Capítulo 19 El rugido del acero oculto
El fango negro y espeso de la ciénaga aún escurría por los jirones de mi vestido de lino grueso cuando la montura del Laird se encabritó bruscamente en la cresta de la colina elevada.
El contacto febril de sus brazos ásperos, que me habían sostenido contra la rigidez de su jubón de cuero endurecido al fuego, se rompió cuando Alasdair tiró de las riendas con un chasquido rudo y letal.
La comitiva reducida militar apenas alcanzaba el perímetro batido de las primeras cabañas de turba del campamento provisional cuando un bramido ensordecedor de cuernos de guerra rasgó la cortina plomiza de la niebla.
El sonido, un aullido metálico y salvaje que rebotó entre las paredes de granito gris oscuro, detuvo en seco el avance de los jinetes de la vanguardia.
—¡MacDonald! —rugió el Chieftain Chisholm desde la retaguardia, desenvainando su espada con un siseo metálico que erizó los vellos de mi nuca. —¡Los cuervos de la tormenta han cruzado las lajas resbaladizas de la frontera!
El pánico se desató en el patio central de armas en menos de un palmo de tiempo.
Las hachas de fuego de los asaltantes MacDonald rompieron la bruma densa, impactando contra los techos de paja seca que coronaban los muros bastos del asentamiento provisional.
El aire se tiñe de rojo carmesí y de un humo negro espeso que se expandió bajo el cielo color plomo, dificultando la respiración con la rapidez de una plaga.
Los caballos se encabritaban entre el lodo batido y los hombres del linaje MacLeod corrían hacia las empalizadas defensivas sujetando sus targes de madera reforzada con clavos de hierro.
Alasdair desmontó de su caballo de batalla con un ademán pausado y controlado que denotaba que la carnicería inminente no alteraba la rigidez granítica de sus facciones.
Con su mano desnuda, libre del guante de cuero mojado, me aferró del brazo con una presión dolorosa que me obligó a trastabillar sobre las lajas.
Me arrastró con brusquedad hacia el perímetro norte, donde un cobertizo de turba y madera basta permanecía apuntalado entre las dobleces del terreno. Me empujó violentamente hacia el interior asfixiante del habitáculo desprovisto de fogón.
—Quedaos ahí —dictaminó el Laird. Su voz baja, ruda y contundente cayó sobre mi pecho con la fuerza de una losa feudal, sin necesidad de alzar el tono para exigir obediencia absoluta.
—No os mováis si apreciáis vuestro cuello.
Vuestra vida queda bajo mi custodia y no permitiré que el acero de un traidor cobre vuestro apellido en mi presencia.
—¡No soy vuestra propiedad para que me encerréis en una madriguera mientras vuestro linaje se desangra, MacLeod! —le espeté al rostro, obligando a mis labios agrietados a sostener la ironía despectiva, clavando mis ojos plomo en la fijeza analítica de su mirada gélida.
—Mi ley eres tú, escocesa, y tu sumisión es tu única forma de sobrevivir a esta tormenta —susurró él, y el vaho de su aliento rudo rozó mi piel helada antes de atrancar el tablón exterior con un golpe seco.
Me quedé sola en la oscuridad del cobertizo, tiritando de forma violenta mientras el frío hostil de la llanura se colaba por las grietas superiores.
Mis muñecas inflamadas latían con punzadas calientes bajo el nudo apretado de las ligaduras de cuero que limitaban mis movimientos.
Me arrastré hacia la ranura de la puerta de madera basta y pegué el rostro a las hendiduras, ignorando el dolor de mis pies llagados por las piedras sueltas del páramo.
Desde mi reclusión forzada, observé la matanza en tiempo real bajo la luz macilenta que desprendían las estructuras incendiadas.
Alasdair combatía en el centro de la tierra batida como una maza de granito viviente.
Su gran claymore mandoble de dos manos ejecutaba arcos limpios y precisos, decapitando la niebla y quebrando los escudos de los asaltantes occidentales con un sonido metálico espantoso.
Bloqueaba los golpes de las hachas enemigas utilizando su targe, manteniendo una postura rígida e inexpugnable que desafiaba el acoso de los cuervos de la tormenta.
Era una figura hermética y letal, desprovista del código de honor cortesano de las Lowlands, un general que gobernaba la carnicería mediante la fuerza bruta.
Un caos febril se desató en mis pensamientos fluidos mientras contemplaba su poderío físico.
Sé que es el enemigo jurado de mi estirpe, el tirano huraño que me mantiene cautiva para saldar una vieja deuda de sangre, pero la orden áspera de resguardarme en el cobertizo no era un acto de desprecio feudal.
Era un intento primitivo y territorial de preservar mi existencia frente a las hojas enemigas, una fijeza obsesiva por retener lo que ya consideraba de su exclusiva propiedad personal lo que guiaba sus decisiones en mitad del caos.
Ese reconocimiento despertó una pulsación salvaje en mi vientre que me aterrorizó más que el estruendo de las armas; mi cuerpo respondía a su ferocidad protectora con un latido violento que amenazaba con quebrar las líneas de enemistad clara que nos dividían.
De repente, la visual a través de la ranura se obstruyó.
Un grupo de asaltantes MacDonald, con sus mantas hiladas de patrones verdes y azules agitándose entre las chispas, esquivó la línea defensiva de Chisholm en el patio central.
Corrieron directamente hacia el perímetro norte con las hojas en alto y las hachas de fuego listas para reducir el cobertizo a cenizas.
Intenté retroceder hacia la piedra viva del fondo, pero mis piernas débiles flaquearon sobre la paja rancia del suelo.
—¡La MacKenzie está aquí dentro! —bramó una voz salvaje desde el exterior, seguida por el sonido sordo del hierro impactando contra los tablones.
La puerta del cobertizo de hilado fue derribada de un hachazo violento, astillándose en mil pedazos de madera basta a escasos palmos de mi rostro manchado de cieno.
La estructura apuntalada cedió, dejando caer ráfagas de calor sofocante y polvo en suspensión sobre mi cabeza.
La silueta masiva de un guerrero MacDonald sediento de sangre se recortó contra el resplandor de los techos incendiados, alzando su acero recto antes de que yo pudiera desatar el nudo doloroso que aprisionaba mis muñecas heridas.