Capítulo 22 El pulso del antihéroe
El crujido del marco de roble bajo el peso de Alasdair MacLeod interrumpió de golpe las exhalaciones de los guerreros secundarios que abarrotaban el salón.
Su cuerpo inmenso cabeceó hacia el flanco izquierdo, desestabilizado por la hemorragia que ensangrentaba la camisa de lino liso.
El Chieftain Chisholm avanzó con los brazos estirados, buscando sujetar a su patriarca supremo antes del colapso, pero me interpuse en su línea de tiro con un movimiento felino que anuló la distancia feudal.
—No le toquéis —ordené, clavando mis ojos plomo en las facciones del lugarteniente. —Vuestras palmas toscas solo abrirán más el tajo. Apartaos.
Apoyé mis manos heridas directamente sobre el flanco sano de Alasdair, hundiéndolas bajo la lana ruda del plaid para ofrecerle un punto de apoyo firme.
El contraste térmico me golpeó el pecho; la piel del Laird desprendía un calor febril y abrasador, un fuego de calentura que latía con fuerza bajo las correas de su jubón desgastado.
El antihéroe emitió un gruñido espeso, pero no rechazó la presión de mis palmas.
Guiando su imponente cuerpo con lentitud a través del patio central y los corredores húmedos, lo saqué del escrutinio de la horda, forzando nuestro desplazamiento hacia la penumbra de sus aposentos privados en la torre fortificada.
Entramos en el habitáculo angosto, donde las brasas moribundas de la gran chimenea central apenas proporcionaban una escasa iluminación rojiza que hacía danzar sombras alocadas sobre los muros asfixiantes de granito gris oscuro.
Empujé el tablón de madera con el talón, atrancando el cerrojo de hierro por dentro para decretar nuestro absoluto aislamiento frente al pánico social del patio exterior.
—Salid, MacKenzie —siseó Alasdair entre dientes. Su voz gélida, áspera y directa carecía de la potencia militar de las batallas, pero portaba la misma autoridad innata que no requería alzar el tono para exigir sumisión. —No os he dado permiso... para estar aquí.
—Vuestro consejo de ancianos cree que os vais a desangrar antes del amanecer, mi Laird —le respondí, forzando a mis piernas rígidas a sostener la rueca de mi voluntad, ignorando el dolor de mis plantas llagadas.
—Y vuestro Chieftain ya sostiene vuestro broche circular de plata manchado de rojo carmesí ante la turba.
Si pretendéis que vuestro linaje resista el asedio de los MacDonald, vais a tener que tolerar mis secretos botánicos.
—Ningún... cirujano tocará mi carne —masculló él, tambaleándose hacia la estructura tallada de su lecho rústico, con los dedos nudosos apretando el mango de su dirk largo.
—No soy vuestro cirujano, Alasdair. Soy vuestro cautiverio —le repliqué en un susurro cortante, plantándome frente a su masa física. —Tumbaos antes de que el lodo de vuestro calzado manche las mantas.
Obligué a su cuerpo masivo a recostarse sobre el jergón de paja rancia.
El aire interior se sentía denso, asfixiante y saturado por un olor penetrante a sangre fresca derramada que se mezclaba con el aroma agrio del cieno secándose sobre nuestras ropas rotas.
Con manos firmes que ocultaban el temblor salvaje que me recorría el vientre, tomé la hoja afilada de un cuchillo de la mesa lateral y corté el lino empapado de su camisa.
La tela se había pegado a la incisión con una costra purulenta; al tirar de las hebras, un corte profundo, limpio y macabro se reveló ante mis ojos, cruzando su torso desde la costilla baja hasta la cadera.
Tomé la jarra de barro cocido que contenía el usquebaugh primitivo y vertí el licor fuerte directamente sobre la carne viva.
El aroma alcohólico y amargo inundó el aposento en un segundo.
El licor siseó al desinfectar el tajo. Alasdair ruge entre dientes, hincando la nuca en la madera tallada, mientras los músculos de su abdomen se tensaban con la rigidez del granito de Skye.
En lugar de apartarme para evitar su furia huraña, mantuve mi posición defensiva, presionando un lienzo limpio sobre la hemorragia.
De pronto, sus dedos desnudos y masivos avanzaron por el jergón y aprisionaron mi muslo con una fuerza salvaje, buscando un anclaje físico en medio del tormento.
La presión dolorosa de su mano callosa aplastó las telas finas de mi falda deshilachada, enviando una descarga eléctrica directa hacia mis sienes, una pulsación que mi mente estratega luchó por contener.
Un pensamiento se desató en mi mente en mitad de la penumbra rojiza.
Estaba salvando al hombre que me había encadenado en los desfiladeros, tocando la intimidad de su piel marcada por el acero enemigo, quebrando con mis palmas las líneas de enemistad clara que debían separarnos.
El trasfondo de su dolor destruía su fachada gélida e inalcanzable de patriarca supremo; bajo el hielo de su estricta autoridad latía un pulso primitivo y territorial que me reclamaba de forma exclusiva, transformando mi reclusión forzada en una dependencia absoluta que me aterraba más que las hachas de los MacDonald.
—Aflojad el agarre, MacLeod —le pedí en un hilo de voz ronca, sintiendo la rigidez de sus falanges hundiéndose en mi carne. —Vuestros guerreros secundarios esperan una señal de vida, no un cadáver en la torre norte.
—Mi clan... sabe esperar —susurró el Laird, con los ojos claros color granito fijos en mis facciones, devorándome en un silencio denso. —Terminad vuestro ultraje, escocesa.
Extraje el ungüento botánico de la escudilla, una pasta rugosa de raíces machacadas que desprendía un olor amargo a savia de plantas, y lo apliqué directamente en la incisión abierta.
El contraataque de su fisiología fue inmediato. Alasdair tiró de mi cuerpo hacia abajo con un movimiento rudo, brusco y colmado de un poderío físico que anuló mi escasa resistencia pasiva.
Mis costillas chocaron contra el plano de su pecho herido, dejándome suspendida a un milímetro exacto de sus facciones.
La soga invisible de su atracción se estrechó de forma insoportable en mitad del aislamiento.
El vaho de su respiración entrecortada y febril golpeó mis labios con una ráfaga cálida, mientras sus ojos granito brillaban con una furia contenida que amenazaba con romper las barreras analíticas de su rango.
Sintonizaba el latido salvaje de su corazón golpeando las correas de su armadura de forma desesperada.
En ese instante de proximidad absoluta, sus dedos no se aflojaron de mi muslo; sus ojos, desprovistos de cualquier clemencia cortesana pero encendidos por una pulsación oscura y posesiva, confundieron el tormento de la incisión con un deseo rudo e instintivo que anuló la distancia política entre nuestros apellidos, prometiendo que Skye sería nuestra tumba antes de que yo lograra escapar de su celosa voluntad.