Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 32 La noche de los dientes de piedra
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Capítulo 32 La noche de los dientes de piedra

El clamor de los cuernos MacDonald desgarró la bruma densa de Skye, un bramido grave y depredador que hizo vibrar incluso las lajas de granito bajo mis pies.

Me aferré a la saetera superior de la empalizada, con los dedos entumecidos por el frío helado de la noche, mientras la lluvia gélida se mezclaba con el hollín de las hogueras, cubriéndome el rostro con una película de ceniza y agua sucia.

El asedio no era una escaramuza fronteriza; era el rugido de un ejército decidido a aniquilar la resistencia de los MacLeod.

Desde mi posición elevada, la carnicería se revelaba como una danza macabra de sombras y fuego.

Las hachas de fuego de los atacantes MacDonald impactaban contra la madera de las puertas exteriores, proyectando destellos naranjas que iluminaban los rostros desencajados de los guerreros en el patio.

En medio del caos, la silueta inmensa de Alasdair MacLeod se desplazaba con una ferocidad que desafiaba la razón; su claymore mandoble trazaba arcos letales, cercenando las defensas enemigas con una brutalidad que solo entendía de muerte.

—¡No cedáis ni un palmo de roca! —bramó el Laird, y su voz, desprovista de cualquier clemencia, resonó por encima del estruendo de los escudos redondos al chocar.

Su brazo, a pesar del tajo reciente que goteaba carmesí bajo el jubón de cuero, no flaqueó al desviar el ataque de un asaltante MacKenzie que intentaba flanquearlo.

Sentí una sacudida en el pecho, una contracción física que nada tenía que ver con el frío del granito o el miedo a la saeta que pudiera atravesarme.

Ver al coloso de granito luchar con el torso desgarrado para defender el territorio disolvió los últimos restos de mi orgullo MacKenzie.

Ya no buscaba la fuga, ni planeaba cómo traicionar a mi captor en mitad de la refriega; mi destino estaba encadenado a la supervivencia de su carne herida.

Si Alasdair caía en el lodo, mi vida perdería su única ancla en este mundo de bruma y acero.

—¡Alasdair, a vuestra derecha! —grité, aunque mi voz se perdió entre el fragor del choque metálico de las espadas.

El Laird no me miró, pero su claymore rotó con una maestría letal, partiendo el targe del atacante y arrojándolo al vacío del patio. Mi subconsciente registraba cada movimiento, cada esfuerzo, una dependencia absoluta que me aterrorizaba más que la proximidad de la muerte.

De pronto, un estruendo sordo sacudió los cimientos de la torre.

Los asaltantes MacDonald, utilizando un ariete improvisado de madera, derribaron la puerta lateral de la empalizada.

La barrera de piedra viva fue atravesada; una marea de hombres con el tartán verde caza del clan rival se precipitó hacia el corazón del asentamiento.

El hedor a brea quemada y azufre primitivo de las antorchas se volvió irrespirable.

Bajé de la pasarela con una agilidad desesperada, resbalando sobre la sangre fresca que comenzaba a encharcar el suelo del patio de armas. Cada paso era una batalla contra el entumecimiento de mis manos, que aún conservaban el peso frío del mango de madera del dirk corto que él me había entregado.

Al llegar al umbral del patio, el silencio cayó sobre mi rincón, roto solo por el choque de las espadas en la retaguardia.

Frente a mí, entre la humareda de los techos incendiados, apareció el líder de la facción asaltante.

Era el hombre que había planeado la quema de nuestras cosechas semanas atrás, un veterano de mirada cruel que buscaba a la prisionera MacKenzie con una determinación que helaba el alma.

El MacDonald levantó su espada, manchada de un carmesí denso y viscoso, y me señaló directamente, con un gesto que no admitía dudas.

—¡La loba está desarmada! ¡Cerquen la torre y traedme su cabeza antes de que el Laird pueda arrebatarla de las sombras! —ordenó, mientras sus hombres formaban un círculo de acero alrededor de mi posición, cortando mi única vía de huida hacia el interior del salón.

Me mantuve inmóvil, con el acero del dirk apretado entre mis dedos, mientras el rugido de su ejército se acercaba por el cañón con la fuerza de un alud de piedra.

No iba a entregarme; Alasdair ya había sellado su destino al interponerse ante el arquero, y mi lealtad estaba grabada en su misma sangre sobre la roca ruda de Skye.