Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 33 El clímax del acero y el lodo
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Capítulo 33 El clímax del acero y el lodo

El crujido de las botas del líder MacDonald, pesadas y cubiertas de un cieno negro que dejaban una estela oscura sobre los escalones de piedra, resonó en la escalera de caracol exterior de la torre con la lentitud de una sentencia.

El viento norte ululaba entre las formaciones rocosas puntiagudas de Skye, arrastrando una lluvia helada que lavaba el lodo negro de mi rostro mientras me replegaba hacia el muro asfixiante de la plataforma superior.

Estaba acorralada. La plataforma de piedra viva, empapada por el granizo y la tormenta, se sentía más estrecha con cada segundo que el invasor ascendía.

Desenvainé el dirk corto que Alasdair me había entregado, sintiendo el mango de madera tallada bajo mis dedos entumecidos.

El acero, limpio y aceitado, centelleó bajo la luz plomiza del crepúsculo.

Sostuve la mirada del traidor con un desprecio que quemaba más que el frío hostil de la montaña; me negaba a suplicar clemencia a quien había ordenado quemar mi honor al barro para incriminar a mi linaje.

—Vuestra sangre, MacKenzie, será la ofrenda que apacigüe al desfiladero —siseó el asaltante, levantando su espada ensangrentada sobre su cabeza.

Antes de que el acero descendiera para ejecutarme, una masa física irrumpió desde las sombras del desfiladero inferior, un coloso que ascendió los escalones con una ferocidad que quebró la bruma densa. Alasdair MacLeod se abalanzó sobre el traidor.

Su jubón de cuero estaba desgarrado, dejando ver la carne herida de su torso, pero su autoridad gélida permanecía intacta.

El sonido metálico de su claymore mandoble, una nota de muerte que resonó con un eco macabro en todo el valle, chocó contra la espada del MacDonald, haciendo saltar chispas naranjas en mitad de la oscuridad.

—¡Alejaos de ella! —rugió el Laird, su voz ruda dominando el ulular del viento.

Lucharon sobre la roca ruda, un duelo salvaje donde la técnica se perdió en favor de la pura fuerza bruta.

Sin embargo, la herida en el torso de Alasdair —aquel tajo profundo que goteaba carmesí sobre la piedra— comenzó a traicionarlo.

El MacDonald, viendo la vacilación en la guardia del coloso, descargó un golpe violento contra su flanco, desestabilizándolo y obligándolo a hincar una rodilla sobre el suelo resbaladizo.

El corazón se me detuvo. Vi la espada enemiga alzarse, lista para bajar sobre el cuello descubierto de Alasdair.

El pánico visceral se convirtió en una claridad gélida; mi existencia carecía de sentido si el granito de su pecho dejaba de latir.

Utilicé mi agilidad de fugitiva, abalanzándome por la retaguardia del traidor en el instante crítico.

Hundí el dirk corto en su hombro, buscando el punto donde la cota de malla cedía ante la desesperación.

El MacDonald se tambaleó, soltando el acero de su propia mano, dándole a Alasdair la fracción de segundo necesaria para girar su mandoble y atravesar el pecho de su enemigo.

Ambos cuerpos, el del traidor y el del coloso herido, cayeron entrelazados sobre la turba negra de la plataforma, un peso inerte que me obligó a retroceder contra la piedra fría.

Me precipité hacia ellos, cayendo al suelo, sintiendo la textura caliente del fluido vital de Alasdair manchando mis manos desnudas.

El olor a sangre carmesí derramada se mezcló con el aroma agrio de la tierra empapada, mientras el estruendo de los gritos de guerra MacDonald a lo lejos anunciaba que el asedio definitivo no había hecho más que empezar.

Sostuve la cabeza de Alasdair contra mi regazo, sellando un pacto inquebrantable en la penumbra; nuestra lealtad salvaje había nacido en el lodo, y ninguna fuerza de los clanes podría ya separar nuestros destinos.