Capítulo 31 El presagio de las hogueras
El eco de la declaración de Alasdair aún vibraba en las vigas del salón, pero la realidad de la noche invernal no permitió que el silencio se prolongara.
En el exterior, los centinelas de las torres de vigilancia encendieron las hogueras, una tras otra, hasta que el horizonte de Skye se convirtió en una línea de fuego que recortaba la silueta de los acantilados.
No eran fuegos de campamento; eran el presagio del asedio definitivo.
Un bramido ensordecedor de cuernos de guerra, grave y depredador, desolló la bruma nocturna mientras el gran ejército de los MacDonald, en una alianza profana con los renegados MacKenzie, descendía por los cañones del norte hacia nuestro asentamiento de piedra negra.
Me escabullí del salón antes de que los guerreros comenzaran a distribuir las picas defensivas, guiada por un instinto que mi mente estratega calificaba de suicida: el cobertizo médico.
Allí, el aire estaba saturado por la condensación de los calderos de agua hervida, un vapor blanquecino y denso que se pegaba a la ropa y a la piel.
El cirujano anciano, un hombre de manos temblorosas y ojos vidriosos, apenas podía mantener el ritmo ante el flujo de heridos que entraban cargados en mantas.
Me puse manos a la obra sin pedir permiso; mis dedos, todavía entumecidos por el frío, rescataron de mi morral de cuero las bayas y los tubérculos oscuros de consolida que había recolectado en mis días de fugitiva.
Machaqué las raíces con la piedra más cercana, mezclándolas con turba húmeda y un poco de agua hirviendo, hasta que una pasta negruzca y amarga empezó a desprender ese aroma rancio y terroso que indicaba su eficacia contra la putrefacción.
Trabajé bajo el humo negro de las antorchas, ignorando las miradas de sospecha de los montañeses que esperaban su turno; mi único objetivo era frenar la muerte inminente que acechaba en los jergones.
El chirrido de las maderas de la entrada anunció una presencia que cortó la tensión de la sala.
Alasdair entró en el cobertizo, con la postura tan rígida como el granito de Skye, aunque cada paso le exigía un esfuerzo que le tensaba los músculos de la cara.
La venda de lino grueso que envolvía su torso estaba empapada, y una mancha carmesí, fresca y expansiva, goteaba sobre la lana de su plaid desabrochado.
Se acercó a la mesa de armas del rincón para ajustar las correas de su jubón de cuero endurecido al fuego antes de volver a la línea de batalla.
No pude evitarlo.
El pánico visceral de perder a mi única protección, aquel que juraba que mi vida le pertenecía bajo amenaza, superó el orgullo de mi linaje MacKenzie.
Me acerqué a él, ignorando las protestas de mis pies llagados, y mis manos temblorosas se posaron sobre el cuero endurecido de su pecho, forzándolo a detener sus movimientos.
—El corte se ha abierto —susurré, con el corazón golpeando mis costillas con la misma violencia que el redoble de tambores de guerra en el cañón. —Si salís a la empalizada en este estado, vuestro propio cuerpo os traicionará antes que cualquier acero MacDonald.
Alasdair se quedó inmóvil. Su mirada cortante, una gélida lejanía de ojos granito, se clavó en mi rostro, sosteniéndome en la penumbra del cobertizo mientras el olor a savia amarga y sangre fresca nos envolvía.
En la distancia, un cuerno enemigo volvió a sonar, más cerca, más hambriento.
El Laird apoyó su palma calurosa y rugosa sobre mi nuca, un contacto que se sentía como una marca de fuego en mi piel congelada.
Me atrajo hacia sí, obligándome a sostener su mirada a escasos milímetros, un espacio tan reducido que pude sentir la dureza de sus labios y la irregularidad de su respiración contra la mía.
—Si el granito de Skye va a caer esta noche bajo las antorchas de los cuervos, MacKenzie... —murmuró, y su aliento me ardió en la boca con una intensidad que no admitía negaciones—, caerá rodeando vuestra vida.
Su mano se cerró con firmeza en mi pelo, obligándome a inclinar el rostro, mientras su mirada, una tormenta de posesividad territorial, me despojaba de cualquier rastro de duda política.
Éramos aliados forzosos en una guerra sin cuartel, dos lobos acechados por una jauría mayor, unidos por un lazo de acero que ni la muerte de mi propio linaje podría ya desatar.