Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 4 El sabor de la tierra húmeda
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Capítulo 4 El sabor de la tierra húmeda

Un tirón violento de la cuerda de cuero me arrancó del muro de granito antes de que pudiera asimilar el peso de sus últimas palabras.

Perdí el equilibrio por una fracción de segundo, pero sus dedos ásperos ya no estaban allí para sostenerme; me vi forzada a dar tres pasos torpes sobre las lajas resbaladizas del desfiladero para no caer de bruces.

El Laird no volvió a mirarme. Caminó con paso pausado y firme hacia su caballo de batalla, un imponente animal de pelaje oscuro que resoplaba bajo la lluvia fina.

Con una agilidad que desafiaba la rigidez de su jubón de cuero endurecido, subió a la silla de un solo movimiento y enroscó el extremo sobrante de mis ligaduras alrededor de la gruesa perilla de madera.

—Caminad —ordenó desde lo alto, sin alzar la voz, pero con una frialdad tan cortante como el viento del norte que batía los picos de Skye.

—¿Pretendéis que cruce el páramo a pie como un perro de caza? —le solté, apretando los dientes para ocultar el temblor que me subía por las piernas. Mis muñecas, aprisionadas por el nudo apretado, protestaron ante la primera tensión de la soga.

—En mis tierras no hay promesas, escocesa, solo la certeza de que vuestra vida me pertenece bajo amenaza de muerte —replicó, dándome la espalda mientras tiraba de las riendas con un chasquido rudo. —Moveros si no queréis que la montura os arrastre sobre el granito.

El caballo se puso en marcha y la cuerda se tensó como la cuerda de un arco largo.

Tuve que avanzar. El calvario físico comenzó antes de que hubiéramos dejado atrás las últimas grietas naturales del desfiladero.

La marcha forzada se extendió de inmediato a lo largo de kilómetros de una vasta llanura pantanosa.

Mis calzados de cuero fino, confeccionados para los senderos llanos del noroeste interior, se destrozaron antes de la primera legua contra las aristas afiladas de las piedras sueltas.

Cada paso se convirtió en un pinchazo de dolor real que me subía por los tobillos y me entumecía las articulaciones.

Detrás de mí, la retaguardia de la columna militar me vigilaba con una fijeza hostil.

Los guerreros corpulentos de los MacLeod, cubiertos con sus mantas de lana con patrones oscuros, no disimulaban su desprecio.

El humo negro de las antorchas que encendieron al caer la noche se mezclaba con el olor agrio de sus capas húmedas.

—Mirad a la bruja MacKenzie —masculló uno de los jinetes de la retaguardia, escupiendo un gargajo espeso sobre el brezo rústico que pisaban mis pies descalzos.

—No es más que carne de traición vendida al barro.

Deberíamos colgarla de un pino seco antes de que traiga a su clan envenenador a nuestras fronteras.

—Su estirpe quemó la cebada que debía alimentarnos —respondió otro guerrero, apretando el puño sobre el cuero grueso de su targe. —Su sangre pagará el daño de sus palabras antes de que la bruma cubra este valle.

Escuchaba cada insulto, cada amenaza velada, pero me obligué a mantener la cabeza erguida, clavando la vista en la nuca rígida del Laird. No iba a suplicarles. No iba a darles el placer de ver una sola lágrima MacKenzie mezclarse con la lluvia de Skye.

Me habían arrebatado mi hogar, me habían acusado falsamente y ahora me arrastraban como a un animal capturado, pero mi orgullo heráldico permanecía intacto, duro como la piedra que hería mis plantas.

Sin embargo, la proximidad física con la montura de Alasdair alimentaba una contradicción oscura que me aterraba; el peligro absoluto que emanaba de su figura hermética despertaba un pulso febril en mi vientre, una dependencia involuntaria de su control para no ser despedazada por los lobos que cabalgaban a mi espalda.

Alasdair MacLeod no moderó el paso ni una sola vez. Ignoró las mofas de sus subordinados y el sonido sordo de mis tropiezos. Sus órdenes a la columna eran secas, contundentes y carentes de cualquier rastro de la compasión que se le atribuye a los hombres de paz.

—Asegurad el flanco este, Chisholm —indicó el Laird de manera tajante al doblar una loma escarpada. —Las nubes plomo están bajando y la nevada nos alcanzará antes de llegar a la empalizada superior.

—¿Y qué hacemos con la prisionera si se detiene, mi Laird? —preguntó el Chieftain, espoleando su montura hacia la vanguardia.

—Mantened la marcha —fue la única réplica del Laird, sin volverse, demostrando una falta de piedad absoluta que me heló el aliento más que el viento del norte.

El cansancio acumulado de la huida previa y la total falta de alimento comenzaron a cobrar su tributo.

Mis piernas flaquearon al iniciar el descenso por una pendiente resbaladiza de brezo rudo, donde el agua de las tormentas se había estancado en charcas traicioneras.

El pie derecho me patinó en el musgo empapado y la cuerda atada a mis muñecas se tensó de golpe, tirando de mi torso hacia el cieno.

Caí de bruces sobre una ciénaga estancada, tragando el sabor rancio y amargo del lodo y la turba negra.

El fango gélido me cubrió el rostro, hundiéndose en los jirones de mi vestido de lino grueso.

Permanecí postrada sobre la tierra empapada, con el pecho oprimido por la falta de aire y las manos aprisionadas por el cuero rasposo que rozaba la carne viva de mis muñecas.

Esperé el golpe físico del látigo. Esperé las risas a carcajadas de los guerreros de la retaguardia o el trote del caballo aplastándome los dedos.

Me negué a moverme, apretando las mandíbulas en el lodo para retener el último reducto de mi dignidad herida.

Un seco chasquido de las riendas rompió el estruendo del viento del norte.

El avance de toda la columna militar se detuvo con una brusquedad sorda.

Escuché el crujido de las botas del Laird al desmontar y el impacto pesado de sus pasos caminando despacio a través de la charca hacia mi cuerpo caído.

La bruma se arremolinó alrededor de sus piernas cubiertas con el tartán oscuro, reduciendo el páramo a un espacio asfixiante donde solo existíamos su sombra y mi debilidad.

Alasdair se detuvo a un palmo de mí. No usó la fuerza bruta de sus guerreros para ponerme en pie de un tirón; se agachó despacio, permitiendo que el olor a cuero viejo mojado y metal engrasado de su jubón apartara el hedor agrio del lodo estancado.

Sus dedos enguantados, rígidos y masivos, apresaron mi mentón con una presión de hierro que me obligó a alzar el rostro de la charca.

Me obligó a mirarlo. Mis ojos plomo chocaron con su fijeza cortante de ojos claros color granito gélido, fijos en mis facciones manchadas de cieno negro.

Su rostro permanecía inaccesible, una muralla hermética que ocultaba una vigilancia asfixiante sobre mi integridad física, como si mi deterioro fuera una afrenta directa a su autoridad feudal.

—Si pretendéis morir en mi páramo para escapar de vuestra deuda, escocesa, tendréis que pedirme permiso primero —me advirtió con una voz baja, gélida y carente de toda emoción vulgar, mientras sus dedos apretaban mi mandíbula para recordar que, bajo el cielo color plomo de Skye, su voluntad era mi única cadena.