Capítulo 17 Trampa de brezo
El eco de los pasos de Alasdair MacLeod se desvaneció en lo alto de la escalera de caracol de piedra.
Pasaron las horas en la penumbra de la mazmorra inferior antes de que las pesadas maderas de la puerta se abrieran de nuevo con un quejido áspero.
Dos guardias corpulentos me condujeron a empujones hacia el patio exterior.
Mis miembros, entumecidos por el frío constante del granito gris, protestaron con una rigidez dolorosa ante el maltrato.
Al salir a la superficie, la luz macilenta de la tarde reveló una comitiva reducida militar que aguardaba junto a las empalizadas.
Los guerreros revisaban los aperos de hierro de los caballos bajo un cielo color plomo que presagiaba una tormenta inminente.
El Laird permanecía a lomos de su montura de batalla, con las franjas amarillas y negras de su plaid azotadas por el viento del norte.
Sus facciones eran una muralla hermética que se negaba a reflejar la vigilia de la madrugada anterior.
Con una sola orden contundente, sus hombres me empujaron hacia un carruaje improvisado de madera basta, cuyo suelo de tablones mal encajados crujió bajo mi peso.
Había decidido trasladarme a una torre de vigilancia fronteriza fortificada, un confinamiento más profundo para alejarme del foco de tensiones y murmullos que dividía al campamento principal de Skye.
—Avanzad. No perdáis el paso de la escolta —ordenó el Laird desde su posición elevada, sin mirarme ni una sola vez. Su voz baja y cortante rebotó en los muros de piedra maciza.
—¿Tanto teme el gran Señor del Granito que las antorchas MacKenzie quemen su propio patio que necesita ocultar a su rehén personal en los límites de la isla? —le grité desde los maderos, forzando una ironía despectiva mientras me acomodaba sobre la paja sucia.
—Vuestra lengua se mueve con demasiada presteza para ser carne de traición vendida al barro —siseó el Chieftain Chisholm, espoleando su montura de flanco al carruaje. —Callad si no queréis que el acero de mi dirk os enseñe sumisión antes del ocaso.
Guardé un silencio despectivo, cruzando mis brazos maniatados sobre el lino grueso de mi camisa sucia. No iba a regalarle una sola réplica a su lugarteniente. El carruaje se puso en marcha con un bandazo violento que sacudió mis costillas heridas.
Avanzamos durante kilómetros a través de los páramos desolados bajo una lluvia helada constante que calaba las telas desgastadas de mi vestuario.
El paisaje era una vasta extensión llana y pantanosa, un desierto de brezo rústico salpicado de rocas desnudas donde la orientación resultaba casi imposible.
La bruma densa a ras de suelo se arremolinaba alrededor de las ruedas de madera basta, ocultando los desniveles del terreno.
De repente, el eje del transporte cedió con un crujido espantoso.
Las ruedas del lado izquierdo se hundieron de forma violenta en una pendiente cubierta de brezo rudo.
El suelo lodoso cedió por completo, revelando una turbera traicionera que empezó a tragar la estructura de madera con una rapidez pavorosa.
Los caballos se encabritaron, relinchando con fuerza mientras hundían los cascos en el fango negro, y los jinetes de la guardia gritaron órdenes secas ante el peligro inminente del derrumbe del cargamento.
—¡Sujetad las riendas! ¡La ciénaga está cediendo! —bramó Chisholm desde la retaguardia.
El carruaje se ladeó por completo. La estructura de madera crujió y se astilló con un estrépito sordo, atrapando los jirones de mi vestido de lino entre los tablones rotos y hundiéndome de golpe en el lodo negro y gélido de la charca pantanosa.
El impacto de la tierra fangosa y el agua estancada me cubrió el pecho, cortándome la respiración en un segundo.
Intenté sacar mis brazos para impulsarme hacia la superficie, pero la textura rasposa de las ligaduras de cuero que apresaban mis muñecas inflamadas me impidió cualquier movimiento defensivo, condenándome a hundirme en el brezo podrido.
El fango gélido comenzó a llenarme la boca con un sabor rancio y amargo. Cerré los ojos, sintiendo la rigidez helada de la ciénaga succionando mi piel.
Un chapoteo violento rompió el estruendo de la tormenta. Una silueta inmensa se arrojó desde su montura directamente al cieno podrido, ignorando el peligro de la turbera.
Era el Laird. Alasdair MacLeod usó su fuerza física legendaria para destrozar los listones de madera astillada con sus manos desnudas, abriéndose paso entre los restos del carruaje con una desesperación salvaje.
Sus brazos ásperos, cubiertos por el cuero viejo mojado de sus guantes, rodearon mi cintura con una presión de hierro que me arrancó un gemido ahogado.
Tiró de mi con violencia antes de ser sepultada por completo por la ciénaga, izando mi cuerpo contra el suyo.
El choque rudo de mi lino empapado contra los clavos de hierro de su jubón endurecido al fuego desató una descarga eléctrica en mi vientre, un latido violento que barrió el pánico de morir ahogada.
Me sujetó contra su pecho con una furia contenida que excedía por completo las atenciones debidas a un activo estratégico o a un simple rehén feudal, delatando una fijación enfermiza que su rostro de piedra se negaba a admitir ante su clan.
Sintonizaba la violencia con la que su corazón golpeaba su armadura desgastada mientras la textura pastosa del cieno nos cubría a ambos, suspendidos en una proximidad forzada donde su respiración agitada y ruda golpeó la piel helada de mi cuello empapado en lodo.