Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 10 Tela de araña y lana ruda
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Capítulo 10 Tela de araña y lana ruda

El frío del granito exterior y la presión de la hoja letal en mi garganta desaparecieron bruscamente cuando apartó el acero.

Sin mediar una sola palabra durante el trayecto, Alasdair MacLeod apretó sus dedos de hierro alrededor de mi muñeca herida, manteniendo un agarre rígido e inalterable que cortó de inmediato mi circulación.

Me arrastró sin miramientos de regreso a través de las dobleces de las colinas oscuras de la Isla de Skye, obligándome a marchar a pie mientras el brezo rudo castigaba mis plantas llagadas.

El trayecto fue un calvario mudo, una columna militar que avanzó en un silencio denso roto únicamente por el jadeo entrecortado de mis pulmones y el chapoteo del barro negro de las turberas.

Al romper el alba sobre los cielos color plomo, cruzamos el perímetro batido por el viento del norte. El Laird me empujó con brusquedad hacia el interior del cobertizo de hilado, una estructura angosta de madera basta y turba situada en el extremo interior del campamento provisional.

Alasdair se volvió hacia el segundo al mando militar, un guerrero corpulento que aguardaba junto al umbral con los brazos cruzados sobre su jubón de cuero endurecido al fuego.

—Vigiladla, Chisholm —ordenó el Laird con su habitual tono gélido, sin mirarme ni una sola vez. —Pasará las jornadas hilando la lana ruda destinada a los mantos de los guerreros. Si se detiene, quitadle el alimento.

—¿Y si la MacKenzie intenta huir de nuevo por los desfiladeros, mi Laird? —preguntó el Chieftain, acariciando el pomo de su propia hoja recta con una sonrisa macabra.

—No lo hará —replicó Alasdair, dándose la vuelta con movimientos lentos y controlados que demostraban su poderío físico. —En Skye no hay promesas para las fugitivas.

El patriarca supremo se retiró, dejando que el tablón de la puerta crujiera al cerrarse. El Chieftain me señaló con desprecio el taburete bajo y la rueca de madera basta.

—Ya has escuchado al Laird, carne de traición vendida al barro —escupió el Chieftain, salpicando la paja rancia del suelo con un resto de cerveza vieja. —Siéntate y trabaja. Tu sangre pagará el daño de tus palabras antes de que la bruma cubra este desfiladero.

—El acero de vuestro linaje debe de estar muy mellado si necesitáis que una prisionera hambrienta os cosa los mantos para sobrevivir al invierno —le respondí, sosteniéndole la mirada con una dignidad intacta mientras me acomodaba en el banco.

—Calla la boca, MacKenzie —rugió Chisholm, dando un paso al frente y apoyando su palma callosa en la empuñadura de su claymore. —Hila antes de que pierda la paciencia y te devuelva a la fosa de la torre norte sin miramientos.

Me obligué a tomar las primeras fibras de lana ovina sucia.

El olor penetrante a grasa animal cruda y suciedad impregnaba el habitáculo, denso y frío por la absoluta falta de un fogón central.

El polvo en suspensión flotaba bajo la luz mortecina del alba, dificultando mi respiración con cada inhalación.

Comencé a estirar los hilos ásperos, sintiendo de inmediato cómo el roce rudo abría los cortes limpios que las piedras de la noche anterior habían dejado en las yemas de mis dedos.

La sangre carmesí brotó casi al instante, tiñendo las hebras pálidas de un rojo vivo, pero me tragué el dolor antes de mostrar debilidad.

Mis pulsaciones se aceleraron, atrapadas en una lucha invisible entre el tormento físico de mis manos y la agudeza de mi mente estratega.

Mientras Chisholm patrullaba el cobertizo con pasos pesados, usé la labor forzada como una pantalla silenciosa. A través de la puerta abierta de madera basta, registré los movimientos del patio central de armas.

Conté las guarniciones que cruzaban el asentamiento provisional, anoté el estado de sus cotas de malla desgastadas por las incursiones fronterizas y calculé la frecuencia exacta de sus patrullas marítimas.

Si pretendía salir con vida de esta roca ruda, cada guerrero armado y cada targe de madera debía quedar registrado en mi memoria.

—Os distraéis, MacKenzie —siseó Chisholm, interrumpiendo mi visual al interponer su figura corpulenta. —Esos hilos están quedando delgados. ¿Acaso vuestro linaje solo sabe sabotear cosechas y no hilar la lana ruda?

—Mi linaje sabe reconocer la decadencia de una fortaleza cuando la ve, Chisholm —repliqué, tirando de la fibra con fuerza, ignorando el hilo de sangre que manchaba el vellón. —Vuestros hombres parecen cansados, y el hierro de sus armaduras denota que no han visto una victoria real en muchas lunas.

—Tu lengua pagarás con azotes si no la muerdes —amenazó el Chieftain, entornando los ojos oscuros con una hostilidad asfixiante. —El Laird se compadece de ti porque eres un activo estratégico para cobrar deudas, pero mi paciencia no se rige por contratos políticos.

—Entonces desenvainad vuestro dirk si os atrevéis a romper las órdenes del patriarca supremo —le desafié en voz baja, clavándole los ojos plomo sin un solo rastro de sumisión. —Veremos cómo reacciona Alasdair cuando descubra que habéis dañado su propiedad personal.

El Chieftain gruñó entre dientes, pero retrocedió un paso, situándose de nuevo junto al marco de la entrada para reanudar su vigilancia asfixiante.

Punzadas de fuego cruzaban mis articulaciones inflamadas al llegar el mediodía.

Me negué a mostrar una sola lágrima ante la mirada del linaje enemigo, obligando a mis dedos heridos a continuar el hilado. Para desviar la atención del dolor físico, levanté sutilmente la vista hacia la ranura de la empalizada superior que coronaba las faldas del asentamiento.

Allí, recortada contra los cielos color plomo que presagiaban una nevada inminente, divisé una silueta inmensa inmóvil sobre el borde de granito gris oscuro.

Era Alasdair MacLeod. Permanecía rígidamente erguido sobre la roca viva, con los brazos cruzados sobre el pecho masivo y el viento rudo del norte agitando con violencia las franjas amarillas, negras y verde pino de su plaid largo.

Las horas del crepúsculo invernal avanzaron con una lentitud de piedra, y la luz plomiza del día empezó a menguar de forma definitiva, tiñendo el desfiladero de sombras alargadas.

La columna de guerreros cambió de guardia dos veces en el patio de armas, pero la silueta del Laird no se movió un solo centímetro de su puesto elevado en la cresta granítica.

Su mirada gélida y analítica continuó fija de forma enfermiza e inalterable en la entrada del cobertizo, clavada directamente en el movimiento de mis manos ensangrentadas.

Sentía la fijeza de sus ojos claros atravesando la distancia, transformando mi jornada de labor forzada en un asedio silencioso del que no podía escapar, recordándome en mitad de la intemperie hostil que cada latido de mi pecho seguía encadenado a su exclusiva y celosa voluntad.