Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 29 El retorno de los lobos
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Capítulo 29 El retorno de los lobos

El aire gélido de las tierras altas cortaba mi piel como el filo de una claymore, pero no era el frío lo que me mantenía en vilo, sino la tensión acumulada en el patio de armas.

Las sombras del alba, todavía teñidas por un color plomo opresivo, se alargaban sobre el granito gris oscuro mientras guiaba al Laird hacia la mole de piedra del asentamiento fortificado.

Alasdair se apoyaba en mi hombro con una pesadez inusual, su cuerpo masivo tambaleándose apenas lo suficiente para que los guerreros del linaje no notaran la gravedad de su herida bajo el lino sucio.

Mi vestido estaba hecho jirones, rígido por la capa de lodo seco de la turbera, y cada paso era una punzada sorda que me subía desde los pies llagados hasta el centro del cráneo.

Al entrar en el gran salón de piedra negra, el calor sofocante del fogón central nos golpeó de frente, cargado de un humo espeso que irritaba mis ojos y me impedía respirar.

El ambiente estaba viciado; olía a metal aceitado de armaduras, a sudor rancio de los guerreros que esperaban noticias y a esa mezcla agria de sangre seca que impregnaba el aire desde el asalto de los MacDonald.

Los hombres del clan, hombres corpulentos y hoscos con las cotas de malla rotas, levantaron la vista de sus targes y se apartaron a nuestro paso, murmurando insultos que el viento que se filtraba por las saeteras no alcanzaba a llevarse.

No fuimos a la fosa inferior, ni a la celda de triple cerrojo.

Alasdair, con una autoridad que desafiaba su propia sangre, me arrastró directamente hacia la gran mesa de roble que presidía la sala.

Sobre ella, los mapas de cuero viejo, marcados con las rutas de las incursiones y los pasos de montaña, esperaban ser descifrados bajo la luz mortecina de las antorchas.

—Hablad, MacKenzie —ordenó el Laird, dejando caer su peso sobre la madera con un golpe seco que hizo vibrar las armas apoyadas en el rincón oscuro.

Me obligué a tocar el mapa con mis yemas entumecidas.

La textura rugosa del cuero, fría y húmeda por el clima, era el único anclaje entre la realidad y la carnicería que se cernía sobre Skye.

Señalé con el dedo la grieta profunda que marcaba el paso de la playa de arena negra, un corredor estrecho oculto entre las formaciones rocosas puntiagudas que solo una fugitiva de los páramos se atrevería a cruzar.

—Si marcháis por la línea este, los MacDonald os esperarán con hachas de fuego tras las cornisas —dije, elevando la voz para que incluso los guerreros que aguardaban junto a la chimenea escucharan mi dictamen.

—Esta ruta es la única que vuestros rastreadores desprecian por ser demasiado estrecha para los caballos, pero la bruma del amanecer cubrirá vuestra retirada si usáis la orilla del mar.

—¡Traición! —El grito del Chieftain Chisholm desgarró la atmósfera viciada del salón.

El lugarteniente avanzó con paso pesado, la cara deformada por una hostilidad asfixiante.

—¡La espía MacKenzie está guiando a nuestros hombres hacia una emboscada mortal en la costa!

¡No permitáis que esta mujer decida el destino de la sangre de MacLeod, mi Laird!

El murmullo de sospecha creció, una jauría de lobos decididos a desgarrar mi garganta en cuanto el Laird mostrara la primera fisura.

Mi orgullo heráldico me mantuvo erguida, desafiando la hostilidad social con un silencio despectivo, aunque el pánico a ser ejecutada por la turba se extendía por mi vientre como un veneno sutil.

Mi mente se debatía en una paradoja insoportable: mi salvación estaba ligada al hombre cuya estirpe había intentado aniquilar a la mía.

Si Alasdair caía ante las sospechas de su propia gente, yo no tendría broquel ante el acero del Chieftain.

Alasdair se puso en pie, su inmensidad física anulando la protesta del Chieftain.

Con un movimiento fluido que delataba una maestría militar forjada en la crueldad de las Tierras Altas, desenvainó parcialmente su claymore de dos manos.

El siseo del metal aceitado al deslizarse sobre la vaina fue un sonido cortante, letal, un eco que congeló las exhalaciones de todos los presentes en la sala.

Se interpuso entre Chisholm y mi cuerpo, una barrera de granito y posesividad territorial que no requería justificaciones públicas para imponer su ley.

—La MacKenzie habla bajo mi mandato —declaró el Laird con una frialdad que heló los jirones de mi vestido— y aquel que ose cuestionar su guía, cuestiona mi juicio sobre este consejo de guerra.

El silencio que siguió fue absoluto, denso, cargado de la amenaza de una guerra civil que se libraría en el interior de los mismos muros si alguien osaba cruzar su sombra.

En aquel momento, acepté mi perdición: ya no era una prisionera de guerra, ni un activo estratégico de mi padre; mi lealtad estaba sellada en la intemperie ruda de Skye, ligada irreversiblemente al hombre que prefería enfrentar a su propio clan antes que permitir que los lobos alcanzaran mi cuello.