Secretos oscuros (Pactos oscuros 3) Capítulo 1
2%
Secretos oscuros (Pactos oscuros 3)

Secretos oscuros (Pactos oscuros 3)

Por Alissa Bronte

© inepub.com

Capítulo 1

La isla que no salía en los mapas

Vera

H ay lugares que no deberían existir en los mapas.

No porque sean feos. Ni peligrosos. Ni siquiera porque parezcan arrancados de una postal diseñada por alguien con muy mala idea y demasiado gusto por los acantilados imposibles.

Hay lugares que no deberían existir en los mapas porque, en cuanto los ves, entiendes que todo lo que ocurra allí va a quedarse pegado a tu piel durante mucho tiempo.

La isla aparece bajo el avión como una cicatriz negra en mitad del Atlántico.

Roca volcánica, espuma blanca, laderas cubiertas de un verde furioso y una línea de costa tan abrupta que, por un segundo, me pregunto quién demonios decidió que vivir aquí era una buena idea.

El aparato desciende entre nubes bajas, sacudido por un viento que parece empeñado en devolvernos al continente a base de empujones.

Una mujer dos filas más adelante se santigua.

El niño que va detrás de mí se ríe como si aquello fuera una atracción de feria.

Yo aprieto la libreta contra el pecho y finjo que no se me ha encogido el estómago.

No por miedo a volar. He volado en aviones peores, en países peores, hacia historias peores. Lo que me incomoda es esa sensación de estar llegando tarde a algo que todavía no sé nombrar.

El tren de aterrizaje golpea la pista con un rebote seco. Una maleta cae del compartimento superior. Alguien maldice en portugués o en algo parecido. Yo cierro los ojos un instante, respiro hondo y me recuerdo a mí misma por qué estoy aquí. Un reportaje. Nada más.

Un reportaje sobre la unidad internacional de rescate que opera en la isla de San Elías, un pedazo de tierra inventado por la lava, el viento y la cabezonería humana.

Hace tres días, un temporal partió en dos un pesquero al norte de la isla.

La imagen dio la vuelta al mundo: un helicóptero suspendido sobre un mar negro, un rescatador colgando de un cable y una niña envuelta en una manta térmica, aferrada al cuello de un hombre que no miraba a la cámara.

Ethan Singh Cole. Piloto de rescate. Ex-Gurkha. Héroe accidental, según la prensa británica. Hombre poco dado a conceder entrevistas, según mi editora.

—Y por eso vas tú, Vera —me dijo Claudia, con esa sonrisa suya de «te estoy vendiendo una trampa, pero me quieres demasiado para decir que no»—. Porque tienes el extraño don de conseguir que los hombres difíciles hablen.

—No tengo ese don.

—Tienes peor genio que ellos. Es parecido.

Acepté porque necesitaba trabajar. Porque llevaba demasiadas semanas escribiendo piezas que no me ensuciaban las botas.

Porque una parte de mí, la más idiota, echaba de menos el ruido, la sal, las urgencias y esa clase de historias que empiezan con una pregunta sencilla y terminan abriendo una puerta que nadie quería tocar. El avión se detiene.

Me levanto con el resto de pasajeros y recupero mi mochila del compartimento. Llevo ropa para unos días, dos grabadoras, una cámara pequeña, baterías, libretas, un portátil que amenaza con morir en cuanto huela humedad y una convicción: no he venido a complicarme la vida.

En cuanto bajo la escalerilla y el viento me golpea la cara, esa certeza se ríe de mí.

San Elías huele a sal, gasoil y piedra mojada.

El aeropuerto es poco más que un edificio blanco de una planta, con carteles en tres idiomas, dos cintas de equipaje y una cafetería donde un hombre con bigote sirve café como si estuviera administrando morfina en plena guerra.

Fuera me espera un chófer con mi nombre escrito en un folio doblado.

VERA LUNA.

Ni siquiera han escrito bien mi apellido. Es Luján, pero decido no tomármelo como una señal. Sería ridículo. Aunque lleve un bolígrafo rojo en todos mis viajes porque una vez lo olvidé en Beirut y aquel reportaje salió como el culo.

—Soy yo —digo al hombre.

Él mira el folio, luego me mira a mí, luego otra vez el folio.

—¿Luna?

—Luján.

—Eso he dicho.

No. No lo ha dicho. Pero acabo de aterrizar, tengo sueño y no he venido a pelearme con el primer habitante de la isla. Ya habrá tiempo.

Me lleva hasta una furgoneta gris con el logo de la agencia local de prensa en la puerta. Mientras salimos del aeropuerto, la carretera empieza a descender hacia el puerto en una sucesión de curvas estrechas, muros de piedra y precipicios que aparecen al otro lado de la ventanilla sin previo aviso.

—¿Siempre hay este viento? —pregunto, agarrándome al asidero cuando la furgoneta se ladea un poco.

—No.

Me relajo.

—Hoy sopla flojo.

Lo miro. Él no sonríe. Genial. La isla se abre ante mí como una bestia dormida.

Casas blancas encajadas en laderas imposibles, tejados oscuros, flores rojas creciendo en cualquier grieta, cabras que parecen tener menos miedo a la muerte que la mayoría de políticos que he entrevistado.

A lo lejos, un faro se levanta sobre un promontorio negro.

Más abajo, el puerto viejo aparece protegido por dos brazos de piedra, lleno de barcos pequeños, contenedores, redes, grúas oxidadas y esa actividad nerviosa de los lugares donde todo depende del mar y casi nada de la voluntad humana.

—¿La base de rescate está cerca del puerto?

—Al otro lado —responde el chófer—. En la zona norte. Donde pega el viento de verdad.

Por supuesto.

—¿Conoce a Ethan Singh Cole?

Esta vez sí sonríe, apenas un gesto torcido.

—Todo el mundo conoce a Singh.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Depende de a quién pregunte.

Ahí está. La frase que siempre acaba apareciendo en mis notas antes de que algo deje de ser un reportaje cómodo. Depende de a quién pregunte. Saco la libreta.

—¿Y si le pregunto a usted?

El hombre me dedica una mirada rápida, casi divertida.

—Yo diría que si un día se cae por un acantilado, es mejor que sea él quien venga a buscarla.

—Intentaré no ponerlo a prueba.

—Eso dicen todos.

No sé si está bromeando. En esta isla parece difícil distinguir el humor negro de la información práctica.

Llegamos al pueblo principal veinte minutos después. La furgoneta me deja frente a una pensión azul con contraventanas blancas y un cartel de madera que reza A Casa de Mar. Una mujer redonda, de pelo plateado y ojos vivos, sale a recibirme antes de que pueda tocar la puerta.

—La periodista.

No lo pregunta. Lo sentencia.

—Vera Luján.

—Mara. Aquí todos me llaman Mara, así que usted también.

Me quita la maleta de la mano con una autoridad que no admite protesta y entra en la pensión.

La sigo por un recibidor que huele a limón, café y ropa limpia.

Hay fotografías antiguas en las paredes: barcos, hombres con impermeables, mujeres con pañuelos en la cabeza, niños descalzos sobre rocas negras.

También hay una imagen aérea de la isla enmarcada junto a la escalera. Desde arriba parece un corazón quemado.

—Tiene la habitación tres —me dice Mara—. Da al puerto. Si le molesta el ruido, cierre la ventana. Si le molesta el viento, váyase de la isla.

—Intentaré adaptarme.

—Eso dicen todos.

Empiezo a notar un patrón. Subo a dejar la mochila, me lavo la cara y me miro en el espejo del baño.

Treinta y dos años, ojeras de tres vuelos enlazados, pelo castaño recogido en un moño que ya ha perdido la batalla contra la humedad y cara de mujer que ha prometido demasiadas veces que no volvería a meterse en historias que le robarán el sueño.

—Solo es un reportaje —me digo.

Mi reflejo no parece creerme. A las cuatro tengo la entrevista en la base de rescate. Me queda una hora, así que bajo al comedor, acepto el café que Mara me planta delante sin consultarme y abro el dossier de Ethan Singh Cole por enésima vez.

Hijo de madre nepalí y padre británico. Treinta y cinco años.

Ex-Gurkha. Participó en misiones de seguridad privada y rescate en África junto a equipos internacionales.

Después desaparece durante casi dos años de cualquier registro público claro.

Reaparece en San Elías como parte de una unidad civil de rescate aéreo financiada por una organización humanitaria y por el gobierno local.

En los últimos dieciocho meses ha participado en veintisiete operaciones de evacuación, rescate marítimo y extracción en zonas de difícil acceso.

No concede entrevistas. No posa. No hace declaraciones largas. En todas las fotos aparece igual: sin rostro, buscando el mejor encuadre para que su rostro no se distinga.

En la última imagen del pesquero hundido se le ve de perfil, dentro del helicóptero, con la niña rescatada en brazos. Ella llora contra su cuello. Él mira hacia fuera. No a las cámaras. No al aplauso. Al mar.

Mara deja un plato con pan, queso y algo parecido a mermelada delante de mí.

—Coma.

—No he pedido nada.

—Eso no significa que no lo necesite.

Miro el plato. Luego a ella.

—¿También conoce a Ethan Singh?

Mara suelta un bufido.

—Niña, aquí conocemos hasta los pecados de los muertos.

—Eso suena útil para mi trabajo.

—Y peligroso para su salud.

Sonrío, porque me cae bien. O porque acabo de llegar y todavía soy optimista.

—Solo vengo a escribir sobre un rescate.

—Nadie viene solo a una cosa a San Elías.

La miro con el tenedor a medio camino.

—¿Eso es una advertencia?

—Es una isla. Aquí todo es advertencia.

Antes de que pueda pedirle que desarrolle esa frase maravillosa y absolutamente inútil, suena una sirena a lo lejos. No una alarma estridente, sino un lamento breve que llega desde el puerto y se disuelve entre las casas. Mara ni se inmuta.

—¿Qué ha sido eso?

—Prueba de viento. O aviso. O algún turista que ha decidido hacerse una foto donde no debe.

—¿Y cómo se distingue?

—Si después oye el helicóptero, era lo tercero.

No pasan ni treinta segundos cuando un sonido profundo empieza a crecer sobre el pueblo. Primero un latido lejano. Luego un golpe de aire. Luego el rugido limpio de unas palas cortando el cielo. Salgo a la calle casi sin darme cuenta.