Capítulo 18 El presagio de las nubes plomo
El fango negro y espeso de la ciénaga protestó con un chasquido pastoso cuando mis pies descalzos tocaron por fin la roca ruda y firme de la colina elevada.
El Laird me depositó sobre el granito gris oscuro sin una sola muestra de cortesía, apartando sus manos masivas de mi cintura con la misma brusquedad con la que me había arrancado de las maderas astilladas del carruaje.
Di un paso en falso, desestabilizada por la rigidez que el aguanieve había impreso en mis articulaciones, pero me negué a caer.
Apoyé la espalda contra el saliente rocoso, sintiendo la rigidez helada de la piedra viva filtrarse a través del lino grueso y deshilachado de mi vestido MacKenzie, que colgaba pegado a mis muslos como una segunda piel de fango.
Ambos estábamos cubiertos de lodo negro de pies a cabeza; el cieno gélido me goteaba por el cabello suelto, resbalaba por mis mejillas ardientes y manchaba las correas del jubón de cuero endurecido al fuego que cubría el masivo pecho de mi captor.
—Quedaos ahí —ordenó Alasdair. Su voz, baja, ruda y carente de toda agitación vulgar, cortó la ventisca con esa autoridad innata que no requería alzar el tono para exigir sumisión absoluta.
—No os he pedido que me saquéis de la turbera, MacLeod —le escupí, obligando a mi mandíbula a no castañetear por el frío hostil que me entumecía los miembros. —Hubiera preferido que el lodo me tragase antes que deberos la existencia a vos o a vuestro linaje envenenador.
El Laird se volvió hacia el desfiladero, ignorando mi provocación con una fijeza gélida que me encendió la rabia en el pecho.
Abajo, en el fondo del valle pantanoso, los gritos de los guerreros rompían el estruendo de la tormenta.
Distinguí la silueta corpulenta del Chieftain ordenando a los hombres que emplearan las cuerdas de las monturas para rescatar los pertrechos y los cargamentos de mantos que la ciénaga seguía succionando con rapidez.
Las hachas de fuego permanecían apagadas bajo la lluvia helada constante, dejando la base del risco sumida en una penumbra plomiza.
—Chisholm se encargará de los caballos —declaró Alasdair, manteniendo la espalda rígida, inmóvil frente al abismo gris. —Vuestra estirpe no encontrará un faro en esta cumbre.
—Vuestro Chieftain parece más preocupado por el cuero viejo de las sillas que por la seguridad de la frontera marítima de Skye —repliqué, entornando los ojos mientras el viento del norte me arrojaba las gotas de lluvia fina contra los labios.
—Los MacLeod no temen las antorchas MacKenzie en la roca ruda —cortó él, y el tono gélido de sus palabras portó la promesa letal de una soberanía que no admitía desafíos. —Callad y Extended los brazos.
—Mis brazos ya cargan con el hierro de vuestras ligaduras, mi Laird —le respondí con una ironía cínica, mostrando las muñecas inflamadas donde las marcas violáceas del cuero rasposo seguían latiendo con una molestia dolorosa bajo el fango seco.
—Un guerrero del granito debe ser muy débil si necesita que permanezca atada en mitad de un desierto de brezo desolado para sentirse seguro.
Alasdair dio un paso rápido hacia mí, reduciendo el escaso espacio feudal a menos de un palmo.
Su presencia indómita bloqueó el horizonte infinito de las islas occidentales, atrapándome entre su masa física y el granito mojado.
El calor sofocante que se transmitía a través de su jubón mojado me golpeó el pecho, provocando un contraste térmico violento con mi piel congelada que me mareó el raciocinio.
El viento del norte ululó con una violencia salvaje entre nuestras ropas empapadas, obligándonos a permanecer a un palmo de distancia, casi pegados, para romper la fuerza de la ventisca que amenazaba con arrojarnos por el precipicio.
Me obligué a sostenerle la mirada, granito a granito, negándome a encogerme o mostrar sumisión ante la fijeza enfermiza con la que registraba cada una de mis respiraciones entrecortadas.
Nos habíamos quedado completamente aislados en lo alto de la cresta granítica, contemplando en silencio la llanura bajo un cielo color plomo encapotado que presagiaba el clímax de la estación invernal.
El clamor de los hombres abajo pareció desvanecerse, apagado por la bruma densa a ras de suelo que ascendía por las dobleces de la colina. Ninguno de los dos volvió a hablar.
Las réplicas afiladas y las palabras de desprecio desaparecieron por completo, sustituidas por un silencio tenso, opresivo y cargado de peligro inminente que se extendió como una soga invisible entre las líneas de nuestros cuerpos heridos.
El aroma metálico de su broche de plata y el olor penetrante a tierra empapada y turba podrida envolvían el espacio cerrado por la niebla, reduciendo mi existencia a la fijeza de su figura hermética.
Alasdair giró la cabeza despacio. Su mirada de granito gélido se clavó en mis ojos, sosteniendo la vista con una inmovilidad absoluta que me congeló las exhalaciones en la garganta.
Su rostro seguía siendo un misterio insondable, una muralla que desafiaba mi orgullo heráldico, pero sus ojos claros destellaban con una furia contenida que amenazaba con quebrar su fachada glacial.
Extendió sus dedos masivos, aún cubiertos por el cuero viejo mojado de sus guantes, y rozó la piel de mi mandíbula.
Una sola gota de lluvia limpia resbaló desde su capuchón, lavando el lodo negro de mi mejilla, dejando un rastro de piel clara expuesto ante su escrutinio analítico.
En ese instante de proximidad absoluta, donde el vaho de nuestros alientos se confundía bajo las nubes plomo, ambos compartimos la certeza muda de que la atracción reprimida que nos consumía era una debilidad peligrosa.
Era una traición jurada a nuestros propios linajes de sangre que estallaría con violencia indómita antes de que la próxima tormenta cubriera la Isla de Skye, transformando mi cautiverio en una fijación obsesiva que el acero de ninguna claymore podría cortar.
—En mis tierras no hay promesas, MacKenzie —susurró Alasdair contra mis labios, y el roce de su aliento rudo y cálido me estremeció el vientre con la certeza de una dominación de la que ya no había escapatoria posible. —Mi ley eres tú.