listas hechas por gente que no estuvo allí.

—¿Y qué pondría usted?

—Depende.

—¿De qué?

—De si quiere la versión publicable o la verdadera.

El aire entre los dos cambia. No mucho. Lo suficiente. Me inclino un poco hacia delante.

—Siempre prefiero la verdadera.

Ethan me mira como si acabara de decir algo imprudente. O interesante. O ambas cosas.

—Eso suele salir caro, Vera Luján.

Mi nombre en su boca suena distinto. No sé si por el acento, por el tono o porque hay hombres que pueden convertir una advertencia en algo que se parece demasiado a una invitación.

—Estoy acostumbrada a pagar.

La frase se queda suspendida un segundo de más.

Él ya no juega con la moneda. Yo ya no miro mis notas.

En el pasillo alguien ríe, una radio chisporrotea, el viento golpea los cristales con un silbido bajo.

Todo sigue igual, pero durante un instante tengo la sensación absurda de que la sala se ha estrechado. Ethan rompe primero el silencio.

—Me habían dicho que era incómoda.

—Qué falta de profesionalidad. Yo he venido sin prejuicios sobre usted.

—¿Ninguno?

—Bueno, uno o dos. Pero los estoy confirmando con discreción.

Ahora sí sonríe. Y es un problema de otra categoría. Porque no es una sonrisa bonita. Es peor. Es una sonrisa rápida, torcida, casi privada. Como si el mundo no le diera muchas razones para usarla y acabara de encontrar una a su pesar.

—¿Qué prejuicio va ganando? —pregunta.

—Que no le gusta obedecer.

—Depende de quién dé la orden.

—¿Y si la doy yo? —suelto sin pensar.

—Tendría que probar.

Madre mía. Abro la boca para responder algo brillante, profesional y cortante. Algo que devuelva la entrevista al terreno seguro de las preguntas y las respuestas.

Pero entonces una alarma parte la base en dos. No es la sirena lejana del pueblo. Esta suena dentro del edificio, breve, grave, urgente. Ethan se levanta antes de que yo procese el sonido. La silla se desplaza hacia atrás con un golpe seco. Su cara cambia por completo.

Desaparece el hombre que bromeaba. Aparece el que mira al lugar donde algo puede salir mal. Una voz suena por megafonía:

—Equipo Alfa, activación inmediata. Desprendimiento en carretera norte. Vehículo implicado. Posible caída parcial. Viento fuerte en zona.

Ethan ya está en la puerta. Yo me levanto también, por instinto.

—¿Qué pasa?

—Alguien necesita ayuda.

No lo dice como una frase heroica. No hay pose. No hay dramatismo. Solo una evidencia que lo arranca de la habitación con la misma naturalidad con la que otros apagan una luz. Cojo la grabadora.

—¿Puedo ir?

Se vuelve hacia mí.

—No.

—Soy periodista.

—Precisamente.

—He cubierto situaciones peores.

—No lo dudo.

—Entonces no me trate como si fuera una turista con sandalias.

Sus ojos bajan un segundo a mis botas. Botas buenas. Gastadas. Con barro viejo en las costuras de otro país.

—No lleva sandalias —concede—. Pero sigue siendo un no.

—No hemos terminado la entrevista.

Ethan se coloca el casco que alguien le lanza desde el pasillo. El gesto es tan automático que parece formar parte de él. Luego me mira, y por un instante vuelve ese destello de humor que no debería tener sitio en medio de una alarma.

—Entonces tendré que volver.

Se marcha corriendo. Y yo, que he visto hombres huir de preguntas, de responsabilidades, de guerras y de sí mismos, me quedo de pie en una sala acristalada, con la grabadora encendida y el pulso demasiado rápido, viendo cómo Ethan Singh Cole cruza el hangar hacia el helicóptero como si el mundo pudiera romperse a cada minuto y él estuviera condenado a intentar sujetarlo con las manos. Las palas empiezan a girar.

El viento sacude los cristales. Y, por primera vez desde que llegué a San Elías, tengo la certeza de que este reportaje acaba de dejar de ser sencillo.