Capítulo 15 Una grieta en la piedra negra
El eco metálico del portazo del portón de hierro vibró en las paredes de la fosa inferior con una sacudida que pareció remover la misma base de la roca viva.
El sonido terminó por apagarse en el corredor, dejándome a oscuras, atrapada en una negrura tan densa que borraba los límites del suelo.
Apoyé la espalda contra el bloque de granito gris oscuro, pero la piedra estaba empapada y el frío constante caló las costillas desguarnecidas a través del lino tosco de mi vestido remendado.
Empecé a tiritar de forma violenta, una vibración ruda que me sacudía los hombros y hacía chocar mis dientes con un golpeteo que rompía la quietud de la mazmorra.
Mis muñecas, inflamadas y marcadas por la soga de cuero, latían con punzadas calientes cada vez que rozaban la paja rancia del jergón.
El invierno golpeaba con saña las Highlands más allá de la empalizada superior, y en este sumidero sin ventanas el aire se sentía tan congelado que cada exhalación dolía.
Pasé las primeras horas de la noche sumida en un estado febril.
La calentura me encendía las mejillas, tiñéndolas de un calor pastoso que contrastaba con la rigidez helada de mis pies descalzos. El pecho me pesaba, sometido a una opresión que me impedía respirar con normalidad, obligándome a tomar el aire a bocanadas entrecortadas.
A lo lejos, el rugido de los truenos de una tormenta invernal azotaba los acantilados escarpados de Skye, y la condensación goteaba por los muros de piedra, dejando un rastro salobre en mis dedos.
¿Iba a morir aquí, convertida en el despojo proscrito de una estirpe que me había vendido al barro?
Mi antiguo apellido avanzaba con hachas de fuego por la frontera, considerándome una espía, mientras el Laird levantaba sus defensas provisionales para contenerme en su red.
Odiaba las cadenas de los MacLeod, odiaba el cinismo letal de su control, pero mi orgullo MacKenzie se negaba a dejarme caer de rodillas en la suciedad de la fosa.
Cerca de la medianoche, un sonido sordo quebró el silencio sepulcral de las lajas.
Los pasos pesados y pausados de un hombre comenzaron a bajar los peldaños de la escalera de caracol.
Reconocí la cadencia deliberada antes de ver la luz; era el andar de la inmensidad física que gobernaba el asentamiento.
El cerrojo de hierro crujió al desarmarse con un chasquido metálico que me hizo contraer los músculos del abdomen. La puerta de madera basta se abrió despacio y una silueta imponente bloqueó el umbral, reduciendo el espacio de la celda a la nada.
Era Alasdair.
El patriarca supremo entró solo, sin la retaguardia de sus guerreros secundarios, quebrando las leyes de distancia y las costumbres herméticas de su propio linaje al descender a la fosa de una prisionera.
En la mano diestra sostenía una antorcha impregnada de brea que desprendía un humo negro, espeso y rancio que se extendió bajo el techo bajo, haciendo llorar los ojos en un segundo.
Sus ojos claros se clavaron en mi figura agazapada, fijos como el filo de una claymore, devorándome en una quietud que congeló mi exhalación.
—Seguís despierta, MacKenzie —dictaminó Alasdair. Su voz baja, ruda y contundente portaba el peso de una autoridad innata que no requería alzar el tono para exigir sumisión.
—El granito de vuestra torre no es un lecho noble, Laird MacLeod —le respondí, forzando a mis labios secos a sostener una ironía despectiva, aunque el pecho me ardía por la fiebre. —Vuestras leyes de hierro no aplacan las quemaduras de la calentura.
—Vuestra sangre pagará el daño de vuestro linaje antes de que la bruma cubra Skye, pero vuestra carne me pertenece hasta que yo mismo decida el precio —replicó él con frases cortas y directas, ignorando mi insolencia con un ademán corporal.
El Laird avanzó dos pasos sobre la paja sucia, reduciendo la escasa distancia feudal que nos separaba.
Registré la anchura imponente de sus hombros y las cicatrices precisas del cuero viejo de su jubón en la penumbra rojiza de las llamas.
No traía cuerdas nuevas, ni armas de interrogatorio, ni el látigo que el Chisholm exigía en el patio de armas.
Se detuvo junto a mi jergón rústico, desabrochó su broche circular de plata con movimientos lentos y controlados, y se despojó de su propio plaid de lana gruesa y estampada con el tartán negro y verde pino.
Con un movimiento firme, preciso y medido, extendió la manta ovina y me cubrió con ella, envolviendo mis miembros tiritante bajo el peso de su estirpe.
—No os he pedido vuestro abrigo, MacLeod —susurré, encajando los hombros contra la roca ruda, intentando apartar la lana con mis manos entumecidas, aunque el contacto me alivió el dolor del frío hostil.
—No os he pedido vuestro consentimiento, escocesa —fue la única réplica del antihéroe, manteniendo su tono gélido e implacable mientras ajustaba el manto sobre mi cuello desguarnecido.
—En mis tierras no hay promesas para las fugitivas; conservad la manta si no queréis que el fango os trague antes del alba.
Se apartó sutilmente, pero no regresó a la puerta de hierro.
Con una parsimonia letal, el Laird se sentó directamente sobre el suelo de granito frío, apoyando su espalda maciza contra el muro asfixiante de la celda, a escasos palmos de mi cabeza.
Dejó la antorcha encajada en una ranura de la pared, permitiendo que las sombras alocadas tiñeran nuestras pieles de rojo.
Un caos febril se desató mitad del delirio de la fiebre. El calor reconfortante y rústico de su manta de lana me aliviaba la tiritona, pero la seguridad ruda que transmitía su silueta velando mi sueño me atormentaba las líneas de enemistad clara.
No debía aceptar el amparo del tirano que pretendía destruir mi apellido para saldar una deuda de sangre, pero la proximidad física forzada con su cuerpo despertaba una pulsación salvaje en mi vientre que mi instinto de supervivencia no podía aplastar.
Sentí el contraste térmico violento entre mi lino liso y la cercanía de su cuerpo; el vaho de nuestros alientos se confundía bajo el techo bajo de piedra, tejiendo un lazo invisible que nublaba mi cordura.
—Regresad con vuestro ejército militar, Alasdair —le provoqué en un gemido ronco, clavando los ojos en el plano de sus facciones herméticas. —Vuestros hombres os esperan junto a los fuegos del patio.
Alasdair no emitió una sola respuesta verbal, asumiendo una inmovilidad absoluta que desafiaba mi resistencia.
Cerró los ojos claros y cruzó los brazos sobre su jubón, permaneciendo suspendido en un silencio denso y macabro que dominó todas las horas de la madrugada.
Su vigilia muda se transformó en un misterio insondable en la oscuridad de Skye.
Se quedó allí, velando mi respiración entrecortada y febril sin tocarme, quebrando con su mirada la fachada gélida de su rango, demostrando la incapacidad de un cazador para apartarse de su propiedad exclusiva, atándome a su presencia letal hasta que la primera luz plomiza del amanecer comenzó a disipar las sombras de la fosa.