Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 9 El rastro del dirk
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Capítulo 9 El rastro del dirk

El murmullo espeso y las risas roncas de los guerreros continuaban resonando con fuerza al otro lado de los maderos del salón, pero en el pasillo posterior la penumbra era absoluta.

El centinela asignado a mi custodia cometió el error de alejarse hacia los almacenes inferiores, mascullando entre dientes que la leña del hogar central se estaba consumiendo rápido por el viento.

No dudé. Aproveché el desorden posterior a la cena forzada, deslicé mis manos de la soga aflojada y empujé la puerta trasera de la estructura, saliendo de golpe hacia la noche cerrada de Skye.

El aire exterior me golpeó el rostro como una bofetada congelada.

Corrí en un silencio desesperado entre las dobleces de las colinas, buscando desesperadamente una ruta de escape que me condujera hacia los páramos occidentales, lejos de las hogueras de vigilancia de los MacLeod.

Mis pies descalzos, magullados por el calvario de las leguas anteriores, sufrieron de inmediato el castigo implacable del terreno resbaladizo y las aristas cortantes del granito gris oscuro que emergían de la turba negra.

La bruma se espesaba a ras de suelo, transformándose en una pared plomiza que ocultaba los desniveles del risco, obligándome a trastabillar a ciegas en mitad de la ventisca.

Tenía los pulmones ardiendo, pero el pensamiento de regresar a la fosa inferior aceleró mis pasos.

Justo cuando creía haber ganado la distancia suficiente para perder el rastro del campamento provisional, una sombra inmensa bloqueó el paso, materializándose entre dos rocas puntiagudas que se alzaban hacia el cielo color plomo como colmillos rotos.

Era Alasdair. No corría, ni jadeaba; había cortado el desfiladero con la fría precisión de quien conocía cada palmo de su territorio proscrito.

—¿Creíais que Skye os daría cobijo antes de saldar vuestra deuda, MacKenzie? —su voz, baja, ruda y desprovista de cualquier agitación vulgar, cortó el silbido de la tormenta con una autoridad letal.

—Prefiero que la tormenta me desgarre la carne antes que permanecer un segundo más bajo vuestro techo de tiranos —le espeté, intentando esquivarlo por el flanco derecho, buscando el brezo rústico con un movimiento rápido.

—Vuestra vida me pertenece en estas tierras bajo amenaza de muerte —replicó él, interponiendo su masa física de forma inmediata. —No tenéis permiso para apartaros de mi vista.

Intenté rodearlo con una agilidad desesperada, pero mis pies descalzos resbalaron sin remedio en el musgo empapado por la lluvia helada.

El vacío de la pendiente me arrastró hacia adelante y caí directamente sobre su pecho macizo, cubierto por el cuero duro de su jubón endurecido al fuego.

Nuestros cuerpos chocaron con una violencia ruda, un impacto sordo que me obligó a soltar una bocanada de aire retenido.

En lugar de apartarse, sus brazos masivos se cerraron a mi alrededor con una inmovilidad granítica, anulando mis defensas en un segundo. El calor abrasador que desprendía su cuerpo me golpeó el lino grueso de la camisa empapada, provocando un contraste térmico violento que me mareó las ideas.

—¡Soltadme, MacLeod! —bramé, clavando los dedos heridos en las correas de su jubón, intentando empujarlo con una furia impotente. —¡Prefiero que el lodo me trague antes que tolerar vuestro control!

El Laird no emitió una sola queja. Usó su propio peso corporal para empujar mi cuerpo contra la piedra viva de la colina, inmovilizando mis muslos con la rigidez de sus piernas.

Sus dedos callosos me apresaron los brazos heridos, estirándolos contra el granito mojado de la pared.

Con un movimiento pausado, letal y milimétrico que me congeló las pulsaciones, desenvainó su dirk largo con un siseo metálico que rasgó la quietud de la llanura.

Apoyó el plano de la hoja gélida directamente contra mi garganta expuesta.

El frío cortante del acero presionando mi piel detuvo mi exhalación por completo, ahogando cualquier réplica afilada en mi garganta.

Estaba acorralada, desarmada y expuesta a la intemperie más extrema de sus islas, pero mi orgullo herido se negó a dejarme caer de rodillas ante el linaje enemigo.

Mis ojos plomo se clavaron fijamente en la penumbra de su capuchón de lana ruda; no había rabia vulgar en su rostro, sino una mirada fija y letal que delataba la certeza absoluta de un cazador que sabía que su presa carecía de escapatoria.

Un deseo salvaje, rudo y puramente primitivo se camuflaba bajo la dominación estricta de su peso feudal, cortándome la respiración mientras los copos de una nevada inminente empezaban a disolverse sobre nuestras bocas unidas por la tensión.

—Gritad si queréis que el Chisholm acuda a cobrar vuestro apellido, escocesa —susurró Alasdair a escasos milímetros de mis labios, y el vaho cálido de su aliento me quemó la piel congelada. —O entended de una vez que cruzar mi frontera significa aceptar mis leyes, y en Skye mi ley eres tú.