Secretos de bruma (Sangre, bruma y poder en las Highlands nº 5)
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Capítulo 1 El precio de las cenizas
El aire quemaba. El hollín en suspensión se pegaba a mi garganta con cada bocanada, asfixiante, rancio, cargado por el humo de los graneros de cebada que ardían a mi espalda.
No miré atrás. No necesitaba hacerlo para saber que el resplandor anaranjado devoraba las techumbres de paja y madera de mi propia aldea, reduciendo a escombros el único hogar que había conocido.
Mis pies se hundían en el fango helado de la ladera, resbalando sobre las hojas descompuestas que tapizaban el suelo fronterizo de los MacKenzie.
Corrí con los pulmones rugiendo por el esfuerzo, sintiendo el azote del viento del norte como una sucesión de agujas de hielo que me perforaban la piel del rostro.
—¡Fiona! ¡Detén tus pasos! —gritó un rastreador rezagado, su voz distorsionada por la ventisca.
Tropecé. Mis dedos, entumecidos por el frío hostil, se clavaron en la tierra empapada para evitar una caída desastrosa.
Escuché el desgarro violento del lino grueso de mi vestido al engancharse con una raíz muerta, un jirón de tela que se quedaba atrás, fundiéndose con el barro negro.
Al ponerme en pie, la opresión en mi pecho amenazaba con detener mis músculos.
El consejo de ancianos no había mostrado titubeos.
Me señalaron ante todo el linaje, condenándome sin aportar una sola prueba física.
Dijeron que era la espía que había guiado las antorchas de los Campbell, la sombra que vendió las cosechas a las guarniciones inglesas a cambio de monedas sajonas.
Mi voz no existió en ese patio de armas. Nadie escuchó mi defensa; el miedo a la hambruna del invierno los había vuelto ciegos, transformando a la sanadora de la aldea en una proscrita maldita antes de la medianoche. Una cabeza de lobo a la que cualquiera podía dar caza en mitad de los páramos.
Mis botas golpearon las piedras resbaladizas del riachuelo que dividía los territorios.
Al cruzar el caudal desbocado, la vegetación densa del bosque de pinos desapareció bruscamente, como si la tierra misma se negara a dar cobijo a mis pasos heridos.
Me topé de frente con una llanura desolada y gris: las tierras salvajes de Skye.
La bruma no era una capa sutil flotando sobre los helechos; era una pared plomiza, maciza y densa a ras de suelo que engullía las colinas y borraba el horizonte.
Me adentré en ella y el mundo desapareció.
A mi espalda, todo moría entre cenizas; frente a mí, solo quedaba un desierto de roca, bruma y misterio.
Avancé veinte pasos antes de que el silencio en la naturaleza se volviera absoluto, opresivo, cargado de un peligro inmediato.
El viento del norte dejó de ulular entre mis oídos, sustituido por una quietud que congeló mis movimientos.
Me pegué contra el granito gris oscuro de una formación rocosa puntiaguda que emergía de la turba negra como un diente herido.
El vaho de mi propia respiración se agitaba frente a mí.
Un sordo repiqueteo metálico cortó el brezo rústico a menos de cien varas a mi izquierda.
El crujido de la madera vieja y el roce del acero desenvainándose con lentitud rasgaron la niebla.
Mi respiración se detuvo por completo. Presioné las palmas de mis manos contra la roca húmeda, atrapada entre los perseguidores que dejé en la frontera y una amenaza desconocida que cobraba forma en mitad de la bruma.