Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 12 Secretos en la raíz
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Capítulo 12 Secretos en la raíz

La luz mortecina del alba se filtró pálida por la aspereza de los tablones del cobertizo.

El eco de las nueces de hielo que la granizada de la tarde anterior había descargado sobre los techos de paja había cesado, dejando tras de sí un silencio denso, cargado del presagio de la nieve inminente.

Mis dedos, agrietados por el hilo áspero y las fibras de la víspera, se sentían rígidos, entumecidos por el frío que persistía en mis costillas.

Chisholm no tardó en abrir el cerrojo rústico, haciéndome una seña seca para que saliera del habitáculo.

Se me permitió avanzar bajo la niebla matutina con el único propósito de recolectar brezo rudo para mullir los jergones del salón, pero no se me concedió la libertad de moverme sin vigilancia.

Dos montañeses corpulentos caminaron pegados a mis flancos, bloqueando cualquier amago de escape con la presencia masiva de sus jubones de cuero.

Iban armados con sus targes de madera reforzada con clavos de hierro, cuyos cantos metálicos chocaban con un tintineo regular contra las empuñaduras de sus espadas mandobles.

Mi vestido de lino grueso, rasgado en el dobladillo por los espinos del desfiladero, pesaba debido a la humedad del amanecer escocés.

—No os separéis de la senda, MacKenzie —bramó el guardia de la derecha, apartando un helecho empapado con el borde de su escudo rústico. —El páramo es traicionero para las fugitivas que no conocen la roca viva.

—Conozco la tierra mejor que vuestros rastreadores, MacLeod —le respondí, forzando un tono que no delatara la opresión de mi pecho. —La bruma no borra el camino para quien sabe escuchar el suelo.

—Vuestra lengua se mueve con demasiada presteza para ser una prisionera —siseó el segundo custodio, acomodándose el plaid verde pino sobre el hombro. —Haced vuestra labor militar y callad.

Me agaché de inmediato sobre el brezo rústico, usando la tarea como una pantalla silenciosa para desviar mis pasos. Con movimientos lentos, me desvíe sutilmente hacia las zanjas oscuras de las turberas, donde el agua de las tormentas se estancaba en charcas negras.

Hundí las manos directamente en el fango gélido, ignorando el dolor de mis heridas abiertas al contacto con el lodo podrido.

Mis dedos buscaron a ciegas los tubérculos oscuros de las raíces tradicionales de consolida y las bayas extrañas que crecían ocultas bajo las piedras desnudas.

Las arranqué con un tirón seco, sintiendo la savia amarga brotar de los tallos rotos y mezclarse con la tierra de mis uñas.

Si pretendía sobrevivir al cautiverio y sanar las marcas violáceas de mis muñecas, esos jugos medicinales eran mi única certeza en mitad de la intemperie hostil.

Deslicé las raíces con presteza entre los pliegues húmedos de mi camisa de lino liso, ocultándolas de la fijeza analítica de mis custodios. Sin embargo, el crujido del barro delató mi maniobra clandestina.

—¡Deteneos ahí! —bramó el primer montañés, abalanzándose sobre mí antes de que pudiera cubrir la tela.

Los dos guardias me asaltaron a traición, propinándome un tirón rudo en los brazos.

Me torcieron las extremidades hacia la espalda con una presión de hierro que machacó mis articulaciones inflamadas, arrancándome un gemido agudo que se tragó la niebla densa. Uno de ellos hundió sus dedos callosos en mi faltriquera, extrayendo las plantas desenterradas con un desprecio salvaje.

—¡Mirad lo que escondía la víbora! —gritó el custodio, alzando los tubérculos oscuros hacia la empalizada superior. —¡Pretendía fabricar un veneno para asesinar al Laird!

—¡Es un bálsamo para las heridas que vuestras cuerdas provocaron! —le espeté, forcejeando contra sus palmas de hierro, negándome a encogerme o mostrar sumisión ante sus acusaciones vulgares.

—¡Callad, envenenadora! —rugió el segundo, torciéndome el brazo izquierdo con más fuerza, provocándome una opresión dolorosa en las costillas. —Vuestro linaje solo sabe sembrar la ruina en Skye. Vuestra propia estirpe pagará el daño de este ultraje ante todo el clan.

Los gritos de los hombres alertaron a la guarnición que patrullaba las cercanías, cuyos pasos pesados empezaron a quebrar el brezo podrido.

Me encontré rodeada de enemigos jurados, sola en mitad de la llanura desolada, soportando la hostilidad social asfixiante de un linaje que deseaba ver mi carne pasto de los cuervos.

Mi orgullo heráldico me impidió caer de rodillas; mi mente se negó a doblegarse, y transmuté el pavor de mi reclusión forzada en una rabia feroz que consumió todo mi miedo primitivo.

La niebla densa a ras de suelo se rasgó parcialmente, abriendo una ranura plomiza entre los helechos empapados. Una silueta inmensa, maciza y rígidamente erguida cobró forma en mitad del desfiladero.

Era Alasdair. El Laird avanzó con pasos lentos y medidos, vistiendo su jubón de cuero endurecido al fuego y las franjas amarillas y negras de su plaid de lana ruda ondeando con el viento del norte.

No alzó la voz, ni desenvainó su gran claymore de dos manos, pero su sola presencia física bastó para congelar las exhalaciones de sus guerreros secundarios.

Hizo una sola seña pausada con sus dedos nudosos, un ademán de autoridad innata que no admitía réplicas.

Al notar el mandato del patriarca supremo, los dos guardias aflojaron su agarre de inmediato y dieron un paso atrás con un silencio reverencial, devolviéndome mi escasa distancia feudal.

El antihéroe se detuvo frente a mí. Me arrancó las plantas medicinales de las manos con un tirón seco y las arrojó al lodo negro, condenando mi labor al cieno.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, su palma masiva atrapó mi hombro frío y me empujó con una fuerza ruda contra un bloque de granito gris oscuro que emergía de la tierra empapada.

El impacto de la roca ruda contra mis omóplatos me cortó la exhalación, dejándome aprisionada contra la rigidez de la piedra viva.

Alasdair se inclinó sobre mí, anulando cualquier línea de escape con la inmensidad de su presencia indómita.

Su cuerpo masivo me acorraló, presionando mis muslos con la firmeza de sus piernas cubiertas de cuero rancio.

La proximidad física forzada se volvió sofocante, febril; el olor penetrante a metal engrasado y turba que se desprendía de sus ropajes me mareó el raciocinio, anulando mi capacidad de defensa.

Pude sentir el contraste térmico violento entre mi piel congelada por el aguanieve y el vaho gélido de su respiración mezclándose con el mío bajo el cielo plomo de Skye.

Mi pecho respondió con pulsaciones aceleradas que delataban mi debilidad frente a su atención implacable, pero mantuve mis ojos fijos en los suyos claros, desafiando la sospecha letal que nublaba sus facciones herméticas.

Apoyó sus palmas calientes a ambos lados de mi cabeza en la roca desnuda, atrapando mi figura esquiva en una trampa de granito, y redujo la distancia de nuestras bocas hasta rozar mi lino.

—Confesad si vuestra botánica oculta es un arma de los MacKenzie dispuesta para quebrar mi clan desde dentro, escocesa, o vuestra sangre pagará el daño de vuestro silencio antes de que la bruma cubra este desfiladero —me exhaló al rostro con un susurro letal, implacable y gélido que prometía mi perdición absoluta si mi orgullo indómito se negaba a aceptar su ley.