Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 30 El tribunal del viento
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Capítulo 30 El tribunal del viento

La luz mortecina del crepúsculo invernal se filtraba por las saeteras superiores del salón, tiñendo las paredes de granito gris oscuro con un color plomo que presagiaba la llegada de la escarcha nocturna.

Permanecí inmóvil ante la gran mesa de roble, sintiendo la textura rugosa del cuero viejo de los mapas bajo mis yemas entumecidas.

Mis manos, aún manchadas por el rastro del cieno seco de las turberas y el hollín de los incendios, delataban mi estancia forzada en el exterior.

A mi alrededor, el aire estaba viciado, saturado por el olor penetrante a brea quemada de las antorchas que desprendían un humo negro y denso hacia las vigas, mezclándose con el sudor amargo de los guerreros corpulentos que poblaban la estancia.

El silencio que reinaba no era de paz, sino de una tensión asfixiante, cargada de la violencia contenida de hombres que consideraban mi estirpe una blasfemia contra su linaje.

Alasdair MacLeod permanecía a mi diestra, erguido a pesar de la herida profunda en su torso, con la mano derecha apoyada pesadamente sobre el pomo de su claymore mandoble.

Su presencia gélida actuaba como un dique contra la hostilidad del consejo, pero los murmullos de los montañeses se tornaban cada vez más agresivos.

—La ley del talión exige una ofrenda, mi Laird —bramó el Chieftain Chisholm, avanzando desde el estrado con el rostro demudado por una furia macabra.

Señaló mi pecho con un dedo huesudo, manchado de la misma sangre que la víspera había regado los páramos.

—Esta MacKenzie ha guiado a nuestros hombres a la muerte en la playa de arena negra.

Su sangre debe purgar la traición antes de que la hambruna diezme nuestro clan.

No podemos permitir que una loba de los páramos se siente entre los nuestros mientras nuestros hermanos agonizan por infecciones en las celdas inferiores.

Sentí el peso de decenas de miradas hostiles clavadas en mi piel rota.

Mi orgullo heráldico se rebeló, obligándome a sostener la vista de los guerreros sin titubear, aunque cada latido de mi corazón contra mi jubón de cuero me recordaba la fragilidad de mi existencia.

Sabía, con una claridad gélida, que si Alasdair cedía ante la presión de su lugarteniente, mi vida terminaría antes de que el sol se ocultara tras los picos.

—El Chieftain habla con el miedo de un hombre que ha visto caer a demasiados guerreros, pero sus ojos no ven más allá del pánico.

—Mi voz, aunque ronca por el humo y el agotamiento, resonó con una firmeza que sorprendió incluso a mis propios oídos—.

Los MacDonald no asaltaron la playa por mi guía; asaltaron la playa porque la frontera este ha sido vendida por los que susurran traiciones en la retaguardia, no por la mujer que habéis mantenido encadenada en la fosa.

Un rugido sordo, una mezcla de insultos y juramentos, brotó de las gargantas de los montañeses. El Chisholm desenvainó su dirk con un siseo metálico que cortó el aire estancado, dando un paso amenazante hacia el estrado.

—¡Es suficiente! —La voz del Laird no fue un grito, sino un trueno bajo y autoritario que obligó a todos los presentes a retroceder.

Alasdair dio un paso al frente, interponiéndose entre el lugarteniente y mi cuerpo con una inmovilidad letal.

Su presencia física anulaba la penumbra del salón; el sudor de los guerreros y el hedor del metal aceitado parecían desvanecerse ante la rigidez de su figura.

Su mano derecha se cerró sobre el mango de su claymore con tal fuerza que los nudillos se le tornaron blancos, una muestra de posesividad territorial que no requería justificaciones públicas ante el linaje.

—El destino de la MacKenzie está sellado bajo mi protección personal, no bajo el tribunal de hombres que temen las sombras en la bruma —declaró el Laird, con una frialdad que heló el sudor en las frentes de sus subordinados.

Con un movimiento pausado, deliberado y cargado de una furia asesina que desbordaba el contrato feudal, Alasdair extrajo su gran mandoble de empuñadura cruzada.

El siseo del acero al abandonar la vaina fue una advertencia definitiva, un sonido que resonó en las paredes de granito y que pareció detener el tiempo mismo.

Levantó el arma con una mano, a pesar del dolor de su hombro herido, y la clavó con un impacto seco, sordo y violento directamente entre los tablones de roble del suelo.

La viga de madera crujió bajo el golpe, haciendo saltar astillas sobre los pies de los ancianos que rodeaban la mesa.

—Mi palabra es ley, y mi acero es vuestro muro —sentenció, manteniendo la mano sobre el arma, haciendo que la vibración del impacto recorriera el suelo y llegara a mis plantas desnudas.

—Cualquiera que intente tocar la piel de esta prisionera, o que exija su sangre para calmar el miedo de su propia cobardía, estará desafiando directamente la hoja de mi claymore.

Que esta brecha en el suelo sea el límite de vuestra sublevación; quien lo cruce, no saldrá de este salón con vida.

El salón quedó sumido en un silencio sepulcral, un vacío absoluto donde solo el silbido del viento del norte se atrevía a colarse por las almenas.

El Laird me miró de soslayo, una mirada gélida y hermética que, no obstante, portaba una posesión salvaje que desarmaba mis defensas.

Había dejado de ser mi captor para convertirse en mi único broquel en mitad de la guerra civil inminente; un pacto de sangre que no se había firmado con tinta, sino con la carne desgarrada y el frío del metal en la roca viva.