Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 5 Leyes de hierro y lodo
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Capítulo 5 Leyes de hierro y lodo

La pesada columna de caballos coronó la última colina justo cuando el horizonte terminaba de teñirse del color de la sangre vieja.

Abajo, encajonado de forma macabra entre las dobleces defensivas del granito, se reveló ante mis ojos el asentamiento provisional del Clan MacLeod.

Era una red hostil de cabañas de turba y piedra basta que se mimetizaba con la ruda osadía de los acantilados de Skye, un refugio oscuro diseñado para la guerra de guerrillas y no para la piedad.

El vaivén de la montura del Laird no menguó; la soga de cuero que apresaba mis muñecas inflamadas dio un tirón seco, obligándome a arrastrar las piernas ladera abajo mientras el lodo se colaba por los jirones de mi calzado destrozado.

—Mantened la formación —bramó el Chieftain Chisholm a mi espalda, espoleando a su montura para flanquear mi avance. —La prisionera MacKenzie ya pisa tierra de granito.

No respondí. Me concentré en tragar la saliva amarga que me inundaba la boca y en ignorar el ardor de mis plantas llagadas por las aristas de las piedras sueltas.

Al cruzar el umbral del perímetro fortificado, fui arrastrada sin miramientos hacia el patio central de armas.

El espacio era una gran extensión de tierra batida y lajas resbaladizas por la condensación constante del Atlántico.

De inmediato, las sombras cobraron vida.

Mujeres envueltas en pesados vestidos de lana hilada y ancianos de rostros tan severos como los riscos se congregaron a lo largo de los muros de piedra para observar el despojo que el jefe supremo traía de los páramos.

Sus murmullos corrieron como una plaga de desconfianza.

El aire del patio estaba completamente saturado, denso, cargado por el humo negro y espeso de las hogueras de turba exterior que nublaba las saeteras de las defensas.

Alasdair MacLeod detuvo su caballo de batalla frente al estrado elevado de piedra maciza y desmontó con ademanes pausados, letales.

En el acto, asumió el rol de juez supremo y patriarca absoluto.

Los guerreros corpulentos que poblaban el patio, hombres de manos callosas curtidas en cotas de malla desgastadas, se cuadraron en un silencio reverencial ante su sola presencia.

Nadie osó alzar la voz; su palabra en Skye era la única ley y su clan entendía que la debilidad significaba la extinción inmediata.

Desde su posición elevada, el Laird se volvió hacia mí, con las franjas amarillas y negras de su plaid agitándose por el viento helado.

Sus facciones cortadas a cincel no reflejaban empatía, solo una fijeza que me erizó la piel.

—Escuchad las normas de estas tierras, MacKenzie —dictaminó, y su voz baja, ruda y contundente cayó sobre el patio como el golpe de un hacha de armas.

—No tendréis derecho a fuego en vuestra celda.

Vuestro alimento diario dependerá exclusivamente de vuestra sumisión ante mi linaje.

Y recordad esto antes de que vuestra mente busque una salida: cualquier intento de cruzar los límites de este asentamiento provisional se pagará con el acero de mi dirk atravesando vuestro cuello.

El frío hostil de la noche me caló hasta los huesos, pero las amenazas de su estirpe encendieron un fuego abrasador bajo mi lino grueso.

Crecí entre los guardianes de la bruma; no iba a encogerme en el lodo como una sierva sumisa ante los ojos de sus montañeses.

Crucé mis brazos amarrados sobre el pecho con un movimiento brusco que tensó las ligaduras de cuero, di un paso firme al frente rompiendo la distancia feudal y le sostuve la vista cortante de sus ojos claros.

—Vuestras leyes de hierro no son más que el miedo cobarde de un Laird que necesita cuerdas para retener a una mujer desarmada —le espeté con voz clara, haciendo que mi réplica resonara en las paredes del recinto.

—Prefiero que el destino me pida permiso antes que agachar la cabeza ante vuestra supuesta soberanía de piedra.

El silencio que cayó sobre el asentamiento provisional de Skye fue sepulcral, opresivo, cargado de una violencia que detuvo las exhalaciones del Linaje. El Chieftain Chisholm, demudado ante mi osadía indómita, dio un paso al frente de inmediato con una furia macabra.

—¡Malnacida! —bramó, desenvainando la hoja recta de su puñal con un siseo metálico para castigar mi insolencia en mitad del patio exterior.

Sin embargo, antes de que el acero de su subordinado pudiera tocar mi piel, la mano inmensa del Laird intervino, frenando el brazo de su lugarteniente con un golpe seco y preciso.

Chisholm retrocedió en el acto, envainando su arma sin emitir una sola queja.

Alasdair MacLeod no apartó sus ojos color granito de mis facciones.

Una sonrisa apenas perceptible, una promesa letal que me revolvió las entrañas con una mezcla pavorosa de terror y una atracción física involuntaria, cruzó sus labios secos.

Se volvió hacia sus guardias de la retaguardia, manteniendo su autoridad hermética.

—Llevadla a la estructura de la torre norte —ordenó el Laird con frases cortas y concisas, sin apartar su fijeza de mi pecho.

—Encerradla bajo triple cerrojo y no permitáis que limpien el lodo de su piel.

Veremos si su orgullo MacKenzie sigue siendo tan duro cuando el viento de la madrugada azote la fosa de granito.