Capítulo 28 La deuda sellada en acero
El primer hachazo MacDonald partió el aire antes que la madera del marco, una ráfaga de astillas que me rozó el rostro como una lluvia de escamas afiladas.
El guerrero que irrumpió en el habitáculo, con el tartán verde caza de su estirpe manchado de hollín y sangre, levantó su arma con una ferocidad que no buscaba cautivos, sino el fin inmediato de nuestra existencia.
Me obligué a retroceder, hundiendo los talones en la paja sucia, y encajé el dirk que el Laird me había entregado minutos antes en la palma de mi mano.
El metal aceitado vibró con el pulso violento de mi propia sangre.
Alasdair no esperó a que el agresor iniciara el ataque.
Se lanzó desde el jergón con una celeridad que desafió la profundidad de su propia herida, describiendo un arco de muerte con su claymore mandoble.
El siseo del acero al cortar el aire fue seguido por el sonido sordo de la carne siendo abierta y el golpe seco del asaltante contra la pared de turba.
—¡Tras mi espalda! —rugió el Laird, desprovisto de cualquier atisbo de debilidad, con la voz cargada de esa autoridad gélida que dominaba los campos de batalla.
Me deslicé a su espalda, sintiendo el calor abrasador que desprendía su pecho vendado contra mi lino, una barrera de granito vivo que me separaba del caos exterior.
Luchamos espalda contra espalda, engranados en una danza instintiva de supervivencia que borraba los siglos de hostilidad entre nuestros clanes.
—Dos más a la derecha, Laird —le advertí, esquivando el estoque de un MacDonald que se abalanzaba sobre mi flanco con el escudo alzado.
Mi cuerpo respondió antes que mi raciocinio.
Me agaché, sintiendo el silbido del acero sobre mi cabeza, y hundí el dirk corto en el jubón desgastado del asaltante, buscando la hendidura entre su cota de malla y el cuero.
El hombre cayó con un gorgoteo agudo, manchando el suelo de paja con un carmesí denso que comenzó a extenderse como una marea.
Alasdair, inmerso en la carnicería, bloqueó el siguiente golpe con su targe de madera reforzada, haciendo que el impacto resonara en toda la estructura de la cabaña.
Su fuerza bruta, una maza de granito que no admitía réplicas, destrozó las defensas del enemigo con una brutalidad que solo entendía de victoria o aniquilación.
—No os apartéis del hierro —ordenó Alasdair, aunque su respiración comenzaba a salir entrecortada, una señal clara de la pérdida de fluidos que su cuerpo ya no podía contener.
Mis sentidos estaban desbordados por el hedor penetrante a sangre fresca derramada sobre el barro y la brea de las flechas que silbaban a través de las brechas del techo.
El pánico de la muerte inminente, de sentir el acero MacDonald rozando mi piel, se transformó en una furia impotente y salvaje.
Me negaba a morir como un animal acorralado en esta madriguera de turba; mi lealtad a mi estirpe MacKenzie ya no encontraba eco en la masacre que me rodeaba, y en cambio, cada fibra de mi ser se aferraba al hombre que se interponía entre el hacha enemiga y mi garganta.
Una saeta cruzó el hueco de la puerta derribada con un zumbido agudo, buscando el hueco de mi pecho desguarnecido.
Alasdair la registró antes de que yo pudiera siquiera parpadear. Con un movimiento desesperado que desafió la gravedad y el dolor de su tajo abierto, el Laird soltó su escudo y se lanzó hacia mi posición, interponiendo su propio cuerpo en la trayectoria del proyectil.
Escuché el golpe seco. La saeta se hundió en su hombro izquierdo con una violencia que hizo que Alasdair se tambaleara sobre los talones.
—¡Alasdair! —ahogué un grito, sintiendo cómo mi cordura se quebraba ante la visión de su sangre carmesí brotando de inmediato, manchando el jubón oscuro con una mancha negra que se extendía rápidamente bajo la lluvia helada.
El Laird no cedió. Con un gruñido gutural que parecía arrancar la misma roca viva de las profundidades de su pecho, lanzó un golpe ciego con la claymore hacia el asaltante que intentaba rematarlo.
La cabeza del MacDonald rodó por el suelo de paja entre el barro y las astillas, pero Alasdair perdió el equilibrio.
Colapsó de rodillas sobre la turba podrida, con la saeta vibrando profundamente en su carne herida, inerte como una montaña desplomándose en la ventisca.
Me precipité hacia él, rodeando su cuerpo masivo con mis brazos antes de que tocara el suelo.
Su peso, una masa de granito y fuego febril, me obligó a caer también en el lodo, aprisionándome contra el suelo helado mientras sus dedos se aferraban a mi hombro con la última reserva de su posesividad territorial.
—Sujetadme, MacKenzie —susurró con una voz que se apagaba, aunque sus ojos claros mantenían una fijación letal sobre los míos, confundiendo el tormento del metal con la urgencia de su fijación obsesiva.
A lo lejos, el rugido de todo un ejército MacDonald aproximándose por el cañón este anunció que nuestra tregua en el páramo había terminado.
El estruendo de cientos de botas aplastando el brezo rudo confirmaba nuestra perdición; estábamos solos, cercados y con el Laird desangrándose en mis brazos, sellando una deuda de sangre definitiva que cambiaría el curso de la guerra de los clanes para siempre.