Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 11 La fragilidad del hielo
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Capítulo 11 La fragilidad del hielo

Un tableteo ensordecedor golpeó los tablones del cobertizo de hilado, quebrando el aire denso y frío de la tarde gris.

Alcé la vista de la rueca, con las yemas de mis dedos todavía sangrando sobre las fibras ásperas de lana ovina sucia.

Una violenta e imprevista granizada descendió desde las cumbres escarpadas de Skye, azotando el asentamiento provisional con piedras de hielo del tamaño de nueces.

El impacto de los proyectiles congelados perforó las capas de paja seca del techo, abriendo ranuras por donde el agua helada comenzó a filtrarse en hilos sucios.

Afuera, los gritos de guerra se transformaron en órdenes apresuradas; escuché el estruendo de los cascos de los caballos y el repiqueteo del granizo contra el hierro de las armaduras mientras los guerreros corrían en desorden para resguardar las monturas en los cobertizos traseros.

El Chieftain Chisholm, que hasta hacía un momento bloqueaba el umbral con su vigilancia asfixiante, abandonó su puesto de un salto, desenvainando su espada mandoble para apartar un poste de madera que amenazaba con ceder ante la tormenta.

La puerta del habitáculo se abrió de golpe con un gemido rudo. La silueta masiva de Alasdair MacLeod irrumpió entre el polvo en suspensión, trayendo consigo el viento helado del norte.

—¡Soltad las hebras! —bramó el Laird, sin alzar el tono de su voz, pero con una autoridad gélida e implacable que no admitía réplicas.

—No he terminado la labor que vuestro subordinado me impuso —le respondí, forzando a mis labios agrietados a sostener la ironía despectiva, aunque mis articulaciones inflamadas tiritaban bajo el lino grueso del vestido.

—Vuestra labor me pertenece, MacKenzie, y no permitiré que el hielo destruya mi propiedad personal antes de pagar la deuda de sangre —replicó él con frases cortas y contundentes.

Sin pedir mi consentimiento, me tomó del antebrazo con un movimiento brusco y firme.

Sus dedos de hierro apresaron mi muñeca herida, triturando el dobladillo rasgado de mi manga con una presión dolorosa.

Me arrancó del taburete y me arrastró a través del patio granítico exterior, donde las piedras de hielo rebotaban contra el suelo resbaladizo, hiriendo mis pies descalzos a cada paso.

La bruma densa a ras de suelo nos envolvía mientras avanzábamos hacia el núcleo fortificado de la torre norte, el único espacio con muros asfixiantes de piedra maciza lo bastante gruesos para resistir el embate de la tormenta medieval.

Empujó la pesada plancha de madera basta de su aposento privado y me lanzó al interior, atrancando el cerrojo de hierro a nuestra espalda con un impacto sordo que decretó mi absoluto aislamiento.

El recinto era un espacio angosto y oscuro, iluminado únicamente por el resplandor anaranjado de una chimenea enorme donde la turba y la resina de pino ardían con fuerza, proyectando luces rojizas y sombras alocadas sobre las paredes desnudas de granito gris oscuro.

El calor agobiante y sofocante me golpeó el pecho en un segundo, mareándome el raciocinio tras días de fosa helada.

—¿Pretendéis que permanezca en vuestra alcoba mientras vuestro linaje debate mi ejecución en el patio? —le espeté, pegando la espalda al muro para buscar la distancia defensiva.

—Mi linaje obedece mi palabra, escocesa —declaró Alasdair, caminando despacio hacia el centro de la sala con su habitual indiferencia glacial. —Vuestras quejas no tienen valor bajo mi techo.

—Vuestro techo apesta a metal engrasado y a la soberanía impuesta por la soga —le respondí, utilizando un silencio despectivo antes de volver a mirarlo. —No agacharé la cabeza aunque me encerréis en la guarida del lobo.

—Tu orgullo chocará contra mi acero hasta que entiendas que la sumisión es tu única forma de sobrevivir al invierno —susurró el Laird, deteniéndose a un varal de distancia.

Compartir aquel espacio cerrado y angosto agudizó la tensión erótica de un modo insoportable.

Intenté desplazarme con pasos lentos hacia la saetera lateral, buscando el aire congelado que entraba por la ranura para aplacar el fuego que me recorría las venas, pero mis piernas temblaron debido al cansancio físico y al frío acumulado en los páramos.

Alasdair desabrochó su broche circular de plata con un ademán medido de sus dedos, quitándose el manto de lana húmeda que goteaba agua estancada sobre los tablones.

Al dejar caer el plaid, reveló la anchura imponente de sus hombros y las cicatrices limpias y precisas que cruzaban el cuero rancio de su jubón endurecido al fuego.

Su presencia indómita dominaba la habitación, bloqueando la escasa claridad plomiza del exterior.

Odiaba sus deudas de sangre, odiaba el cinismo letal de sus leyes, pero la cercanía de su cuerpo masivo despertaba en mi fisiología una pulsación salvaje que no podía reprimir; el aliento rudo que exhalaba me mareaba, y mi pecho respondía con pulsaciones aceleradas que delataban mi debilidad frente al captor.

Era el tirano que me mantenía cautiva, el enemigo jurado de mi sangre, pero la rigidez de sus músculos despertaba una necesidad salvaje de buscar su contacto físico para romper el entumecimiento de mi piel.

—No tenéis el valor de mirarme sin usar vuestras armas, MacLeod —le provoqué en un susurro ronco, clavándole los ojos plomo para ocultar el miedo gótico que me oprimía el pecho.

El Laird no respondió con palabras.

Avanzó un paso rápido y felino, reduciendo la distancia a la nada y bloqueando mi única vía de escape con la inmensidad de su silueta.

Sus manos, calientes y ardientes por la cercanía del fuego central, avanzaron hacia mis hombros fríos.

Al sentir sus palmas firmes aprisionando mi lino, una descarga eléctrica me recorrió las costillas heridas.

Me empujó suavemente hacia atrás, obligando a la parte posterior de mis muslos a chocar contra el borde de madera tallada de su lecho, dejándome atrapada entre la rigidez de su cuerpo masivo y el rugido de las llamas de la chimenea, desatando una lucha interna insoportable donde el terror a su poderío chocaba de forma pecaminosa con el deseo primitivo de su abrazo en mitad del invierno.