Capítulo 6 La fosa de las promesas rotas
Dos pares de manos toscas me empujaron hacia adelante, obligándome a trastabillar en la penumbra.
El impacto de mis rodillas desnudas contra las lajas de piedra áspera me arrancó un quejido sordo, un sonido ahogado por el crujido de la paja rancia que tapizaba el suelo.
La puerta de madera basta se cerró detrás de mí con un golpe que pareció sacudir los cimientos del edificio, seguido casi de inmediato por el prolongado arrastre del cerrojo de hierro.
Estaba encerrada en la torre norte. Los muros de granito gris oscuro se alzaban a mi alrededor como una mandíbula asfixiante, desprovistos de saeteras o ventanas.
La única claridad provenía de la ranura inferior del umbral, una línea temblorosa alimentada por la luz mortecina de una antorcha exterior que desprendía un humo negro y espeso.
Me arrastré hacia el rincón más alejado, encogiendo las piernas contra el pecho para envolverme en los jirones de mi vestido de lino empapado.
Buscaba retener el escaso calor de mi cuerpo, pero el granito absorbía la energía de mi piel a través de las ropas húmedas.
El silencio que siguió fue absoluto, sepulcral.
Solo el sonido de las gotas de agua filtrándose desde el techo rompía la quietud de la celda.
Afuera, la noche de invierno arreciaba, colando corrientes de aire por las grietas superiores.
Pasé las primeras horas de reclusión frotando mis muñecas, donde las marcas violáceas dejadas por la soga de cuero latían con una molestia constante.
En mitad de la oscuridad, obligué a mis pensamientos a repasar las lecciones botánicas que guardaba en la memoria.
Sabía con exactitud qué raíces del páramo podían desinflamar la carne herida; recordaba la savia amarga que aliviaba el entumecimiento provocado por el frío.
Pero a mi alrededor no había brezo rústico ni helechos; solo granito desnudo, lodo seco y la certeza de que mi propio linaje me había condenado al destierro.
Cerca de la medianoche, las vibraciones de la torre cambiaron.
Unos pasos pausados, pesados y rítmicos comenzaron a resonar en la escalera de caracol exterior.
Reconocí el andar antes de escuchar el metal.
El cerrojo crujió de nuevo. La puerta se abrió despacio, quebrando la penumbra con una silueta inmensa que bloqueó el acceso.
Era el Laird. Venía solo, desprovisto de su guardia personal.
Su plaid oscuro, cruzado sobre el hombro con un broche circular de plata, venía saturado del frío de la intemperie.
En la mano diestra sostenía una jarra de barro cocido que desprendía el olor penetrante del usquebaugh primitivo, y bajo el brazo traía un trozo de pan de avena rancio.
Avanzó dos pasos hacia el centro del recinto con una indiferencia glacial, analizando mi postura con sus ojos claros color granito.
No pronunció un saludo noble ni ofreció palabras de consuelo. Dejó los alimentos en el suelo y permaneció inmóvil, reduciendo el espacio con su imponente presencia física.
—Comed —dijo. Su voz baja y contundente cayó en la celda sin necesidad de alzar el tono, portando la rigidez feudal de quien está acostumbrado a ser obedecido sin réplicas.
—Prefiero que la hambruna me devuelva la libertad antes que aceptar la escoria de vuestra mesa, Laird MacLeod —respondí, poniéndome en pie con lentitud. Mis articulaciones protestaron por el esfuerzo, pero mantuve la espalda erguida contra el muro, sosteniéndole la mirada.
—Vuestro orgullo es tan duro como la roca de Skye, MacKenzie, pero el invierno amansa a las alimañas —replicó él, sin alterar una sola facción de su mandíbula rígida. Su lenguaje corporal expresaba una autoridad absoluta, un control absoluto que ignoraba mi desafío verbal.
—Mi linaje me vendió al barro, pero no agacharé la cabeza ante las deudas de un clan huraño —le espeté, dando un paso hacia adelante.
Con un movimiento rápido de mi pie descalzo, pateé la jarra de barro.
El recipiente se estrelló contra el granito, astillándose en pedazos y derramando el licor fuerte sobre las lajas.
El aroma alcohólico y amargo inundó el espacio cerrado en un segundo.
Di otro paso, desafiando la distancia que nos separaba, sintiendo el calor abrasador que se desprendía de su cuerpo en contraste con mi piel congelada.
—El páramo me devolverá la libertad antes de que vuestro invierno termine —le juré fijamente, clavando mis ojos en la penumbra de su capuchón.
La respuesta de Alasdair fue inmediata, un movimiento felino que anuló mi distancia.
Su mano callosa avanzó y atenazó mi cuello con una presión medida, sin apretar la laringe, pero con la fuerza suficiente para inmovilizarme contra la piedra negra.
El contacto de su palma caliente sobre mi piel helada desató una descarga eléctrica en mi vientre, un latido violento que mi instinto de supervivencia luchó por aplastar.
Me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta bajo el humo espeso de la antorcha que entraba por el umbral.
Sus ojos claros me devoraron con una atención implacable, desprovista de rabia vulgar; me miró con la certeza de un cazador que sabe que su presa no tiene adónde huir en su territorio proscrito.
—En mis tierras no hay promesas, y la bruma es mi escudo frente a vuestro apellido —me susurró al rostro, con un tono gélido, áspero e implacable que cortó mi exhalación. —Cruzarse en mi camino significa aceptar mis leyes, escocesa, y desde esta noche, mi ley eres tú.