Capítulo 20 El hospital de la roca ruda
El chillido de las hachas de fuego se extinguió en el perímetro norte, sustituido por el rumor sordo de la retirada.
Los MacDonald supervivientes huyeron hacia las playas de arena negra occidentales, dejando un rastro de desolación, tablones astillados y paja humeante que flotaba bajo la lluvia helada.
Nadie persiguió a los asaltantes más allá de la empalizada; el patio de armas del asentamiento provisional se transformó de inmediato en un hospital de campaña a la intemperie.
Permanecí de pie junto a los restos del cobertizo destruido, sintiendo el lodo negro estancado secarse sobre mi piel llagada, aprisionada aún por las ligaduras de cuero que cortaban mis muñecas inflamadas.
Los guerreros heridos de los MacLeod regresaron desde los puestos avanzados, arrastrando las piernas sobre las lajas resbaladizas de granito gris oscuro.
Eran hombres corpulentos, montañeses de resistencia legendaria que se quejaban entre dientes, masticando insultos ásperos con la crudeza propia de su estirpe.
Las armas melladas por el uso constante, los jubones de cuero viejo destrozados por los filos y las cotas de malla rotas llenaban el suelo, tiñendo el fango de un carmesí denso que la tormenta no alcanzaba a lavar.
El cirujano anciano del clan estaba colapsado en el centro de la tierra batida; sus manos temblorosas sostenían una sierra oxidada, amputando miembros sin éxito bajo el humo negro y espeso de las antorchas de brea exterior.
El hedor rancio de las infecciones abiertas y el olor penetrante a carne quemada para cauterizar se extendían por el recinto con una rapidez asfixiante, amenazando con diezmar la capacidad militar de la facción antes de que el invierno terminara.
Desde mi rincón oscuro, registré las bajas en absoluto silencio.
Vi a un joven guerrero expirar sobre la paja sucia, con el pecho partido por un hacha MacDonald, mientras sus compañeros dejaban caer sus targes reforzados con clavos de hierro, con los ojos nublados por el desespero.
El pánico social empezaba a quebrar la ruda disciplina del linaje ante la perspectiva de quedar indefensos frente a una nueva incursión fronteriza.
Si esos hombres de armas se desmoronaban, el tablero político se reduciría a cenizas.
Si el Laird moría debido a una infección purulenta, el clan se desmembrará en mil facciones y yo sería ejecutada de inmediato por la horda enfurecida, desprovista del broquel asfixiante de su posesividad territorial.
Mi mente analizó el tablero con una lucidez gótica; mi instinto de supervivencia me empujaba a actuar, transmutando el miedo primitivo en una determinación de hierro.
Sabía qué raíces medicinales botánicas desenterradas en las turberas podían frenar la putrefacción de la carne, pero necesitaba llegar al núcleo de la fortaleza para asegurar mi propio resguardo.
—¡Traed más brea para los fuegos! —bramó un combatiente secundario, arrastrando un cuerpo ensangrentado hacia la chimenea exterior.
—El cirujano no da abasto, Chisholm —respondió un centinela con el vaho de su respiración entrecortado por el frío hostil. —La mitad de la guardia de la retaguardia tiene las cotas de malla hundidas en las costillas. Si los MacKenzie atacan ahora, la roca de Skye será nuestra tumba.
—Callad y apretad el metal —le espetó el Chieftain, avanzando con paso pesado hacia el estrado principal.
Su jubón rústico venía cubierto de una costra purulenta y lodo.
Su mano diestra sostenía algo que relucía bajo la luz plomiza.
Era el broche circular de plata de Alasdair, trabajado con los motivos de los Señores del Granito, pero el metal estaba manchado de un rojo vivo y espeso.
Chisholm se detuvo ante los guerreros secundarios, alzando la pieza de plata para que todo el linaje contemplara el desastre.
—¡Escuchad, hombres de granito! —gritó el Chieftain, haciendo que sus palabras rebotaran en los muros asfixiantes con el presagio oscuro de una desgracia civil.
—El propio Laird se ha encerrado en sus aposentos privados de la torre norte tras recibir una herida profunda de hacha MacDonald en el torso.
¡Se niega a que nadie toque su carne ni aplique el hierro caliente, y ha atrancado el cerrojo por dentro!
El murmullo de la sala se congeló en el acto, cayendo un silencio sepulcral sobre el patio de armas.
Los rostros de los montañeses se tornaron macabros bajo el cielo color plomo; el temor a un vacío de poder inmediato y a quedar descabezados en mitad de la tormenta invernal paralizó los brazos de los guardias.
Nadie osaba desafiar el mandato del patriarca supremo, pero la desesperación colectiva saturó el ambiente con la certeza de un colapso inminente.
Clavé mis ojos en el broche ensangrentado, sintiendo una pulsación salvaje y febril en mis sienes.
Sabía con exactitud la locura que estaba trazando mi monólogo mental; la figura del Laird seguía siendo un misterio de amenaza, un tirano gélido que me reclamaba por una deudas de sangre, pero su abrazo en la fosa era mi único refugio frente a las hachas que exigían mi cabeza.
Me despegué del granito mojado de la pared, forzando a mis piernas rígidas a avanzar entre los heridos, con las muñecas atadas apuntando hacia la escalera de caracol de la torre fortificada.
Iba a cruzar su puerta, iba a quebrar sus leyes de distancia, porque mi sumisión obligada era la única cadena que me mantendría con vida antes de que la próxima ventisca cubriera Skye.