Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 16 El pacto del fuego bajo
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Capítulo 16 El pacto del fuego bajo

La luz mortecina del amanecer se filtró sutilmente por la ranura inferior de la puerta de hierro, cortando las tinieblas de la fosa con una línea gris y macilenta.

El sudor pastoso de la calentura se había secado sobre mi piel, disipando finalmente el delirio que me había mantenido suspendida durante la noche, pero el alivio físico me dejó un cuerpo débil y con los miembros rígidos, pesados como el granito que me rodeaba.

Me incorporé sobre el jergón rústico con una dificultad que crispó mis músculos.

La manta con los colores negro y verde pino de los MacLeod resbaló de mis hombros, cayendo de golpe sobre la paja sucia del suelo.

El crujido rompió el silencio de la celda.

Al mirar hacia el frente, registré que la sombra no se había marchado.

Alasdair seguía allí, de pie junto a la abertura estrecha de la entrada, estático como un bloque de piedra negra, contemplando el exterior plomizo a través de la ranura.

Me puse en pie, obligando a mis plantas llagadas a sostener el peso de mi orgullo herido.

Di dos pasos cortos, deteniéndome en mitad del habitáculo asfixiante mientras el aire estancado y frío salía de mi boca en forma de un vaho blanquecino.

Su imponente presencia física seguía dominando el recinto, pero la humillación de haber aceptado su amparo en la oscuridad encendió una rabia indómita en mi pecho.

—¿No os basta con maniatarme en los desfiladeros, MacLeod, que necesitáis infundir el pánico velando mi sueño en la oscuridad de una fosa? —le confronté con voz ronca, hiriendo la quietud con mis palabras.

El Laird no desvió la vista del exterior gris.

Permaneció de espaldas, con los hombros masivos recortados contra la luz macilenta.

Su lenguaje corporal expresaba una indiferencia glacial que encendió aún más mi desprecio.

Hizo un ademán pausado con la cabeza, un gesto sutil de sus facciones que pareció enterrar mi pregunta en el barro del desfiladero.

—Vuestro linaje avanza por el este —respondió, y su tono bajo, rudo y contundente cayó en la celda con la rigidez de una orden militar, desprovisto de cualquier modismo cortesano. —Las antorchas de los MacKenzie no cruzarán los acantilados de Skye.

—Entonces cumplid vuestro contrato político y entregadme a vuestro consejo de ancianos si tanto os urge cobrar vuestras deudas de sangre —le espeté, dando un paso más hacia su posición, sintiendo el calor febril que su presencia irradiaba a pesar de la helada del corredor.

—Confesad ante este patio por qué un Laird implacable rompe las costumbres herméticas de su estirpe para custodiar a una prisionera de la que sospecha.

Hablad, o es que vuestro metal aceitado solo es fiero cuando vuestro Chieftain sostiene la soga.

Alasdair intentó esquivar mi réplica afilada, girando levemente el torso hacia la saetera con una parsimonia que denotaba que mi presencia no alteraba su control absoluto.

Frente a su movimiento defensivo, guardé un silencio despectivo, cruzando mis brazos amarrados sobre el lino grueso de mi camisa sucia, despojándolo de cualquier respuesta fácil, desafiando su estricta autoridad feudal con la fijeza de mis ojos plomo.

El héroe se volvió despacio. Su figura masiva redujo la escasa distancia que nos separaba, obligándome a inclinar sutilmente la cabeza hacia atrás bajo el techo bajo de piedra.

Su mirada cortante de ojos claros color granito se clavó en mi pecho con una fijeza que me cortó la exhalación.

Al hablar, su tono recuperó la autoridad letal que no requería alzar la voz para hacerse obedecer ante sus subordinados armados.

—No permitirse que una simple calentura destruya lo que me pertenece por derecho de incursión, escocesa —me aclaró de forma directa, y el vaho de su aliento rudo rozó mi piel congelada con un contraste térmico violento.

—Vuestra carne es el activo estratégico que mi linaje reclama para resarcir la cebada quemada, y no entregaré vuestros despojos a la tierra antes de pagar el daño de vuestro apellido ante las leyes de las Highlands.

Sellaré vuestro cautiverio con el hierro si es necesario, pero vuestra sumisión se ejecutará bajo mis órdenes, no bajo el delirio de la fiebre.

Agradecí la dureza de sus palabras directas en mi fuero interno. Ese desprecio rústico destruyó la peligrosa vulnerabilidad de la noche anterior, devolviéndome al terreno seguro del odio mutuo y los prejuicios de casta que nos dividían.

Mi orgullo herido se aferró a la crueldad de su tono como a un escudo de granito; era mejor enfrentar al tirano implacable que recordar el calor reconfortante de su plaid cubriendo mi fiebre en la oscuridad.

Sin embargo, la fijeza con la que sus ojos claros registraban cada una de mis exhalaciones delataba un pulso salvaje y pecaminoso que latía bajo el jubón de cuero; el contrato feudal ya no resultaba suficiente para contener la atracción ruda y la fijación obsesiva que amenazaba con devorar nuestra resistencia pasiva en mitad del invierno.

Alasdair avanzó un paso rápido, reduciendo la varilla de espacio a un milímetro.

Se agachó con un movimiento pausado, recogió su manta de lana gruesa y estampada del suelo de un tirón brusco, provocando que el polvo en suspensión del jergón flotara entre nosotros.

Se ciñó la manta sobre el hombro izquierdo, encajándola con el broche circular de plata que despidió un destello frío bajo la claridad macilenta.

Antes de cruzar el umbral de hierro, se detuvo de perfil, bloqueando la ranura de la luz con su silueta indómita. Clavó sus ojos color granito directamente en mi cuello, manteniendo una inmovilidad letal que asfixió el aire de la fosa.

—En mis tierras no hay promesas para las fugitivas, MacKenzie, solo la certeza de que nadie tocará vuestra vida sin mi orden —me advirtió con un susurro áspero, sordo y colmado de un presagio oscuro que hizo vibrar las lajas de granito.

—Cruzar la frontera de mi clan significa aceptar mis leyes, y desde esta madrugada, mi ley eres tú.

Escuché el sordo rechinar de sus botas alejándose por la escalera de caracol de piedra, seguido por el prolongado arrastre del cerrojo exterior que me sepultó de nuevo en el aislamiento de la torre norte.