Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 13 El veneno del orgullo
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Capítulo 13 El veneno del orgullo

La aspereza del granito gris me mordió los omóplatos a través de la camisa de lino, recordándome que la llanura desolada no perdonaba los errores.

Permanecí atrapada bajo el peso de la presencia del Laird, sintiendo la presión implacable de sus brazos de hierro bloqueando mis costados contra la roca ruda, impidiéndome cualquier amago de retirada.

La ciénaga cercana exhalaba su aliento de brezo podrido, mientras el viento del norte ululaba con fuerza entre las grietas de la piedra viva, agitando los helechos empapados que nos rodeaban.

Tenía las muñecas inflamadas por las sogas anteriores, y el roce del lodo seco sobre mis dedos abiertos enviaba punzadas de fuego directo hacia mis brazos.

Sin embargo, ver mis raíces medicinales pisoteadas en el cieno encendió una rabia feroz que consumió el rastro de mi debilidad física.

Su cercanía física forzada era asfixiante, una masa de cuero y metal aceitado que reducía el aire a una exhalación compartida.

—¿Es este el gran triunfo de los Señores del Granito? —le solté, obligando a mi voz a sonar cortante, firme como el acero, clavando mis ojos plomo en la penumbra de su mirada gélida. —Cazar a una fugitiva desarmada en las zanjas y llamarlo justicia de los clanes.

Alasdair MacLeod no aflojó la presión de su cuerpo. El vaho gélido de su respiración golpeó mis mejillas, mezclándose con el mío bajo el cielo plomo de Skye.

—Una envenenadora MacKenzie oculta raíces entre sus ropajes antes de enfrentar al patriarca supremo —replicó él. Su tono bajo, gélido y directo cayó sobre mi rostro con la rigidez de una orden militar. —No hay honor en tolerar la ponzoña en mis fronteras.

—No son veneno, Laird huraño, sino bálsamos que vuestra ignorancia confunde con conjuros —le aseguré, sosteniendo su fijeza con un desprecio indómito que desafiaba su jerarquía feudal.

—Utilizáis las calumnias de vuestros guardias porque vuestro linaje carece del verdadero código de honor de las Highlands si necesita encadenar a una mujer herida para proteger sus pasos.

Vuestra fachada glacial no es más que el miedo cobarde de un jefe que tiembla ante los secretos de los páramos.

—Medid vuestras réplicas, escocesa —advirtió él, y sus dedos nudosos se apoyaron con más firmeza contra el bloque mojado, rompiendo el musgo espeso que cubría el flanco de la colina.

—¿O si no qué, MacLeod? —Utilicé una ironía cínica, forzando a mi cuerpo a buscar el plano de su pecho, sintiendo el calor sofocante que irradiaba su jubón de cuero endurecido al fuego en mitad de la helada.

—Vuestra propia espada guarda las palabras porque teméis la verdad.

No eres más que un tirano que necesita siervas que agachen la cabeza en el patio de armas para simular un poderío que la Corona inglesa os está arrebatando en las Lowlands.

Las facciones de Alasdair se tensaron de forma macabra en mitad de la niebla densa.

Una línea rígida, blanca por la fuerza de la contracción, cruzó su mandíbula, y sus falanges enguantadas se clavaron con tanta violencia en las aristas del granito que el sonido del musgo desgarrándose resultó nítido en el desfiladero.

Mi réplica afilada había calado hondo, hiriendo el orgullo del jefe supremo delante del páramo.

Sentí la vibración sorda de sus músculos tensándose bajo la armadura desgastada, una rigidez granítica que amenazaba con aplastar mi existencia de proscrita con un solo ademán de su fuerza física.

Mis pulsaciones se aceleraron de un modo febril, una sacudida carnal que me oprimía el pecho y me impedía respirar con normalidad.

Sé que mi insolencia era una locura letal, una provocación que justificaba mi exterminio inmediato bajo las leyes de la intemperie, pero la estrecha distancia entre nuestras bocas despertaba una pulsación salvaje en mi vientre que no podía dominar; una dependencia involuntaria de su peso corporal que mutaba mi odio celta en una necesidad primitiva de que rompiera su control analítico y reclamara mi piel.

Su rostro permanecía hermético, inaccesible como el asentamiento fortificado que gobernaba, devorándome en un silencio denso que congelaba las gotas de lluvia fina sobre mis pestañas.

El Laird redujo el escaso espacio que nos separaba, eliminando la varilla de aire que nos protegía del desastre.

Me atrapó con una inmovilidad letal, aplastando mi lino liso contra la rigidez de su jubón rústico hasta que los clavos de hierro marcaron mi pecho.

Sus labios se detuvieron a un milímetro exacto de los míos, cortando mi exhalación por completo, transformando la distancia en un tormento gélido donde el roce de su aliento rudo portó la certeza de una posesión salvaje.

—Vuestro orgullo chocará contra mi acero hasta que entiendas que la sumisión es tu única forma de sobrevivir al invierno, MacKenzie —me exhaló a la boca, con un susurro bajo, cortante e implacable que hizo vibrar la roca desprovista de clemencia.

—Tu sangre pagará el daño de tus palabras antes de que la bruma cubra este desfiladero si vuelves a desafiar las leyes de mi clan.