Capítulo 21 El bálsamo de la proscrita
El agua hervida burbujeaba con un sonido espeso y rítmico en el caldero de hierro central, lanzando ráfagas de vapor gris hacia las vigas de roble expuestas del salón.
Aproveché que el Chieftain Chisholm gritaba órdenes a la patrulla de la retaguardia para zafarme del cordón de guardias que custodiaba mi rincón.
Mis pies descalzos, magullados y ensangrentados por las aristas de granito de las jornadas previas, resbalaron sobre la paja rancia del suelo, pero mantuve el paso firme hacia los fuegos comunales.
Nadie me detuvo; el pánico colectivo ante la perspectiva de quedar indefensos frente a otra incursión de los MacDonald había quebrado la ruda disciplina de los montañeses.
Me planté ante los hombres secundarios que flanqueaban el caldero.
—¡Traedme las raíces! —exigí, y mi voz, aunque ronca por el frío hostil del páramo, resonó con una fuerza que hizo pausar los gemidos de los caídos.
—Los tubérculos oscuros de consolida y las bayas que vuestros centinelas pisotearon en la zanja exterior.
Traedlos si no queréis que el fango se trague a la mitad de vuestros guerreros antes del alba.
—¿Qué pretendes, mujer de la bruma? —siseó uno de los custodios, aferrando el pomo de su espada mandoble con una fijeza hostil. —No eres más que carne de traición vendida al barro. ¿Quieres rematar a nuestra gente con tus embelesos celtas?
—Vuestro cirujano anciano solo sabe quebrar el acero contra los huesos y amputar sin gloria —le respondí, sosteniéndole la mirada con un desprecio indómito que desafiaba su superioridad armada.
—Mi propio linaje me desterró, pero sé reconocer la putrefacción de la carne.
Traed el brezo y las raíces rotas si apreciáis vuestro apellido.
Chisholm avanzó desde el estrado, con las franjas oliva de su tartán manchadas de una costra purulenta. Observó mis dedos inflamados y las marcas violáceas de las ligaduras de cuero que aún aprisionaban mis muñecas.
—Dadle los pertrechos —ordenó el Chieftain, y su tono portó la desesperación del colapso militar inminente. —Si la MacKenzie miente, su cabeza pagará el daño de sus palabras antes de que la bruma cubra este desfiladero.
Un guerrero arrojó un hatillo embarrado sobre el tablón de madera basta.
Hundí mis falanges heridas en el vellón sucio, rescatando los tubérculos oscuros que emanaban un aroma amargo de savia rota.
Sentía las sienes latiendo con una pulsación salvaje; sabía que estaba jugando mi última carta ante el linaje enemigo.
Mi supervivencia ya no dependía de una fuga imposible por los riscos de Skye, sino de la estabilidad de este clan hostil; si ellos caían, la horda me despedazaría sin el broquel de la posesividad territorial del Laird.
Machaqué las raíces con presteza, mezclando la pasta rústica con turba limpia y agua hirviendo en una escudilla de piedra maciza.
La textura pastosa y caliente del ungüento se colaba entre las grietas de mis heridas, escociendo con una molestia dolorosa que me obligó a apretar los dientes para no derramar una sola lágrima ante la mirada analítica de la turba.
Me arrodillé junto al jergón de un joven combatiente que deliraba por la calentura, con el torso desgarrado por un hacha MacDonald.
El hedor rancio de la infección abierta me golpeó el pecho, dificultando mi respiración bajo el humo espeso de la brea.
Apliqué el bálsamo directamente sobre la carne viva y purulenta.
Al contacto con el ungüento, el siseo sutil de los tejidos aliviados cortó de golpe los insultos y los murmullos de sospecha que poblaban el salón.
El gemido del muchacho se aplacó, sustituido por una exhalación más pacífica que devolvió una tensa calma a los tablones.
—El fuego bajo está funcionando —susurró un montero secundario, bajando su targe de madera reforzada con clavos de hierro.
—Es una bruja de los bosques —mancilló otro centinela desde la penumbra de las chimeneas, aunque su mano aflojó el agarre del puñal.
Me puse en pie despacio, limpiándome los jugos amargos en el lino grueso de mi falda deshilachada.
Mi orgullo agradecía la hostilidad de sus sospechas; el odio mutuo era un terreno seguro que me alejaba de la peligrosa vulnerabilidad que había experimentado en los aposentos privados de la torre norte.
Sabía que mi tiranía era mi único broquel, y que el contrato feudal que me encadenaba a Skye seguía vigente mientras mantuviera la mente fría frente a su general implacable.
Fue entonces cuando la claridad del fogón central fue anulada por completo. Una sombra inmensa, maciza y rígidamente erguida bloqueó el umbral principal del salón, recortándose contra el frío plomizo del crepúsculo exterior.
Era Alasdair MacLeod.
El Laird se sostenía apenas sobre sus pies descalzos batidos por el lodo, con los hombros masivos encajados contra el marco de madera para no ceder ante la debilidad física.
Su camisa de lino liso venía completamente empapada en una sangre carmesí, un manchón espeso y caliente que nacía en su torso y corría lagrima abajo por las franjas amarillas y negras de su plaid largo, goteando sobre la paja rancia.
Había roto el aislamiento de sus aposentos privados, desatando una corriente de aire helado que hizo danzar las sombras alocadas de las antorchas.
No pronunció una sola frase corta, ni emitió orden alguna a su ejército militar, pero su mirada de granito gélido se clavó directamente en mi pecho con una vigilancia oscura e implacable que me asfixió el aliento.
Sostenía su dirk largo en la mano diestra con una presión dolorosa, manteniendo el acero recto y limpio apuntando hacia el suelo, devorándome en un silencio denso que transmitía la certeza muda de un cazador alerta ante la inminencia de una traición jurada.