Capítulo 3 Garras de granito
El pesado sonido del cuero crujiendo contra la montura anunció su descenso.
No se movió con la torpeza lenta que se esperaba de un guerrero de su descomunal envergadura física; lo hizo con una presteza felina, casi silenciosa, que me erizó los vellos de la nuca.
El barro negro de la turbera cedió bajo el impacto de sus botas de cuero pesado, las cuales aplastaron los tallos del brezo rudo con una parsimonia que hería los oídos.
Cada pisada suya resonaba en el fondo de aquel desfiladero estrecho como el avance inexorable de una sentencia feudal.
Me puse en pie de un salto, ignorando el pinchazo agudo que subió desde mis pies llagados, y pegué la espalda con violencia contra el muro de granito gris oscuro.
La roca viva estaba húmeda, helada, y filtraba hilos de agua salada que empaparon de inmediato la tela rota de mi vestido de lino.
Me quedé allí, conteniendo la respiración, clavando las uñas en las hendiduras del granito para no flaquear ante la descarga de adrenalina que amenazaba con hacerme caer de rodillas.
La distancia entre nosotros se redujo a diez varas. Una ráfaga de viento del norte se coló por las grietas naturales de la roca, elevando la cortina plomiza de la niebla. Fue en ese instante cuando el capuchón de lana gruesa del guerrero cayó hacia atrás, dejando al descubierto sus facciones.
Distinguí una mandíbula rígida, cortada a cincel, y una mirada cortante de ojos claros, del color del granito gélido.
Su rostro no mostraba un solo rastro de duda, ni una línea que denotara empatía o clemencia cortesana. Era el mismísimo Laird Alasdair MacLeod, el patriarca indómito de los Señores del Granito.
Antes de que pudiera trazar una línea de huida entre los dientes de piedra, su mano enorme voló hacia adelante.
Sus dedos enguantados atraparon el cuello de mi capa oscura y la arrancaron de un tirón seco, rompiendo los broches de lino con un chasquido que se perdió en la tormenta.
Quedé desguarnecida bajo la lluvia fina, expuesta por completo a su escrutinio analítico.
Sus ojos recorrieron las agujas de pino enganchadas en mi cabello desgreñado y los restos de ceniza y hollín que manchaban los pliegues de mis ropajes MacKenzie.
Me estudió como un general que inspecciona los despojos de una escaramuza fronteriza, deteniéndose en el temblor de mi pecho.
—Es una noche gélida para que una alimaña MacKenzie deambule tan lejos de sus cenizas —dijo. Su voz no fue un rugido vulgar; fue un murmullo bajo, gélido y letal, dotado de una autoridad innata que no requería alzar el tono para exigir sumisión.
—La bruma de Skye no os pertenece, Laird MacLeod —respondí, obligando a mi mandíbula a no castañetear por el frío hostil que me entumecía los miembros. —Tampoco mi destino.
Alasdair dio un paso más, reduciendo el espacio a menos de un palmo.
El olor penetrante de su jubón de cuero endurecido al fuego y el aroma a metal aceitado de su cota de malla desgastada me golpearon el rostro, eclipsando el hedor rancio de la turba estancada.
El calor que desprendía su masivo cuerpo contrastó de una forma violenta e insoportable con la piedra helada en mi espalda, provocándome una pulsación salvaje en el vientre que odié en el acto.
—Todo lo que pisa la roca ruda de esta isla me pertenece por derecho de sangre —replicó él, manteniendo fijos sus ojos de granito. —Has cruzado la frontera tras la quema de los cultivos que condena a mi gente a la hambruna. Has venido a espiar mis defensas.
La injusticia de la acusación me quemó el pecho, disipando el miedo que paralizaba mis músculos.
Recordé las caras de los ancianos de mi clan desterrándome al barro, la humillación de ser señalada por mi propia estirpe.
Me negué a mostrar debilidad ante este enemigo mortal.
Di un paso al frente, haciendo que mi pecho rozara los clavos de hierro de su jubón, y le sostuve la vista con un orgullo indómito.
—Prefiero que el destino me pida permiso antes que agachar la cabeza ante un Laird huraño —le escupí a la cara, sosteniendo la réplica con la firmeza del acero de un dirk.
Los ojos gélidos de Alasdair destellaron con una chispa peligrosa. Sus facciones se tensaron de una forma macabra, pero mi insolencia no provocó en él un arrebato de furia vulgar o un castigo inmediato.
En su lugar, una atención implacable y territorial se instaló en sus facciones; me miró con la certidumbre de un cazador que acaba de encontrar una pieza que se niega a doblar la rodilla, una posesividad salvaje que redujo el aire del desfiladero a nada.
—Tu orgullo es tan duro como el granito de Skye —susurró, y el tono de sus palabras portó la promesa de una dominación absoluta. —Pero el acero se quiebra si no aprende a doblarse.
Antes de que pudiera defenderme, el Laird se abalanzó sobre mí, anulando mi escasa ventaja física con la masa de su cuerpo.
Su peso me aplastó contra la roca mojada, aprisionando mis muslos con la rigidez de sus piernas.
Con un movimiento pausado e inalterable, desabrochó una cuerda de cuero grueso de su cinturón militar.
Atrapó mis manos con una sola de sus palmas callosas, torciéndome los brazos hacia adelante.
—¡Soltadme! —exigí, forcejeando mientras la soga se enrollaba en mis muñecas.
Alasdair ignoró mis movimientos. Apretó el nudo con una fuerza de hierro que cortó de inmediato mi circulación, provocándome una presión dolorosa sobre la piel inflamada. Juntó mis muñecas atadas contra el granito, inmovilizándome por completo bajo su custodia.
Su rostro descendió hasta que su aliento cálido golpeó la piel de mi oreja, forzando una proximidad erótica que aceleró los latidos de mi pecho de un modo febril.
—No te concederé una muerte rápida en mi páramo, escocesa —me susurró al oído, y el roce de sus labios secos contra mi lóbulo me estremeció el vientre.
—No eres más que carne de traición vendida al barro por tu propio linaje.
Te reclamo aquí y ahora como mi rehén personal; tu vida me pertenece bajo amenaza de muerte hasta que tu apellido pague la última gota de la deuda de sangre que le debe a los MacLeod.