Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5) Capítulo 2 La silueta en el páramo
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Capítulo 2 La silueta en el páramo

El metal no volvió a sonar, pero el silencio que ocupó su lugar en el desfiladero resultó mucho más amenazante que cualquier estruendo.

Permanecí agazapada contra el granito gris oscuro, clavando los dedos heridos en la superficie rugosa para frenar el temblor que amenazaba con delatarme.

Obligué a mi cuerpo a pegarse a la piedra húmeda, forzando a mis manos entumecidas a apretar los jirones embarrados de mi capa oscura.

El frío de la roca caló mis huesos a través del cuero desgastado de mis botas, una humedad helada que había dejado de ser una molestia para convertirse en un entumecimiento que me carcomía las articulaciones.

Si me movía en ese instante, acabaría resbalando en el brezo; si me quedaba inmóvil, el invierno de la Isla de Skye congelaría mi sangre antes del alba.

No tenía adónde huir. Detrás de mí, en los lindes de las tierras MacKenzie, aguardaban las antorchas de mi propio linaje y la falsa acusación de haber prendido fuego a nuestro sustento.

Delante, solo se extendía la niebla densa de un desierto de roca ruda donde gobernaba el clan más hostil e implacable de las Tierras Altas.

Los ancianos me habían convertido en una proscrita antes de la medianoche, una cabeza de lobo a la que cualquiera podía dar cacería sin cometer pecado ante Dios.

Una ráfaga de viento del norte cortó la llanura, rasgando la bruma justo frente a mi escondite. Contuve el aliento de golpe, sintiendo el dolor del aguanieve repicando en mis sienes.

En lugar de un depredador solitario, distinguí la vanguardia de una patrulla a caballo.

Las monturas pesadas avanzaban al paso, hundiendo los cascos en las turberas con una parsimonia aterradora.

Eran siluetas de guerreros corpulentos envueltos en mantas de lana gruesa que cabeceaban al ritmo de la marcha.

Al acercarse, la escasa iluminación me permitió registrar los blasones trabajados en sus broches de plata y los patrones de su tartán: negro profundo y verde pino con sutiles líneas de amarillo mostaza.

Eran los MacLeod. Los Señores del Granito.

El corazón me dio un vuelco salvaje, golpeando contra el lino de mi camisa con tanta fuerza que temí que el sonido escapara hacia la llanura.

Conocía los relatos que los bardos susurraban en los inviernos; era un linaje montañés que prefería la extinción antes que la clemencia o la sumisión.

Si los rastreadores de mi linaje me consideraban una traidora vendida al barro, estos hombres me tratarían como a una alimaña invasora dispuesta para el acero.

Mi mente analizó mis escasas opciones en un segundo: si me entregaba a los míos, me esperaba la hoguera; si me descubrían estos montañeses, sería tratada como una espía en territorio enemigo.

Un caballo relinchó a escasas varas, sacudiendo los aperos de hierro con un chasquido metálico.

El olor a sudor animal y cuero viejo mojado inundó el desfiladero, mezclándose con el aroma rancio de la turba estancada en las charcas del páramo.

El jinete que lideraba la columna mantenía una postura rígida en la silla, una inmensidad física que transmitía una autoridad innata y letal que me paralizó los músculos.

No alzó la voz, no dio órdenes bruscas, pero el movimiento pausado de su cabeza bajo el capuchón oscuro bastó para que toda la hilera de guerreros detuviera la marcha en el acto.

Me invadió un pavor reverencial. Tenía que retroceder, ganar la hendidura de las formaciones puntiagudas que emergían como dientes de piedra detrás de mí.

Apoyé la palma derecha en el musgo empapado, arrastrando las piernas con lentitud para no hacer ruido sobre el suelo resbaladizo.

Sin embargo, mis dedos congelados fallaron.

Una piedra suelta se desgajó del bloque y rodó colina abajo, rompiendo el tenso silencio de la llanura con un impacto seco.

El sonido reverberó entre las grietas de la roca como un trueno.

El caballo del jinete que lideraba la marcha se detuvo en seco, clavando sus cascos delanteros en la turba negra. El silencio que siguió fue absoluto, asfixiante.

Desde mi posición, desguarnecida contra el granito, vi cómo la silueta del guerrero principal giraba la cabeza lentamente hacia mi escondite.

La niebla volvió a cerrarse a ras de suelo, impidiéndome ver sus ojos bajo el capuchón de lana, pero el movimiento pausado, casi felino, con el que posó su mano enguantada sobre la empuñadura cruzada de su claymore me congeló la sangre en las venas.

Sabía que yo estaba allí. El acero aguardaba mi primera exhalación para reclamar el territorio.