Capítulo 23 Juramento sobre el metal aceitado
La luz mortecina del amanecer comenzó a filtrarse por las ranuras del portón de madera basta, disipando las sombras alargadas que la hoguera moribunda había proyectado durante la noche en el gran salón rústico.
Los calderos de hierro comunales aún desprendían hilillos de vapor, pero el calor sofocante del fogón central empezaba a ceder ante las ráfagas gélidas que cruzaban los tablones del suelo.
Alrededor de las chimeneas, el panorama de la víspera había cambiado.
Los quejidos sordos de los guerreros heridos se habían transformado en respiraciones acompasadas; el bálsamo de raíces machacadas con turba limpia y agua hervida que apliqué en sus costillas desgastadas había obrado el milagro, deteniendo la putrefacción de la carne y frenando la calentura purulenta que amenazaba con diezmar al linaje.
Los montañeses corpulentos que poblaban el recinto, hombres que antes me observaban con una desconfianza salvaje y exigían mi cabeza, me seguían ahora con la vista en un silencio sepulcral, un respeto tenso y mudo que se extendía entre las mesas bajas.
Me erguí junto a los maderos, frotándome las muñecas inflamadas que aún cargaban con las marcas violáceas de las ligaduras de cuero.
El cansancio físico entumecía mis articulaciones, pero mi mente permanecía alerta.
De pronto, el crujido de las lajas resbaladizas del corredor anunció un desplazamiento.
Alasdair MacLeod cruzó el umbral.
Se sostenía en pie, con el torso vendado firmemente con lino grueso bajo su jubón de cuero endurecido al fuego, pero la parsimonia de sus pasos delataba la debilidad física provocada por la pérdida de sangre carmesí de la madrugada.
A pesar de la palidez de sus facciones cortadas a cincel, su fachada gélida se había restablecido por completo; caminaba erguido, portando la rigidez feudal de quien no puede mostrar una sola fisura ante su ejército militar.
Su plaid largo de lana ruda venía sujeto al hombro con el broche circular de plata, ya limpio de la costra roja del combate.
Su mirada cortante de ojos claros barrió las mesas antes de clavarse en mi figura sucia de cieno con una mirada fija que me oprimió el pecho.
Me interceptó junto a la mesa de armas del salón, donde los targes claveteados y las espadas mandobles descansaban alineados.
Sin pedir permiso ni pronunciar palabra, su palma callosa avanzó y me tomó del antebrazo con una presión medida pero inalterable.
Me arrastró con un tirón rudo hacia un rincón oscuro, un ángulo muerto del muro de piedra maciza donde la luz plomiza de las saeteras no alcanzaba a desvelar las facciones.
El olor a metal engrasado, resina de pino y el aroma áspero de la lana empapada de sus ropajes me envolvió, reduciendo mi espacio a la inmensidad de su silueta indómita.
—Por qué —dictaminó Alasdair. Su voz baja y contundente cayó en la penumbra con la rigidez de una orden feudal, concisa, desprovista de rodeos explicativos.
Sostuve su vista granítica, obligando a mi respiración entrecortada a estabilizarse.
Su cercanía física volvía a agitar mis pulsaciones en una contradicción que me mareaba; detestaba sus cadenas de hierro y el cinismo letal de mi cautiverio, pero la seguridad ruda que desprendía su cuerpo aplacaba mi pánico de supervivencia en mitad de esta intemperie hostil.
—No entiendo vuestra pregunta, Laird MacLeod —respondí, usando el silencio despectivo antes de nombrarlo, manteniendo mi dignidad intacta ante el linaje enemigo.
—Vuestro apellido avanza con hachas de fuego por el este —exigió él con frases cortas, estrechando su agarre en mi brazo, forzándome contra el granito mojado de la pared. —Y vos dedicáis vuestros secretos botánicos a salvar a los guerreros que juraron la extinción de vuestra sangre. Hablad.
—Prefiero mantener vivo al lobo supremo para que cumpla sus deudas antes que ser entregada a la escoria de vuestra retaguardia —le contesté con una ironía despectiva, clavándole los ojos plomo para ocultar el febril latido de mi vientre.
—Vuestro Chisholm exigía mi cabeza en el patio de armas para calmar el miedo de sus monteros.
Si vuestro linaje se derrumba por la calentura, sé con certeza que vuestra horda me ejecutará en el fango sin miramientos.
No es clemencia cortesana, Alasdair; es mi forma de sobrevivir al invierno de Skye.
Las facciones del Laird se tensaron, y una línea rígida cruzó su mandíbula ante mi insolencia indómita.
El filo de mis palabras hirió su orgullo de jefe supremo, pero sus dedos no se apartaron de mi carne.
Su mirada color granito descendió hacia mi rostro, devorándome en una quietud opresiva que congeló el vaho de nuestros alientos mezclados.
En mitad de la penumbra, comprendí que el contrato político ya no era broquel suficiente; la atracción ruda nos consumía en una guerra de desgaste que todo el campamento provisional empezaba a notar.
Con un movimiento lento y deliberado, Alasdair desenvainó su dirk largo del cinturón con un leve siseo metálico.
El aroma al metal aceitado recién extraído inundó la distancia que nos separaba.
Tomó mi mano diestra, forzó mi palma abierta hacia arriba y apoyó el plano de la hoja gélida contra mi piel, obligándome a rodear el acero engrasado con mis propios dedos heridos.
El frío del cuchillo cortó mi exhalación, contrastando con el calor ardiente que emanaba de su palma texturada.
Su mano desnuda envolvió la mía, sellando el agarre con una fuerza salvaje que anuló mi capacidad de raciocinio, atrapándome en un lazo invisible e irreversible en mitad de la roca ruda.
—En mis tierras no hay promesas para las fugitivas, MacKenzie, solo la certeza de que nadie tocará vuestra vida sin mi orden —me advirtió con un susurro áspero y sordo que vibró en mis costillas.
Sus ojos claros brillaron con una fijación obsesiva que excedía las leyes de su clan.
—Sello este voto sobre el acero de mi dirk; que mi propia hoja me atraviese el corazón si permito que vuestro apellido sea entregado a la venganza de mi linaje.
Cruzar la frontera de mi clan significa aceptar mis leyes, escocesa, y desde este amanecer, vuestra única ley es mi custodia personal.