Capítulo 14 Sombras sobre el tartán
El estruendo lejano de un cuerno de caza desgarró la densa niebla del este, rompiendo de golpe el tormento helado que nos mantenía suspendidos junto a la colina.
La vibración del sonido viajó por la roca ruda, devolviéndome de golpe la noción del peligro que acechaba en los páramos exteriores.
La presión de sus brazos de hierro se desvaneció de inmediato cuando Alasdair me soltó de forma abrupta, privándome del calor febril de su cuerpo de un modo tan violento que mi espalda chocó de nuevo contra el granito gris oscuro.
Di un paso en falso sobre el cieno negro, jadeando por recuperar el aire que su cercanía me había arrebatado, mientras mis dedos heridos buscaban un apoyo en la piedra mojada.
El Laird no me miró para comprobar si me sostenía.
Se ciñó el jubón de cuero endurecido al fuego con un movimiento pausado y limpio, fijando la vista clara en la cresta de la loma.
Su rostro había recuperado la fachada hermética de estratega calculador, borrando cualquier vestigio de la entrega ruda de los últimos minutos.
—El campamento está alerta. Camina —dictaminó con una concisión gélida, dándose la vuelta sin esperar mi réplica.
—¿Os asusta un cuerno en vuestro territorio proscrito, MacLeod? —le provoqué, forzando una ironía despectiva mientras me apresuraba a seguir sus pasos pesados para que la soga de mis muñecas no volviera a tironear de mi carne inflamada.
—Ahorrad el aliento para los muros, MacKenzie —replicó él, sin aminorar la marcha militar de sus botas sobre el brezo rústico. —Vuestra lengua pagará el daño de vuestras palabras si mis centinelas encuentran razones para usar el acero.
Narro el suplicio de cruzar el patio interior bajo un ocaso invernal que caía con rapidez sobre los acantilados.
El viento del norte ululaba entre las almenas defensivas, arrastrando las cenizas grises de las hogueras exteriores directamente hacia el recinto, enturbiando el aire y saturándolo de un hollín espeso que hacía llorar los ojos.
Al entrar en el patio de armas de piedra resbaladiza, el tumulto social me rodeó como una jauría hambrienta.
Los guerreros del linaje, corpulentos y con las cotas de malla desgastadas por las escaramuzas fronterizas, se agolpaban en desorden alrededor de un jinete secundario que acababa de irrumpir en el campamento.
La montura del mensajero jadeaba, cubierta por una capa gruesa de sudor agrio y lodo negro de las turberas, delatando una cabalgata al límite de la resistencia animal.
Me mantuve firme a la izquierda del Laird, cruzando mis brazos amarrados sobre el lino grueso para disimular el temblor que la debilidad física provocaba en mis miembros.
La hostilidad social asfixiante de todo el clan se volcó sobre mi figura en cuanto registraron mi presencia; los murmullos de sospecha se transformaron en insultos abiertos que salpicaban la paja rancia del suelo.
—¡Traición! —bramó el Chisholm, avanzando desde el estrado con el rostro demudado por una furia macabra. —Las partidas de guerra de los MacKenzie han cruzado el riachuelo este. Se mueven con antorchas y hachas de fuego por toda la frontera de Skye, buscando el rastro de la envenenadora.
El mensajero desmontó exhausto, hincando una rodilla en el fango batido antes de exponer las novedades ante el consejo de ancianos.
—Están quemando los puestos avanzados, mi Laird —informó el jinete, con el aliento entrecortado cortando el aire plomizo. —Exigen la devolución de la cautiva o reducirán a cenizas cada cabaña de turba que encuentren a su paso.
—Esa maldita ha servido de faro para los invasores —rugió el Chieftain, desenvainando la hoja recta de su puñal con un siseo metálico que congeló el murmullo de la sala.
Su brazo apuntó directamente a mi pecho.
—Exijo su cabeza inmediata, Alasdair. Debemos arrojar sus despojos a la frontera este antes de que la bruma cubra este desfiladero, o el invierno nos encontrará desangrados frente a su estirpe.
Mi antiguo apellido avanzaba con acero para rescatarme o para ejecutarme por la falsa acusación de espionaje, cobrando una venganza civil que yo no había provocado, mientras que mi captor implacable levantaba sus defensas provisionales para retenerme en su fosa.
Me encontré sola entre lobos jurados, sintiendo el peso del aislamiento feudal y la inminencia de una batalla armada, pero mi orgullo herido me impidió suplicar clemencia o encogerme ante el puñal de Chisholm.
Enderecé los hombros, clavando mis ojos plomo en el estrado.
—Vuestro Chieftain tiembla rápido ante el avance de las antorchas, MacLeod —le dije al Laird en un susurro cargado de ironía cínica, desafiando la distancia que nos separaba.
—Vuestra autoridad del granito debe de ser muy escasa si vuestros hombres necesitan mi sangre para calmar el miedo de sus guerreros.
Alasdair MacLeod no alteró el control absoluto de sus facciones ante mi insolencia indómita. Dio un paso corto hacia el centro del patio batido por el viento helado, interponiendo la inmensidad de su silueta entre el cuchillo de su lugarteniente y mi cuerpo desguarnecido.
Alzó la mano diestra con un ademán pausado, medido y colmado de una fuerza sorda que no requirió alzar la voz para hacerse obedecer. El murmullo de los guerreros secundarios se extinguió en el acto, cayendo un silencio sepulcral sobre las lajas resbaladizas.
—El Chisholm no dicta sentencias en Skye bajo mi mandato —declaró el Laird, y su tono gélido y directo rebotó en los muros de piedra maciza con la rigidez de una ley inalterable.
—La MacKenzie es mi prisionera personal para saldar una deuda de sangre, y ninguna hoja tocará lo que me pertenece por derecho de herencia.
—¡Nos llevarán a la extinción por defender a una espía! —desafió el Chieftain, sosteniendo el pomo de su arma con una hostilidad asfixiante.
—La fortaleza resistirá el asedio antes de que yo entregue un solo activo de mi propiedad, Chisholm —replicó Alasdair, y la línea rígida de su mandíbula delató que no admitiría más insubordinaciones feudales.
Se volvió hacia la guardia de la retaguardia con órdenes concisas.
—Llevadla de regreso a la estructura de la torre norte.
Confinadla bajo triple cerrojo en la celda más profunda y desposeedla de cualquier contacto exterior o alimento hasta que yo mismo baje a la fosa.
El giro de sus palabras me despojó de toda ventaja, pero la fijeza territorial con la que pronunció la orden reveló que prefería enfrentar una guerra civil antes que ceder a las demandas de su propio ejército militar.
Dos guardias avanzaron de inmediato, aferrando mis muñecas inflamadas con una presión dolorosa que me obligó a trastabillar hacia las escaleras de caracol de piedra.
Antes de que me arrastraran hacia la penumbra de las mazmorras inferiores, obligué a mi cuello a girar, buscando su silueta desde la bajada del corredor.
Alcé la vista.
Los ojos claros del Laird se clavaron en los míos desde lo alto del estrado de granito, sosteniendo la vista con una mirada que me quemó la piel del pecho.
Sus facciones reflejaban un conflicto interno de gran intensidad; sus órdenes dictaban reclusión áspera y aislamiento en la fosa, pero la posesividad salvaje y territorial con la que vigilaba mi retirada demostraba que había dejado de ser un simple peón estratégico de los clanes para convertirme en una fijación indómita que defendería con el acero de su propia claymore ante cualquiera que osara disputar su propiedad exclusiva.